La crisis del trabajo: Economía freelance, posthumanismo y desmonetización

Artículo publicado en exclusiva para los miembros de la lista de correo de PabloYglesias (ES) el día 26 de Julio de 2015, y volcado a la web una semana después, donde quedará como un archivo permanente ajeno al contenido del blog.

crisis del trabajo

En este sexto especial suscriptores, quería hablar de cómo la revolución tecnológica que estamos viviendo hace y hará tambalear con todavía mayor intensidad el estado de bienestar que hemos tejido alrededor de la figura del trabajo.

Desde la crisis griega (la crisis de la democracia verdadera), pasando por la revolución de la economía freelance, con los obstáculos que está encontrando actualmente para entrar dentro de un sistema económico anclado en el siglo pasado, hasta la desaparición del trabajo tal y como lo conocemos, que llevará asociada la paulatina bajada del valor del dinero y arrojará modelos de cooperación basados en otras necesidades más humanas.

En este artículo de investigación intentaré darle las claves para comprender el mundo que nos depara la tecnología de aquí a los próximos años. Un verdadero cambio de paradigma que trastocará el status quo de todo el sistema, y lamentablemente se saldará con muchas víctimas, entre las que previsiblemente usted y un servidor también estaremos.

Comencemos.

La crisis de un sistema democrático

Junio de 2015 (EN). Después de varios rescates de urgencia y no pocas horas de calentar la silla en una mesa europea, Grecia decide levantarse y preguntar a su pueblo si merece la pena seguir apostando por Europa.

No soy ni politólogo ni economista, y mucho menos mi interés es meterme de lleno en la vorágine de un mundo tan complejo como es el de la macroeconomía (ni siquiera posicionarme en uno u otro bando, ni siquiera criticar que al final hayan decidido bajarse los pantalones), pero si me ha parecido curioso que sea Grecia, la cuna de la democracia, la que se haya planteado, por la razón que sea, rechazar el modelo democrático de la Unión Europea.

Una democracia que se siente a cada paso más molesta. Como ese grano que sale en la nariz y que día tras día te recuerda su existencia.

De nuevo, me resulta muy complicado analizar al detalle este punto sin pasarme de las 2500 palabras que me autoimpongo como límite, por lo que recurriré a algunas pinceladas sutilmente esbozadas en este lienzo, delegando en usted el papel de la interpretación.

Decía Giorgo Agamben en una entrevista (1) realizada en el 2012 (curioso que siga tan vigente hoy en día):

El nuevo orden del poder mundial se funda sobre un modelo de gobernabilidad que se define como democrático, pero que nada tiene que ver con lo que este término significaba en Atenas… Es más simple manipular la opinión de las personas a través de los medios y de la televisión que tener que imponer en cada oportunidad las propias decisiones con la violencia.

Y lamentablemente es la situación en la que nos movemos. Con unos gobiernos excusándose en elementos externos (la mayoría creados ex profeso) para causar ese estado permanente de frustración, de alerta en el ciudadano, que lo lleve a delegar más poder en los de arriba.

La democracia no es más que una fachada de lo que verdaderamente está por debajo, y que no es más que el ya archiconocido imperialismo económico capitalista. Y tampoco es que esto esté mal, siempre y cuando se reconozca la autoría de las acciones y se comprenda (o se haga comprender a la sociedad) que en su propia construcción, el capitalismo tiene el germen de su autodestrucción.

No llevamos en crisis unos años. Llevamos en crisis más de un siglo.

El éxito del capitalismo (de la “democracia”) se basa en generar demanda suficiente para que la oferta siga creciendo. Pero cuando esa persona trabajadora no obtiene los recursos necesarios para permitirse los bienes que él mismo (o el resto de ciudadanos) están produciendo, se produce el colapso.

Los engranajes no giran. No pueden hacerlo. Hay siempre más stock del necesario, y eso afecta tanto al mundo empresarial como al resto de facetas de la sociedad (economía, salud, bienestar, educación,…).

Defendía Agamben que el levantar ciudades donde antes había paisajes, y sobre todo, el hecho de que ahora el tiempo libre y la cultura cueste dinero, no es más que una estrategia muy sutil para controlar a la sociedad.

