ventanas audiovisuales

Desde hace literalmente décadas en la industria cinematográfica ha regido una única disciplina: la de las ventanas de explotación.

¿Que a qué me refiero?

A que una película para salir al mercado tenía que pasar una serie de tramos (ventanas) específicos, en un juego más que estudiado que permitía a los inversores maximizar las ganancias: La película pasaba primero por los cines, donde estaba X semanas. Más tarde se dejaba reposar X meses hasta que salía en soportes digitales. Y se volvía a dejar repostar otros X meses hasta que podía llegar a la cartelera de una televisión, alquileres, y estos últimos años, a los servicios de streaming de contenido.

Un contrato de facto de todos los miembros de la industria que se cumplía… o se cumplía.

Por supuesto, ha habido movimientos por intentar flexibilizar la figura de las ventanas de explotación, pero siempre se han encontrado con la firme oposición del eslabón más débil (a nivel de negocio) pero más crítico (a nivel de ventanas) del sector: el de los exhibidores.

Y no es raro. A fin de cuentas eran conscientes de que su parte del pastel suponía, al menos en el caso de los blockbuster, la mayor parte de los beneficios del resto de la cadena.

Un buen lanzamiento en cine puede suponer para una película el 80-90% de la facturación global a 10 años vista. Considerando la reventa de derechos a terceros en televisión y servicios de streaming, que se dice pronto.

Esto, como decía, ha sido así históricamente… hasta el 2020.

El cambio de década, con el COVID de por medio, ha sido la gota que ha colmado el vaso, con llamadas a la atención tan críticas como el hecho de que por primera vez en la historia China haya sido la principal taquilla mundial, y no Estados Unidos (EN), y los movimientos de grandes actores de cara a 2021, como quien dice recién llegados, como es el caso de Disney+ y Netflix anunciando una propuesta que se salta a la torera las ventas de explotación, afianzada prácticamente de forma única en su propia plataforma.

El que de pronto los exhibidores (aka los cines) no sean el trozo de tarta más importante, unido a las esperables restricciones durante meses (o años) por el dichoso bicho, y que reman precisamente en contra del paradigma de consumo audiovisual en espacios cerrados colectivos (de nuevo la principal, por no decir única, propuesta de los exhibidores) ha removido cielo y tierra en la industria, y lo que antes era el estándar ahora ya parece destinado a ser una alternativa más.

¿Quieres un ejemplo?

Pues no te voy a dar uno. Te voy a dar tres.

El modelo Universal

El gigante Universal, el más conservador de los tres, propone reducir la ventana de los cines a un mínimo de 17 días (aunque puede alargarse si consideran que hay mayor recorrido en salas, ergo más beneficios), pasando instantáneamente (sin tiempo de enfriamiento) a la siguiente ventana, la del Premium VOD o venta en físico.

Ya de base hay al menos un par de cadenas (AMC y Cinemark) que han aceptado esta bajada de pantalones, y me atrevería a decir que será el mejor acuerdo que van a tener los cines de aquí a los próximos años.

El modelo Warner

Por su parte, Warner propone eliminar la exclusividad de los cines para todos sus estrenos de 2021. Es decir, que todas sus películas se van a poder ver desde el día 1 en cines, o en tu casa (EN) en pijama, siempre y cuando seas usuario de HBOMax.

Por supuesto ha sido fuertemente criticada por los exhibidores (no dejan de perder lo que precisamente más les hacía ganar), y por ello los directivos se han cubierto las espaldas asegurando que «es una decisión provisional, fruto de las circunstancias excepcionales». Aunque a nadie se le escapa que, de salirle bien (cosa que de seguro ocurrirá a poco que vean inflar el número de suscriptores a su servicio) ha venido para quedarse.

Más aún a sabiendas que quien de el paso (el usuario final acostumbrado a ir al cine que decida o se acostumbre a pagar una suscripción y cuente con un televisor o proyecto a la altura) difícilmente, pasado el año, quiera volver del todo hacia atrás.

