La perfecta sociedad de control

Artículo publicado en exclusiva para los miembros de la Comunidad de Nuevas tecnologías y Seguridad de la Información de PabloYglesias (ES) el día 7 de Septiembre de 2014, y volcado a la web una semana después, donde quedará como un archivo permanente ajeno al contenido del blog.

Control social

Quería dedicar este cuarto Especial Suscriptores a un tema que personalmente me preocupa: se trata de los riesgos del tecno optimismo y cómo bajo esta aparente democracia informativa, estamos siendo controlados.

En este artículo por tanto,expondremos las posturas que Orwell, Huxley o Bradbury defendieron hace ya siglos con la situación actual, encontrando sus analogías y sus errores. El control social de nuestros días es mucho más sutil,mucho más libre y está supeditado al apoyo de una sociedad que acepta su posición.

A lo largo del artículo haré mención a entradas, tanto externas como internas, con el fin de ampliar alguno de los puntos tratados.

Empecemos.

La sociedad perfecta

Desde Orwell hasta Huxley, varios novelistas históricos han retratado un futuro cuanto menos poco alentador para el ciudadano. Nos hablaron de una sociedad erigida bajo la figura del terror o la tecnología. De una sociedad apagada, que pierde el tiempo delante de la una caja tonta. Nos hablaron de control absoluto. De la capacidad de construir artificialmente seres humanos, de eliminarles, bien sea por la evolución del lenguaje y la psicología de masas, bien sea por la erradicación de su instinto animal, aquello que los hacía humanos. De entrar en nuestros sueños y controlarlos. Del mal que hacía a nuestros allegados la absurda necesidad de privacidad.

De tiempos futuros cada vez más cercanos. Del triunfo de la ciencia en manos de aquellos que debían haberla tenido, y no de una plebe que necesita ser guiada.

Un gobierno totalitarista. Una dictadura perfecta. El enemigo, si es que lo hay, está rodeado, ya que los niños desde bien pequeños son educados para gestionar adecuadamente la rebeldía, el ansia de conocimiento y la libertad. Librando al ciudadano de estos pesares, su vida se vuelve pragmática. No es necesario que piense, que otros lo harán por él. Realizará el trabajo que le ha sido asignado, y vivirá feliz, puesto que es bien sabido que la ignorancia da la felicidad.

Y afortunadamente, todas estas visiones fueron erróneas. Y lamentablemente, no se equivocaron en el fin, sino en todos los medios.

La sociedad de control existe, pero no es tan perfecta como nos la pintaron. De hecho, es aún más terrorífica, ya que pasa desapercibida.

Servidumbre voluntaria

Llegados a este punto, es de obligada mención El discurso sobre la servidumbre voluntaria (en Referencias linkado). En él, y con cuatro siglos de antelación, Étienne de la Boétie pone el dedo en la yaga con una aseveración que es tan dolorosa como real:

Son, pues, los propios pueblos los que se dejan, o, mejor dicho, se hacen encadenar, ya que con solo dejar de servir, romperían sus cadenas. Es el pueblo el que se somete y se degüella a sí mismo; el que, teniendo la posibilidad de elegir entre ser siervo o libre, rechaza la libertad y elige el yugo.

Aquí ya no hay rey y plebe. Al menos la silueta ya se ha difuminado lo suficiente como para resultar complicado señalar con el dedo. Los políticos no dejan de ser la cara visible de una organización reducida, dirigida por el poder del dinero (del lobby), y que gestiona inteligemente sus activos (los ciudadanos).

Escribía hace tiempo aquel artículo titulado Relevancia informativa: la revolución estéril, y en él hablábamos de cómo una verdadera revolución social como fue el hecho de romper las barreras de acceso a la información de nuestra era se ha visto limitada por la incapacidad de la sociedad de gestionar ese privilegio. Tenemos el mejor acceso a la información de la historia, y sin embargo, nada ha cambiado.

Pese a que contamos con tecnologías como el RSS, seguimos consumiendo la información que llega a nosotros por los canales tradicionales. No hablo únicamente de prensa, radio o televisión, sino de aplicaciones que se nutren de esos RSS para generarnos una suerte de periódicos digitales. Tenemos el poder de la elección, pero no hacemos uso de él.

Encontramos el mismo problema en todos y cada uno de los ámbitos en los que la tecnología (o la revolución que más prefiera) se ha asentado. Comunicación instantánea con cualquiera en cualquier parte del mundo, para acabar utilizando todos el mismo servicio de mensajería. Redes sociales distribuidas, en las que todos nosotros tendríamos el control absoluto de lo que compartimos, para acabar usando las redes comerciales, que se nutren de nuestros datos y donde la privacidad se ofusca, complicando el hecho de llegar a ella. Libertad para crear los sistemas colaborativos y personalizarlos a nuestra medida, para seguir utilizando aquellos que vienen diseñados y cerrados a fuego. Auténticos movimientos de crowdsourcing apoyados en la capacidad de difusión e intercomunicación social del tercer entorno apagados o supreditados a intermediarios.

La realidad es que un amplio porcentaje de la sociedad no quiere tener el control. Y lo peor de todo, es que ansía que alguien lo ostente y acote las posibilidades de actuación, facilitándole la vida.