Despojados de la identidad histórica, los ciudadanos solo pueden mirar hacia adelante y conformarse con el futuro que se les ofrece, aceptando los nuevos valores como verdades sin mucha reflexión, puesto que carecen de un cauce comparativo, de un modelo alternativo que no esté en estado letárgico que pueda hacerlos dudar de la realidad homogeneizante.

El dinero pasa a ser entonces un dogma. Un elemento sobre el que tejemos todo el status quo del sistema. Ese mismo sistema tambaleante, abocado a sufrir los vaivenes de una definición primordial imperfecta.

Walter Benjamin era aún más tajante que un servidor:

El capitalismo es, realmente, una religión, y la más feroz, implacable e irracional religión que jamás existió, porque no conoce ni redención ni tregua. Ella celebra un culto ininterrumpido cuya liturgia es el trabajo y cuyo objeto es el dinero. Dios no murió, se tornó Dinero. El Banco asumió el lugar de la Iglesia y de sus sacerdotes y, gobernando el crédito, manipula y administra la fe –la escasa, incierta confianza– que nuestro tiempo todavía trae consigo.

Y este paradigma frisa de lleno con una realidad aplastante: El modelo de negocio de la sociedad no se sustenta. La revolución tecnológica y el propio rumbo de la sociedad está, por enésima vez en la historia, destruyendo y modelando la figura del trabajo, colapsando esa cadena que ya de por si amenazaba con pararse.

 

Primeros indicios: La llegada de la economía freelance

Francia, 2009. Dos amigos discuten sobre lo absurdo que resulta que en pleno Paris, les cueste tanto encontrar un taxi para moverse por la ciudad.

Meses después sacan al mercado Uber, una plataforma que tiene como objetivo conectar personas que necesitan ir a un sitio con otras personas que están dispuestas a llevarles.

Y como Uber, Airbnb, Blablacar, Haxi, Lyft, Summon,… Uber no es la primera, pero es quizás la que más repercusión mediática está teniendo en la actualidad. ¿El por qué?

Porque se basa en la economía freelance (2). Un nuevo modelo de economía que no está recogido en la regulación de la mayoría de los países, basado en el inmenso potencial de agregación social de las nuevas tecnologías. Y que de hecho, trastoca el status quo que tanto el sistema como muchos ciudadanos han defendido durante las últimas décadas.

Por un lado, los simpatizantes de la economía freelance defienden la ventaja estratégica de la flexibilidad. Un conductor de Uber no es, a efectos prácticos (a efectos legales) un trabajador de Uber, y por tanto, ni la compañía tiene deberes para con el conductor, ni el conductor responsabilidades para con la compañía.

Por otro lado, se le echa en cara (absurdamente, de hecho) que estas plataformas favorecen la economía sumergida, cuando precisamente es todo lo contrario. Toda transacción en una plataforma de economía freelance queda registrada digitalmente. Es responsabilidad de cada una de las partes el realizar las labores regulatorias oportunas, pero es que esto ocurre igual en el caso de una persona que alquila su domicilio a un tercero, con la salvedad de que si lo hace por su cuenta, no tiene porqué haber un registro del mismo, y si lo está realizando desde una plataforma como Airbnb, los órganos regulatorios pueden exigir el acceso a esa información para demostrar que efectivamente esa persona no está declarando todas sus actividades económicas.

Cualquiera (más o menos) puede ser conductor de Uber, que ya se encargará el propio sistema de feedback de los clientes de actuar como verdadero juez a la hora de decidir si ese conductor debe o no seguir formando parte de Uber. Si ese conductor debe formar parte de la imagen que el cliente se lleva de Uber.

Porque este punto quizás se le escape a muchos detractores (3). Tan limitados están los derechos del conductor de Uber (al no ser un trabajador per sé de la compañía, Uber no tiene porqué pagarle seguridad social, ni concederle bajas, ni vacaciones ni comprometerse a tenerlo en “plantilla”) como de desprotegida está la compañía (que delega en personal que no es trabajador de la compañía y que será previsiblemente más “mercenario”, el único punto de contacto con sus clientes).

La economía freelance dota de flexibilidad al trabajador, a cambio de ser una marcha atrás en tanto en cuanto nos referimos a derechos del trabajador conseguidos durante decenios con mucho sudor, sangre y lágrimas.

