Teoría de juegos y economía colaborativa para la gestión ciudadana

gestion colaborativa

Leía ayer de pura casualidad el artículo en formato long post de Aeon sobre la hipotética gestión policial aplicando teoría de juegos matemática (EN).

El artículo es largo, pero merece la pena pararse a leerlo un rato. En serio, vaya ahora, que le espero :).

¿Ya lo ha leído? Pues como habrá visto, el debate gira en torno a quién controla al controlador, sobre todo centrados en el papel del policía dentro de la sociedad.

¿Podemos, mediante la tecnología, generar un sistema de confianza que evite casos de corrupción en la sociedad? Al menos en teoría es posible, y aquí entra el juego.

Todos somos policias

La idea es tan sencilla como brillante. Si el problema de un sistema como el social es que por la propia naturaleza de nuestra especie una minoría con poder acaba por corromperse, por qué no delegar ese control a toda la sociedad.

Así es como funcionaría en la práctica: imagine una ciudad en la que los policías cometen evidentes infracciones de tráfico y nunca se multan los unos a los otros. Las autoridades podrían romper esa desigualdad desarrollando un sistema online en el que cualquier ciudadano pudiera informar de forma anónima acerca de estas infracciones. Y cualquiera que recibiera demasiados avisos independientes se ganaría una investigación – incluida la policía. Suena ridículamente simple, pero según los modelos matemáticos es el «truco» que basta para todo funcione. Después de todo, es esencialmente la misma estrategia que ya funciona en muchas comunidades online

El útimo punto lo he subrayado a propósito, ya que buena parte de la confianza en servicios de internet se basa precisamente en este paradigma.

En el que todos somos usuarios y reclamadores. En que la comunidad se autoabastece, se autoregula, mediante unos algoritmos supeditados al control humano (tanto por abajo, como por arriba), fuertemente limitados y ajustados a un entorno complejo.

Y es que la tecnología, bien usada, podría ofrecer una buena herramiena para controlar positivamente a la sociedad. No tanto en que sea el poder quien gestione esta herramienta, sino el pueblo.

Que el papel de los cuerpos del orden, de la política, como ya veíamos en aquella “ficción” que a cada paso suena más cercana, sea el de meros ejecutores de los dictámenes de la sociedad.

Porque a día de hoy, y con la capacidad de comunicación global que las nuevas tecnologías nos ofrecen, resulta absurdo que unos pocos tomen en nombre del resto las decisiones, o tengan la potestad de elegir qué está bien y qué no.

¿Cómo diseñar un sistema de alerta ciudadana que permita a la sociedad autoregularse?

La pregunta no peca de utópica. Llevarlo a cabo es complejo, sobre todo porque debe cubrir una infinidad de causísticas que podrían ser críticas para el buen devenir del sistema.

Hablamos por tanto de una herramienta abierta (es necesario que cualquier ciudadano, si tiene interés, pueda meterse en las tripas para cerciorarse de que no hay engaño y de que todo ocurre dentro de sus murallas), cuya comunicación gozaría de un cifrado de punto a punto lo suficientemente potente como para quitar las ganas de pegarse contra él.

¿El otro ingrediente? Los principios de la economía colaborativa, del microtrabajo de unos muchos no por la búsqueda de una monetización económica, sino por la simple monetización ética e ideológica, por la regulación social.

Todo convenientemente adobado con una buena dosis de gestión humana. Porque los algoritmos son muy listos para algunas cosas, y muy tontos para otras.

Tanto al final de la cadena como al principio de ella tiene que haber personas, y es quizás el punto débil de la propuesta, ya que quien al final debe dictar si una alerta es considerada de cara a realizar las acciones legales oportunas (presupongamos que seguimos hablando del control de la corrupción policial), podría en sí mismo representar parte de ese grupo de corruptores.

Un problema que se minimiza distribuyendo nuevamente el trabajo entre otros muchos (un doble control que tan bien nos está funcionando en el mundo digital).

¿En qué sistemas podríamos basarnos?

Tenemos ejemplos a patadas que a día de hoy están funcionando. Agregadores de medios y/o contenido que funcionan bajo el paradigma del karma reputacional. Sistemas anti-spam y anti-bots. Gestión abierta de información pública

El hecho de que un cliente pueda valorar de forma rápida y sencilla, desde su smartphone, a un conductor de Uber, empuja a este a generar un entorno donde el cliente se sienta satisfecho con el trabajo, sabedor de que una buena puntuación en el sistema le beneficia a él, le beneficia al sistema, y por ende, a la pre-concepción que tendrá el futuro cliente al montarse en su vehículo.

Iría incluso más lejos. Como parece estar ocurriendo en algunos puntos de EEUU, la irrupción de modelos tan disruptivos de economía colaborativa en sectores tan tradicionales como el de los taxis hace que este sector específico, como bien contaba Enrique Dans, esté mejorando considerablemente la experiencia de usuario (ES), sabedores (nuevamente) que la competencia recién llegada tiene mucho que ganar y menos que perder, y que para colmo lo están haciendo mejor.

Iniciativas como Wikileaks o las revelaciones de whistleblowers (me niego a llamarles “alertadores”) como Snowden no son más que la respuesta de una sociedad asqueada por un reparto desigualitario y nocivo del poder en un entorno que YA NO NECESITA este tipo de gestión.

Algo falla en el sistema cuando un ciudadano decide levantarse y revelar al resto los abusos de poder de los de arriba, y el gobierno se vuelca en señalarlo como traidor.

De esto va precisamente el artículo de Aeon, aunque sean más políticamente correctos que un servidor. La tesis defendida no carga contra los cuerpos del orden, sino que defiende la capacidad técnica accesible a la sociedad que permite a cualquier ciudadano hacer llegar su punto de vista al resto. Y no importa que hablemos de economía como tal (decidir en qué establecimiento del barrio comprar basándonos en el criterio de nuestros vecinos), de gestión de la corrupción policial, de la gestión de votos o puramente de política.