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Llegué a Tender: Creature Comforts casi por casualidad, por la recomendación de un conocido.

Y maldita sea, me ha parecido brillante.

¿Qué es Tender y por qué deberías conocerlo?

Básicamente estamos ante un juego, disponible para Android, iOS y Steam, que emula ser una suerte de aplicación de citas gamificada, claramente inspirado en la interfaz y uso de Tinder, y en la que tendremos, como cabría esperar, que ligar con el resto de «usuarios» (de la hipotética app me refiero, no otros jugadores), que en este caso son unos alienígenas-monstruos de lo más cute.

Y eso es todo. Iremos haciendo likes (o no) a quien queramos, y si alguno de esos monstruitos nos devuelve el like, tendremos un match y podremos hablar con ¿ello? en un servicio de mensajería.

Todo, por cierto, en tiempo real. Es decir, que nada nos asegura que entremos a jugar y podamos hablar con tal monstruito. Nosotros le escribiremos, y ya cuando vea conveniente el juego, éste nos responderá.

Si la cosa marcha bien, acabaremos pudiendo agendar una cita (tal día, y a tal hora, que el juego es en tiempo real), que en este caso se desarrolla también vía mensajes de texto.

Punto.

O quizás no. Si somos capaces de rascar esa frívola superficie, encontraremos mucho más.

Un fiel reflejo de los roles de la vida real

Sobra decir que Tender: Creature Comforts no es el primer juego de citas que se ha creado. Más bien todo lo contrario.

Pero es probablemente en el mimo que le han dado a todo lo que no se ve, que hace que hoy esté escribiendo sobre esto y no sobre los cientos anteriores.

Lo esperable en un juego de citas es, pues eso, que sean un entretenimiento tonto para pasar el rato.

Tienes varios pretendientes entre los que elegir.

Te decides por el que te resulte más mono.

Y a poco que le sigas el juego, ya lo tienes en el bote.

Minipunto para el juego, ya que para entonces habrán pasado unas cuantas horas, y la inversión en la compra del juego ya habrá merecido la pena.

Sin embargo Tender creo que ha reflejado con relativo acierto las mecánicas que realmente ocurren por debajo de esa capa de pura superficialidad que tienen las apps como Tinder.

Y me refiero a que, por ejemplo, cuando comienzas el juego, el propio juego te hace una serie de preguntas para entender cuál quieres que sea tu rol.

  • Cosas a priori banales como, por ejemplo, si cuando te ríes por mensaje de texto, lo sueles poner como «LoL», o como «Jajajaja», o como «jfesfjesfjsefjsefjsef».
  • Que si utilizas habitualmente emoticonos o no.
  • Que si sueles escribir la primera letra de cada frase en mayúsculas o no.

Cuestiones puramente de economía lingüística, que seguramente nunca te habías parado a pensar, pero que, indirectamente, nos identifican dentro de ese Yo que todos creamos en según qué contextos.

Y algo que, por supuesto, luego aplican en las conversaciones, generando una suerte de diálogos en los que nuestras decisiones anteriores impactan en la manera que tenemos de expresarnos, y por tanto, en la manera que tienen los supuestos pretendientes de relacionarse con nosotros.

¿Otra genialidad?

La necesidad de crearse nuestro propio perfil, seleccionando entre una serie de imágenes las que creemos que mejor nos representan según los objetivos buscados, y definirnos en esa escasa frase que tenemos para ello en base a una serie de frases preestablecidas que son lo suficientemente amplias como para que podamos sentirnos representados en alguna de ellas.

Lo estaba jugando y no pude más que sorprenderme cómo, más allá de buscar ese monstruito más cute con el que ligar, lo que me encontré fue una traslación simplificada de la propia simplificación de roles que todos hacemos nuestra al relacionarnos con un amigo, con un potencial amante, con un compañero de trabajo, con nuestros familiares.

Sobra decir que hace unos cuantos años que ya no utilizo Tinder, pero en su día, y como conté por aquí, siendo un servidor alguien no especialmente atractivo, me fue muy bien por el simple hecho de que al menos, para mi, entender la psicología que había detrás de aquella plataforma de ligoteo me resultaba relativamente sencillo.

En el momento en el que comprendes las dinámicas que hace que el sexo al que te enfocas (tu objetivo) espera encontrar en un perfil específico (su buyer persona, manteniendo el símil de la industria del marketing), puesto que Tinder, y en definitiva todas estas apps, juegan con un número de elementos tan sumamente simplificados (4 o 5 fotos, una descripción y pocos elementos más), podía enfocar mi perfil a ese tipo de perfiles que buscaba.

Especializarme, a fin de cuentas, como cualquiera de nosotros hacemos al echar una partida a un juego de rol cuando decidimos, por ejemplo, que puesto que somos magos, tenemos que aumentar el intelecto y la sabiduría, y dejamos de lado la constitución y la fuerza.

Exactamente lo mismo que hacemos los consultores cuando optimizamos campañas de Ads o el SEO de un proyecto reputacional.

En la vida real, fuera de esos KPIs hiperlimitados del mundo digital, esto resulta, por razones obvias, mucho más complejo de aplicar. ¿Pero en una red social? ¿En una app de mensajería?

Cuestiones como las que, por ejemplo, gente como mi madre hace de forma totalmente inconsciente (cambia de foto de perfil en WhatsApp una o dos veces a la semana) son, en esencia, una manera de expresarse con el mismo metalenguaje que utiliza su círculo de amistad (el objetivo buscado).

Cambia esa foto, y como ese grupo de amigas en particular sabe que están mirando siempre qué foto tiene cada una, genera con ello que se comience una conversación con tal o pascual.

Algo que, recalco, hacemos absolutamente todos (quien en el antiguo Messenger no haya cambiado su nick para llamar la atención a aquella otra persona que le gustaba, que tire la primera piedra; quien en su perfil en Twitter no ha colocado estratégicamente X hashtag o tal frase para dar a conocer indirecta o directamente uno de los puntos que nos interesa que sea identificativo de nuestra persona, que tire la primera piedra).

Tender simplemente coge lo que ya existe, y crea unas dinámicas conversacionales entretenidas (en inglés, eso sí), lo suficientemente vagas como para que no quede del todo claro si lo que pretendía el desarrollador era hacer una crítica a lo absurdo del ligoteo por este tipo de apps, o más bien una oda a Tinder.

  • Un juego de Rol, con mayúsculas, oculto en una interfaz de app de citas, que seguramente le pase desapercibido precisamente a aquellos que, como un servidor, disfrutamos con los juegos de rol (y huímos de las novelas gráficas amorosas).
  • Una manera distinta de acercarse al género, alejándose por tanto de esa ya clásica fantasía épica o ciencia ficción (aunque haya monstruitos, todo hay que decirlo).
  • Y una excusa, para qué lo vamos a negar, de señalar otra vez más cómo este tipo de apps de citas han industrializado la memética del ligoteo con sistemas de gamificación muy simples, y a la vez, terriblemente adictivos.

No resulta entonces raro pensar, por tanto, que el negocio de Tinder es que sigas soltero, y encuentres en su servicio una manera rápida y efímera de subirte el ego.

El mismo objetivo, pero con diferente piel, que tiene Facebook. O que tiene Instagram. O que tiene Twitter…


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