Y pese a todo, es una salida cada vez más habitual para muchos de nosotros (un servidor incluido), en un escenario alegal, pero que en muchos casos se vuelve la única salida lógica al fallo de un sistema incapaz de ofrecer trabajo “tradicional” a sus nuevos integrantes, o a aquellos otros que han sido desplazados del mismo.
posthumanismo

Hacia dónde nos dirigimos: El posthumanismo y la caída del status quo

Porque aquí está el quid de la cuestión. ¿Podemos permitirnos, en un entorno de profundo cambio (de crisis, si se quiere utilizar la terminología propagandística del sistema), negar el acceso de nuevos integrantes al capitalismo, aunque sea por vectores no sistematizados?

No hay que olvidar que hace apenas un siglo la sociedad era mayoritariamente campesina. De pronto, surge la tecnología, y hay un éxodo aparentemente absurdo hacia las ciudades (de vivir tranquilo y cómodo en una casa en el monte, pasamos a amontonarnos en unos antros de cemento cada vez más diminutos).

A día de hoy, tan solo el 3% de la sociedad occidental es campesina.

Supuso un cambio. Supuso más de una “crisis”, pero las personas supieron adaptarse.

Lo que llevó un siglo cambiar, ahora se está produciendo en apenas una década (4).

De pronto, las máquinas están acaparando cada vez más puestos de trabajo. Son más eficientes que nosotros, y pese a que hay elementos que quizás no cambien nunca (la subjetividad humana es difícil de emular informáticamente, y ¿hasta qué punto nos interesa que toda la cadena de fabricación de maquinaria dependa únicamente de otras máquinas?), es un hecho que las nuevas tecnologías están destruyendo más trabajo que el que crean.

Es un nuevo cambio de paradigma. Si ahora hay un 25% de paro, es probable que no volvamos jamás ya al 4%.

Ya no es necesario, de hecho, volver. Porque hay alternativa.

Pero como ante todo cambio, el sistema (al que le recuerdo que todos nosotros pertenecemos) se autodefiende.

 

La desmonetización en una sociedad de abundancia

La solución pasa por hackear el sistema. Ya no es necesario toda la cadena de producción consumo para mantener un sistema capitalista. O mejor dicho, el ciudadano ya no tiene porqué ser productor y consumidor de bienes.

Con las nuevas tecnologías, se están destruyendo puestos de trabajo, pero también esa escasez que históricamente hemos sufrido (y que el sistema ha utilizado para controlarnos).

No tiene sentido que un bien que actualmente cuesta infinitamente menos producir siga costando lo mismo que cuando este se producía artesanalmente, o por medio de un trabajador al que había que pagarle.

Esa sociedad de la abundancia que ya tratamos en su día nos permite enfrentarnos a un panorama desolador (el fin del trabajo como un elemento crítico y obligatorio en la vida) de forma positiva.

El futuro próximo pasa por la paulatina abolición de esa religión en la que se ha convertido el dinero (5). Si las barreras de acceso al conocimiento, a la energía, a los productos, se vuelven prácticamente nulas, quizás no tenga ya sentido el papel del dinero.

Estamos, a día de hoy, y al menos en entornos controlados (países desarrollados) en la potestad de asegurar el acceso a recursos básicos de todos los ciudadanos.

De ofrecer un sueldo base a todos los ciudadanos como ya ocurre en el caso de la ciudad holandesa de Utrecht (EN), o en los años 70 ocurría en Manitoba (EN).

El trabajo ya no será un elemento necesario para la supervivencia, sino simplemente un elemento deseable, bien para obtener una solvencia mayor, bien para obtener otros beneficios sociales más humanos (reputación, cooperación, solidaridad,…).

Pasamos entonces a un sistema en el que los ciudadanos son consumidores y no por ello productores de recursos. En el que las máquinas se hacen cargo del trabajo duro, dejando el trabajo que se hace por placer (interesado o no) para quien así lo desee.

Y quizás entonces recuperemos el valor del tiempo libre (que por cierto, es cada vez mayor), y quizás entonces ya no tenga tanto sentido seguir rezándole al dinero.

Y quizás entonces tampoco sea necesario la gestión centralizada de la sociedad. Pero amigo, esto lo dejaremos para próximos artículos :).

 

Referencias

  1. Entrevista a Giorgo Agamben (Glaciela Glass).
  2. 1099 job (Candance Webb).
  3. The expanding definition of independence in the freelance economy (Sara Horowitz).
  4. Technological revolutions (Nick Bostrom PDF).
  5. Las trampas del deseo (Dan Ariely)

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