El papel de la arquitectura en la creación de espacios de trabajo creativos

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Enrique, un arquitecto de Argentina, me escribió para pedirme opinión respecto a las necesidades que a mi parecer debería solucionar un parque tecnológico como el de Buenos Aires.

Me pilló, sin embargo, en el viaje a Cuba, por lo que le pedí amablemente que me permitiera unos días para volver y prepararle una respuesta argumentada. Dejo por aquí parte de la misma, por si pudiera servirle a cualquier otro interesado.

Espacios de trabajo del siglo XXI

No sé si estarás conmigo cuando digo que la amplia mayoría de oficinas actuales se diseñan bajo la misma premisa heredara de la revolución industrial: Cubículos que se parcelan (sea de forma directa, mediante la inclusión de muros removibles, o de forma indirecta, con la separación lógica de los muebles de oficina que debe ocupar cada trabajador) en nuevos cubículos individuales.

El sujeto se queda entonces aislado del resto de compañeros, a los que quizás puede ver cuando éstos se levantan o haciendo movimientos de cuello que podrían resultar peligrosos para las cervicales (¡sic!).

Este tipo de distribución seguramente tuvo su aquel en su momento. A fin de cuentas, si tu trabajo es formar parte de una cadena de producción, o si tu trabajo se basa en dar respuesta a las preguntas que te lleguen mediante una pantalla y/o un teléfono (una comunicación dentro del mismo cubículo), este paradigma seguramente cubra buena parte de las necesidades.

Pero hay que ser conscientes que esto no ocurre así en la mayoría de trabajos de oficina actuales. O mejor dicho, no debería ocurrir. Y no debería por diversos factores:

  • Las empresas ya no funcionan de la misma manera: La revolución tecnológica, con esa democratización de los recursos necesarios para la creación y organización colectiva, anima a que el trabajador pase a ser un elemento crítico ya no solo de la ejecución sino también de la propia línea estratégica. Desaprovechar el valor que puede aportar el trabajador, máxime siendo conscientes del interés que seguramente tenga éste en hacerlo, genera cuellos de botella en los que el tradicionalismo y algunos elementos nocivos del equipo pueden acabar generando un entorno hostil de trabajo, e inclusive, una pérdida de oportunidades que te aseguro acabarán por transformarse en pérdida de competitividad.
  • Las nuevas generaciones: Aquellos que hemos nacido después de 1980 (y seguramente unos cuantos más de antes) entendemos el trabajo como una parte más de nuestra vida. Algo que QUEREMOS hacer, no que TENEMOS que realizar. Por supuesto, el cubrir las necesidades básicas de cada uno puede aparcar a un lado este devenir, pero obviando ese porcentaje de jóvenes que lamentablemente no están encontrando su lugar dentro de la sociedad, no creo que hallemos a ninguno que esté por la labor de dedicar 6 u 8 horas al día en un oficio del que no se siente orgulloso. Una labor que no le ofrece nada más que el sustento. El hecho de tener oportunidad de aportar a una organización es de facto uno de los elementos que un servidor, como la mayoría de los de mi generación, anteponemos a la seguridad de un empleo estable. El disfrutar con lo que hago es un elemento que en su día me hizo apostar por un trabajo en el que iba a cobrar menos, pero que sin lugar a dudas resultaba muchísimo más gratificante intelectual y socialmente hablando. Y esto, de nuevo, frisa con el diseño de espacios cerrados, que intentan, equivocadamente, aumentar la productividad a base de aislar al sujeto de su entorno.

Frente a esta definición organizacional, me inclino más hacia la que en su momento daba Ronald Coase (ES), según la cual una empresa no deja de ser un mero intermediario transaccional entre las partes potencialmente interesadas en colaborar.

Es decir, que una empresa es ante todo un agente de intercambio de las ideas y ejecuciones de sus trabajadores, y que por ello, debe establecer cuantos más incentivos posibles para facilitar que esas interacciones entre trabajadores acaben materializándose en proyectos y productos que generen riqueza en la sociedad.

Hay múltiples maneras de afrontar esta re-definición. Algunas organizaciones optan, de una u otra forma, por apoyar a aquellos trabajadores interesados en sacar adelante ideas propias, subvencionando esas horas de trabajo, ofreciendo espacios donde exponerlas y buscar apoyo entre el resto de potenciales interesados, o mediante la financiación de proyectos y la creación de políticas flexibles que den cabida dentro del timing y estrategia de la misma elementos de economía colaborativa.

Otras catalizan este interés mediante la consecución, sea de nuevo directa (cursos, máster, seminarios) o indirecta (libertad de consumir información en horas de trabajo), de una serie de aptitudes y conocimientos que se presten a generar en los trabajadores ese sentimiento de necesidad por aportar algo más. En una sociedad eminentemente basada en la economía de la información, resulta de nuevo absurdo bloquear activamente el acceso de los trabajadores a canales informativos y/o redes sociales, por el simple hecho de ser estos puertas de acceso a ideas que en el futuro, y sabiendo interiorizarlas dentro de la organización, pueden transformarse en mayor riqueza.

Es aquí donde entra la tercera pata: el espacio de trabajo. Y de la mano, el habitat donde residen los trabajadores.

No debería sorprendernos que algunas de las empresas más valoradas de la actualidad hayan apostado por espacios diáfanos en los que se han distribuido de manera temporal mesas de gran tamaño capaces de ser organizadas fácilmente por los propios trabajadores, generando así entornos diversos. Hablamos de lugares de trabajo donde nadie tiene asegurada su silla. Donde prima el interés común frente a la jerarquía, compartiendo zonas que favorecen la compartición de ideas.

Las oficinas de Facebook o de Twitter, Googleplex, y a menor tamaño, la mayoría de oficinas de pymes relacionadas con el diseño, tienden a apostar por este tipo de organizaciones espaciales, y con el tiempo acabarán por su propio peso (no debería sorprendernos que a día de hoy sean éste tipo de empresas las que dominan la economía mundial) trasladándose al resto de sectores.

¿Qué me espero encontrar entonces en un parque tecnológico?

Precisamente todo esto que te comento. Y ni siquiera me molesto en hablar de los recursos tecnológicos (conectividad asegurada, suficientes puestos de carga, un equilibrio adecuado entre recursos informáticos propios y BYOD…). Es algo que ya considero como básico, máxime en un parque TIC.

Pero donde creo que hay que hacer hincapié es precisamente en el papel de los espacios para la consecución de la que como te decía creo que debe ser la máxima de cualquier empresa del siglo XXI: Facilitar el intercambio de conocimiento entre sus trabajadores.

Con un lugar de trabajo flexible, abierto. Con espacios comunes de esparcimiento. Con facilidades para todos aquellos que quieran aportar más a la organización. Y si me apuras, con iniciativas de conciliación de la vida familiar que vayan más allá de una flexibilización de los horarios, hacia derroteros como los que de nuevo aplican compañías como las antes mencionadas (facilidad de acceso a pisos premium en las inmediaciones del parque, comodidades que liberen la carga de gestión de la casa para que el trabajador se pueda centrar en la parte divertida, actividades grupales que engloben a distintos elementos de la organización que quizás de otra manera no tendrían por qué interaccionar entre sí…).

Simplemente porque el trabajo es para los de mi generación una pieza más de la vida. Simplemente porque estamos dispuestos a ser elementos críticos de la organización, y porque esperamos, de paso, que se nos valore como tal.