Orwell estaba equivocado en su visión de un mundo dominado por un Gran Hermano. Un enorme rostro apostado en cada fachada, en cada bandera. La sociedad de nuestra era ha evolucionado lo suficiente para no necesitar un ente al que adorar. Basta definir una democracia sutilmente manipulada. Basta dirigir al ciudadano hacia donde debe ir (a fin de cuentas es él quien así lo ha pedido), y esperar a que todo se asiente.

No ocurre nada porque nada tiene que ocurrir.

Frente a la idea de ese pueblo esclavo de sus amos, la realidad es totalmente distópica. Somos libres de hacer lo que queramos. Y lo somos porque nadie va a hacer nada. La propia sociedad se encargaría de desecharlo.

No vivimos entre barrotes, amontonados como prisioneros y bajo yugo de 12 horas de trabajos forzados diarios. Vivimos cada vez mejor, esclavos esta vez de la propia necesidad de tener cada vez más necesidades que alimentar.

El eje del mal

Que nadie le lleve a engaño. El enemigo (si lo hay), no es el gobierno. Quien manda ahora son las grandes corporaciones, los que tienen el dinero y las herramientas para controlarnos. Que en algunos casos irán de la mano, y en otros jugarán en su contra.

Y sino que alguien me explique el porqué de que Megan Smith, vicepresidenta de los Laboratorios X de Google, pasara esta semana a ostentar el cargo de Directora de Tecnología de la Casa Blanca (Link en Referencias). “La nueva CTO de América“, como han corrido a llamarla en varios medios. Un cargo público, reconocida activista pro derechos, que ha defendido a ultranza la privacidad del usuario, y que paradógicamente trabaja para la empresa que a día de hoy ejemplifica con mayor acierto la figura del Gran Hermano de Orwell.

De este tipo de uniones nacen los grandes sistemas de espionaje mundial. Grandes e invisibles, todo hay que decirlo. Capaces de tergiversar la ley para dar como válido la escucha indiscriminada, la creación de herramientas para la infantilización de búsqueda de datos personales.

Algo que ocurre de manera pública, y que se defiende bajo el peligro acechante de ese supuesto enemigo (aquel que tenía bombas nucleares, aquel que está en la actualidad creciendo demasiado,…).

Y funciona. Lo peor de todo es que funciona.

La ventaja tecnológica

La digitalización del texto es un claro ejemplo de ventaja tecnológica. Como ya hemos mencionado, permitió reducir considerablemente las barreras de adquisición de conocimiento, lo que lleva asociado una cada vez mayor facilidad para acceso a la información. Es innegable (incluso para aquel que siente terror frente a la tecnología) que tiene su lado positivo.

Pero también tiene el negativo, y es que junto con la facilidad de acceso está la reducción drástica de la esperanza de vida de esa información, y su capacidad para ser modificada.

Recordemos aquel Ministerio de la Verdad en la que miles de funcionarios se afanaban día tras día en reescribir los textos históricos que la sociedad de 1984 debía consumir. Un trabajo titánico, permanente, y que en algunos casos llevaba al bug (ese trozo de historia que jamás debió ser recordado, como un remanente en algún libro extraviado). Recordemos el peligro capital que se corría en Fahrenheit 451 cuando a alguien se le ocurría mantener en secreto una copia física de un libro.

Ahora pensemos en un mundo digital, donde los formatos de lectura quedan obsoletos en apenas una década. Un mundo de consumismo extremo, de lectura en diagonal y de delegación informativa. Y entonces, pregúntese:

¿Podría decirme el número de teléfono de sus amigos sin consultarlo en la agenda? ¿Pero a que recuerda el de su padre/madre/pareja?

¿Sería capaz de recordar los títulos de este artículo sin tener que volver a verlos?

A esto mismo me refiero.

Vivimos una realidad amnésica, cada vez más dependiente de una tecnología que ya hemos visto no es neutral.

Y esto no acaba más que empezar. Piense en las inmensas posibilidades de un entorno dominado por monedas virtuales, por tarjetas. Una sociedad sin la lacra irrastreable del dinero físico, de su peligrosa perpetuidad. Cuando esa última barrera que nos separa de un pasado apegado en lo tangible acabe por quedar desplazada por la soberanía de los algoritmos, todo estará donde debería estar. Todos seremos felices.

Un pequeño pueblo galo…

Para no acabar de forma trágica, hay que señalar que afortunadamente hay algo que juega en nuestro favor. Controlar al 95% de la sociedad es infinitamente más sencillo que al 5% restante. Y un 5% de la raza humana equivale a algo más de 350 millones de personas. Que 365 millones esté fuera de ese yugo (al menos en alguno de los muchos frentes abiertos) asegura en buena medida que el futuro no acabe siendo tan catastrofista.

De ahí que pese a que se ha reducido drásticamente la preservación de la información con el auge de los formatos digitales, no hayamos más que ganado en accesibilidad. De ahí que pese al intenso control gubernamental y organizacional al que estamos sometidos, todavía hay alternativas libres.

La historia está aún por escribir, y pese a que el grueso de la sociedad se dirija continuamente hacia acantilados, habrá siempre algún iluminado que evitará a tiempo el precipicio.

 

Referencias

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Imagen de luislouro, social control (ES) cedida por Depositphotos.com.

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