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Hace ya unos meses dediqué en CyberBrainers varios artículos a hablar de lo que ha supuesto OnlyFans a la hora de democratizar (uberizar dicen algunos) la pornografía amateur.

Desde su uso por museos para poder mostrar pinturas de desnudos sin la esperable censura de redes sociales generalistas como Facebook, pasando por la creencia en que si nuestro contenido está detrás de un muro de pago, es seguro (y todas las chicas que nos escriben pidiendo ayuda al ver que un vídeo subido de tono ha sido republicado en plataformas de acceso público), hasta el tema del que quería hablar hoy: el poder tácito que tienen los grandes procesadores de pago online a la hora de decidir qué está bien, y qué está mal.

Me explico.

En esta pieza en particular hablaba de cómo OnlyFans era un ejemplo perfecto del peligro que supone depender económicamente de una única fuente de ingresos… supeditada a movimientos geopolíticos y estratégicos.

La cuestión es que hace ya unas semanas OnlyFans avisó de que, en unos días, dejarían de dar cobijo a todos los creadores de contenido pornográfico en su plataforma. De la noche a la mañana, todo aquel que hubiese montado un negocio basado en la producción de porno amateur en esa plataforma, pasaría de facturar el 100% al 0%.

Por supuesto, esto era como dispararse un tiro al pie, porque aunque es cierto que nadie te obliga a crearte un perfil de actor o actriz porno en la plataforma… seamos sinceros, la gran mayoría de los que están ahí, y de hecho lo que ha conseguido que hoy en día OnlyFans sea lo que es, ha sido precisamente esa política laxa frente al tipo de contenido.

Hasta aquí, todo normal.

No es la primera vez que una plataforma se abre mientras crece, y una vez está en lo alto, empieza a cerrar el grifo. Pasó con Twitter y su API, que pasó de permitir casi lo que quisieras hacer con ella, a estar muy restringida, y también pasó con esa Tumblr tras la compra por parte de Yahoo y la posterior desaparición del contenido para mayores de 18 años, para luego quedar como un gigante muerto más de Internet.

Pero ya comentaba en esta pieza que detrás de esta decisión aparentemente contraproducente para su negocio se ocultaba una estrategia reputacional.

Dicho y hecho.

Unos días más tarde, la compañía anunciaba que no darían ese paso.

¿La razón? Pues que habían llegado a un acuerdo con las principales plataformas de pagos online para que no bloqueasen las suscripciones de sus usuarios (el principal motivo de lanzar ese órdago).

De esta manera, podrían seguir operando con los principales agentes intermediadores de pagos mundiales.

Este problema parece trivial, pero lo cierto es que es el pan nuestro de cada día para muchos negocios cuya producción o no está contemplada claramente por la regulación supranacional, o directamente es vista por parte de estos conglomerados como potencialmente dañina.

Dañina para sus propios negocios, claro. No, per sé, para la sociedad.

Sobre políticas de devolución y negocios que no quieren entender

Te pongo más en antecedentes.

Si quieres recibir pagos en Internet, y además hacerlo con un mínimo de seguridad de que cualquiera en Occidente podrá emitir dicho pago con su tarjeta, toca pasar por alguna de las siguientes plataformas:

  • O pasas por la plataforma de TPV de tu propio banco (que a su vez suelen utilizar una de las cuatro grandes plataformas de pagos online que ofrecen su herramienta como marca blanca),
  • O pasas por PayPal, Stripe, Etsy, Square, o cualquier otro apaño de marca blanca de estas (WooCommerce, por ejemplo, que es la plataforma de eCommerce más usada en WordPress, tiene WooCommerce Pay, que no deja de ser un acuerdo para usar la infraestructura de Stripe; Patreon, nuestro sistema de mecenazgo, tiene por detrás o bien a PayPal, o bien a Payoneer, que no deja de ser un neo banco…).

Es decir, que prácticamente todo negocio digital creado en Occidente depende, a lo sumo, de los designios de unas pocas empresas procesadoras de pagos.

Y claro, recordemos que el negocio de esos intermediarios se basa, como cabría esperar, en asegurar que los pagos se realizan correctamente, y que hay muy pocas peticiones de devolución.

Justo lo que entronca con la ética y el acuerdo de uso que se firma al entrar en una de estas plataformas.

No es la primera vez que los trabajadores sexuales se quejan de que, en efecto, no pueden ofrecer sus servicios debido al veto «ético» que imponen estos grandes agentes a la hora de tramitar pagos en su nombre.

Y hace poco Meg Jones exponía en Wired (EN) un caso semejante pero con otro gremio: el de los tarotistas.

Un sector que, curiosamente, también me ha tocado experimentar en primeras carnes para un cliente del gremio hace tiempo, y que me lleva a afirmar lo mismo que exponía Jones en el artículo arriba enlazado.

Recuerdo una bruja a la que le hicimos la página, y a la hora de implementarle el sistema de pagos, nos encontramos con que la mayoría de bancos se negaban a ofrecerle el TPV virtual, y el único que se lo ofrecía, se lo hacía a una comisión del 35%.

¡35%! Cuando lo habitual para un TPV bancario es que hablemos de menos del 1% por transacción…

En la pieza, Meg Jones contaba cómo a la hora de monetizar su página y una newsletter creada en Substack, recibió varios avisos por parte de Stripe de que sus ventas violaban los términos de servicio.

Al preguntar la razón, Stripe aseguró que sus servicios se encuadraban dentro de «servicios psíquicos», y que, por tanto, eran considerados «un negocio de alto riesgo».

Indagando un poco más llegó a un párrafo del equipo de soporte que decía:

«Estas empresas a menudo hacen afirmaciones que no están respaldadas por la ciencia o la evidencia pasada, lo que puede conducir a una alta tasa de devolución de cargo. A los clientes se les prometerá un resultado, y cuando eso no se haga realidad disputarán un cargo como ‘Producto no aceptable'».

Desde entonces ha intentado volver a utilizar la plataforma, que recordemos es la base en la que se asientan servicios de pago como los de Substack, Shopify, Medium y compañía, en al menos tres ocasiones.

Le reactivan el servicio, y a las pocas semanas se lo vuelven a restringir. La tercera vez ya bloqueado por completo, sin capacidad de réplica alguna.

Y lo peor de todo: Sin haber recibido la petición de un solo reembolso por parte de sus clientes.

Un ejemplo más de censura encubierta (no está basada en el uso real de la cuenta, sino en los prejuicios o ponderaciones estadísticas generales que hayan hecho internamente), tan peligrosa como lo es cualquier otra decisión unilateral de una plataforma.

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