El modelo Disney

Quizás el más complicado de entender, ya que no tiene una sola vía sino tres:

  • Estreno directo en Disney+: Es decir, sin pasar por los cines y sin sobreprecio, como ocurrió con aquél primer acercamiento (Mulán) del cual ya hablamos por estos lares. El mejor ejemplo lo tienes en la recientemente lanzada Soul (peliculaza, por cierto) o en Artemis Fowl, que a un servidor ni fú ni fá.
  • El Premiere Access: Que es básicamente lo que hicieron con Mulán. Sobrecoste (coste de la suscripción a Disney+ más unos cuantos euros extra como si estuvieras alquilando la película) si la quieres ver en la tranquilidad de tu casa, y si no al cine, ya que se estrena en ambos soportes a la vez.
  • El Theatrical: Es decir, el más tradicional de todos (estreno en exclusiva en cines durante X semanas), y que al parecer dejarán únicamente para aquellos títulos que consideren un «revientataquillas». Eso sí, lo que no se sabe aún es qué van a hacer exactamente una vez la exclusividad del cine termine. Si dejarán un tiempo de enfriamiento hasta la siguiente ventana, o saldrá directamente en su plataforma. Si lo revenderán a televisiones o alquiler digital o si no.

La realidad del mercado no es la de antaño

No me cansaré de repetir aquella distópica reunión que tuve hace cinco años en San Francisco con los ejecutivos de una cadena de televisión, preguntándonos a los «jovenes» (aka, emprendedores digitales) por qué diablos no veíamos la tele y pirateábamos todo.

Directamente es que no les entraba en la cabeza que los tiempos habían cambiado, y que las nuevas generaciones queríamos consumir el contenido cuándo y cómo nos diera la gana, sin molestias.

Y el tiempo nos ha dado, como cabría esperar, la razón.

No era un problema de no querer pagar por el contenido. Es más, ahora pagamos mucho más que lo que se pagaba antes.

Era un problema de simple distribución y opciones, encorsetaba como estaba la industria en un modelo que les había funcionado décadas y que no querían cambiar. Pese a que la demanda real les pedía lo contrario.

Y exactamente está pasando lo mismo con el cine.

Desde hace tiempo muchos disfrutamos más de una película en casa, tirados en nuestro sofá, en pijama con la mantita puesta, y comiendo lo que nos da la gana.

En esto, por supuesto, la electrónica de consumo y la arquitectura de red tiene mucho de culpable.

Por poner otro ejemplo, mis tíos fueron de los primeros en España que les dio por comprar un televisor «plano». Pagaron de aquella lo que al cambio serían unos 3.000 euros por un televisor de 32 pulgadas, que de aquella parecía enorme.

El año pasado compré para la casa de Gijón uno de 62 pulgadas 4K por 500 euretes.

Y en el último confinamiento compramos dos hamacas para la terraza, con una sábana colgada de la cuerda de la ropa y desempolvando nuestro proyector, nos montamos un cine al aire libre por poco más de 100 euros que ríete tú del IMAX.

Sencilla y llanamente, y aunque sea una inversión, los precios de los televisores de gran diagonal y los proyectos se han democratizado, y las conexiones (fibra si vives en ciudad, 4G o ADSL si no eres afortunado) ya permiten de sobra disfrutar a un nivel que en muchos casos rivaliza con la propuesta del cine, donde en efecto tendrás mayor pantalla pero menor nitidez, pagarás cada vez que quieras ir medio riñón, y sin la molestia de tener que aguantar olores a comida que quizás te sean desagradables o al típico grupito de adolescentes hiper-hormonados que quieren llamar la atención.

Por todo esto digo que el COVID ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Una excusa para que el resto de la industria quiera reducir márgenes a los exhibidores, aprovechando además para afianzar un negocio mucho más estable y lucrativo como es el de las suscripciones a servicios de streaming de contenido.

Lo que, por cierto, probablemente suponga la paulatina destrucción de los blockbuster con inversiones multimillonarias que hemos tenido en estos últimos años, dividiendo esos presupuestos titánicos en producciones algo más pequeñas que llenen más espacios en el calendario de lanzamientos.

A fin de cuentas, si bajan las barreras de entrada del consumo de contenido (una pareja con hijos puede gastarse en una tarde de cine más de 50 euros, mientras que pagar una suscripción a X servicio son entre 8 y 20 euros al mes), y ese contenido empieza a producirse más por suscripción que por «pago por servicio», el goteo de contenido debe aumentar, seguramente decrementando el coste por producción.

Nuevos aires, a fin de cuentas, para una industria que poco a poco, y a regañadientes, acepta la demanda de los usuarios.

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