mensajes de voz whatsapp

En 2014 publicaba por estos lares un artículo sobre el uso de aplicaciones de mensajería de voz y productividad, en la que hablaba de cómo los audios de WhatsApp, que habían llegado no hacía mucho a la plataforma, se erigían como un sistema de comunicación asimétrica la mar de interesante en derroteros de productividad.

Y me parafraseo, que para algo estoy en mi santa casa:

Lo que me ha llevado finalmente a escribir el artículo, sin embargo, ha sido el ver a una mujer extranjera, con la que he coincido hoy en el tren, que mantenía de forma habitual (y lo digo porque su forma de usar el smartphone como si fuera un micrófono me permitía ver su timeline a la perfección) comunicación por WhatsApp vía voz. La señora utilizaba el servicio para enviar dos o tres frases habladas, esperaba unos segundos a la respuesta de su interlocutor/ra,y volvía a contestar.

La conclusión inicial que saqué de todo eso era que estaba dando un mal uso de una herramienta de comunicación, pero entonces, me vino a la mente (mire usted por dónde) la ley de los cuatro cuadrantes de Stephen Covey (ES), que recojo a continuación, y que me hacen dudar de la respuesta fácil.

importante-vs-urgente

Este señor, que debía estar tan obsesionado con la productividad como un servidor, dividió sus tareas en cuatro tipos, de forma que resultaba más inmediato (lo visual siempre ayuda) fijar su prioridad.

Siguiendo esta distribución, la mayoría de llamadas que recibimos al día pertenecerían al cuadrante tres (no importante y urgente), que es precisamente el cuadrante que menos nos interesa mantener activo, ya que su contenido bien puede esperar unos minutos (horas, días o meses), y utiliza como canal uno terriblemente invasivo.

Gracias a él, perdemos la concentración, perdemos el tiempo, y por tanto, tira por tierra nuestra productividad.

La forma de comunicación por excelencia para este tipo de menesteres no urgentes del día a día es la asimétrica (correlación de poca importancia y poca urgencia), cuyo mayores exponentes han sido y son el email, el SMS y por ende, la mensajería instantánea.

Lo cierto es que de pura casualidad he vuelto a dar con esta pieza y me sorprender ver que 7 años más tarde sigo bastante de acuerdo con la tesis que defendía entonces… con algunos peros.

Sobre la comodidad y productividad de los mensajes de voz

En este punto tengo sentimientos encontrados.

Por un lado, sigo de acuerdo con la base que defendía en el artículo.

La mayor parte de llamadas telefónicas que recibimos hoy en día son del tipo 4 (no importante y no urgente), pero por el simple hecho de recibirlas por un canal tan invasivo como es el de las llamadas telefónicas (un canal asíncrono que requiere que dejemos de hacer lo que sea que estábamos haciendo y contestemos) pasan a ser de tipo 3 (no importantes y urgentes).

Con los mensajes de voz mantenemos la comodidad esperable de una llamada telefónica, pero sin pervertir la sensación de urgencia, y dando por tanto el control de la recepción y respuesta a nuestro interlocutor.

Hasta aquí, todo correcto.

El problema es que el sonido, por sus propias particularidades, requiere de un compromiso extra por parte del receptor.

Y por varios motivos, de hecho:

  • Un mensaje de texto es más costoso crearlo, y por ende, fuerza al emisor a sintetizar la información lo máximo posible. A informar más con menos. Lo cual en cualquier proceso de comunicación es claramente un punto positivo.
  • Para colmo el sonido requiere para consumirse una serie de particularidades específicas. Un mensaje de texto lo puedes leer en prácticamente cualquier situación (menos cuando conduces diría yo…), y sin embargo para escuchar algo tienes que poder escuchar en ese momento algo, es decir, tener la capacidad de recibir información por el canal auditivo, lo cual no es posible en muchas más ocasiones (estás reunido, en una oficina, ya estás escuchando otra cosa…).
  • Por último, el sonido molesta al resto de potenciales personas que estén a nuestro alrededor. Un mensaje de texto no molesta, o al menos no molesta tanto como lo haría un mensaje de voz (si estás manteniendo una conversación presencial con otra persona y continuamente revisas tu teléfono para leer lo que sea que te están enviando es de por sí molesto, pero más lo sería si cada poco le pidieras que se callase para escuchar algo).

Así, es normal que como le pasaba a esta pobre persona extranjera con la que me crucé en aquel transporte público hace años, y como seguramente vemos todos y cada uno de nosotros en el día a día, los mensajes de voz en servicios de mensajería instantánea se han vuelto tan habituales que han generado dinámicas absurdas que contravienen lo que se ha venido a llamar esa nueva etiqueta social del consumo tecnológico.

¿Algunos ejemplos?

  • Ese chaval, presumiblemente con un chandal Nike y una gorra mal puesta (no porque lo diga yo, sino porque la gorra está diseñada para que ocupe todo el contorno de nuestra cabeza y no simplemente para que quede colgando de un lateral), que va por la calle mandando audios con el smartphone como si fuera un walkie talkie. Una forma de consumir y crear audios que de hecho es contraproducente para todas las partes. Él escuchará peor los audios, molesta al resto de presentes, y además, al colocar el smartphone frente a sí para enviarlos, fuerza a que los micrófonos cojan más ruido ambiente que si lo colocase en el oído, o utilizase unos auriculares con micrófono incorporado.
  • Esa otra persona que va por la calle, o peor aún en interiores, sujetando el móvil como si fuera la tabla de Los Diez Mandamientos mientras escucha los audios que le han enviado: Una forma de consumo que o bien viene dada por la falta de raciocinio de ese usuario (no es consciente de que está molestando al resto de personas a su alrededor), o por una idea preconcebida (y posiblemente ya arcaica) de forzar la sensación de que está manteniendo una conversación, pese a que ésta sea asimétrica.
  • Aquellos que pese a estar utilizando auriculares, acercan el teléfono a la boca: Quizás el grupo en el que me he sentido más representado (quien no lo haya hecho alguna vez, que tire la primera piedra), y cuya razón de ser probablemente venga nuevamente de esos inicios de la comunicación ubicua asimétrica en la que ir hablando aparentemente solo por la calle con unos cascos puestos sin tener el smartphone cerca podría hacer pensar al resto de personas que estabas como una puta maniega (ES).

El corolario con el que me quedo tras darle unas vueltas al asunto es que sobre todo, sobre todo, los mensajes de voz son el sistema de comunicación de información más productivo para el emisor.

Las barreras de entrada a la hora de crear un mensaje de voz son muy pero que muy bajas (dejas pulsado un botón y simplemente hablas).

El problema es que:

  1. No es el sistema más informacional que existe: Por voz tendemos a enrollarnos más, y además puesto que estamos ante una comunicación asíncrona, nos vemos empujados a explicar con más detalle lo que sea que decimos para evitar posibles tergiversaciones, lo que se traduce en una reiteración de la información que es de todo menos informativa.
  2. Es muy poco productivo en muchas de las situaciones cotidianas para el receptor: Que requiere dedicación absoluta y unas condiciones específicas para consumirlo.

Es decir, y con esto es con lo que quiero que te quedes, que cuando mandamos mensajes de voz, hipotecamos la productividad del receptor, a cambio de mejorar sensiblemente la nuestra propia, sobre todo por la comodidad e inmediatez de este formato.

Y pese a todo, recalco, sigue siendo mejor que una de esas llamadas telefónicas absurdas.

Así que hemos salido ganando. Aunque no tanto, después de todo…

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