Intranquilidad y estrés tecnológico como herramienta de control

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El móvil empieza a vibrar momentos antes de que suene la melodía de la alarma. Son las 6:00 de la mañana.

Casi sin conocimiento, lanzo el dedo hacia la pantalla, y el sonido y la vibración cesa. Pero cesan durante apenas 5 minutos, que en ese estado, a medio despertar, pasan como si fuera un instante.

Vuelve la vibración y el sonido, y vuelvo a apagarlo, pero mi pareja me pega un codazo:

A ver si empiezas a levantarte cuando suena, joder…

Apenas abro un ojo, y prácticamente lo primero que veo en el día, es la luz cegadora de una pantalla.

Cuando el ojo se habitúa, un par de notificaciones.

Sigo en la cama, pero pasaré unos 5 o 10 minutos ojeando RRSS, el email y los grupos del WhatsApp hasta que por fin me levanto.

Y mientras voy hacia el baño, no despego la cara de la pantalla. Pese a que los gatos quizás andan revoloteando a mi alrededor. Pese a que quizás se me haya olvidado dar un beso de buenos días a la parienta.

La cuestión es que durante el resto del día, esa necesidad sigue estando presente. Soy, como seguramente usted también lo sea, víctima, en mayor o menor medida, de FOMO, del miedo a haberme perdido algo. A no haberme enterado de la última nueva, a no ser cómplice digital de la última novedad.

Y esto, hasta cierto punto exagerado en estas palabras, es la puerta de entrada a un peligro aún mayor. El de que esa debilidad sea usada por terceros para mantenernos controlados.

De que el miedo, venga de donde venga, y tenga la careta que tenga, se canalice convenientemente en la ciudadanía, como una droga que sale muy rentable al Sistema, permitiendo que los engranajes sigan girando hacia la dirección oportuna.

El miedo como elemento de control

No lo digo yo. Lo dice Havas, una de las agencias de publicidad y relaciones públicas francesa con más influencia del mundo, en el último reporte de tendencias (EN).

Échenle la culpa al 9/11, a la crisis financiera, a los medios, al ritmo frenético de la vida o al declive de la moral, o quizás culpen a la cultura de la culpa que siempre está buscando errores, fallas, chivos expiatorios. Combinaciones de todo esto se combinan  para el übertrend del año: una sensación de intranquilidad permea la mayor parte de la vida, un sentimiento persistente de que las cosas no están como deberían estar, que amenazas latentes están allá afuera, y que las personas necesitan tomar decisiones y hacer algo. Estamos constantemente inmersos en una lucha entre quedarnos o abandonar el barco. Alarmas emocionales están constantemente siendo sonadas y estamos respondiendo de múltiples formas para silenciar el ruido.

Puede que estemos ante un nuevo ataque terrorista, frente a la inseguridad de nuestras comunicaciones, o incluso peor, de la de nuestros pequeños. Puede que el miedo venga dado por la crisis económica o la situación de calentamiento global que estamos viviendo. Por toda esa maquinaria de monitorización masiva, o por las ineficiencias de un sistema electoral injusto que vuelve a posicionar como ganadores aquellos que en su día apostaron por ese mismo sistema, sabedores de que serían permanentemente bendecidos por él.

Recuerde que ahora una nueva vulnerabilidad no tiene un nombre impronunciable. Ahora un exploit tiene su propio nombre y apellidos, su propio marketing del miedo.

La cuestión es que estamos día tras día expuestos a demonios que se escapan, habitualmente, de nuestro alcance. A ojos en la penumbra que quedan difusos cuando arrojamos luz sobre ellos. A un miedo que no tiene cara, que es constante y que genera ese sentimiento de intranquilidad del que habla Havas en su reporte.

Un estado que permite al Sistema forzar acciones inmediatas e impostergables por parte del ciudadano. Como si de una campaña de ingeniería social se tratase. Porque no se lleve a engaño. Es justo de lo que se trata.

El papel de la tecnología como nexo sensitivo y disociación de intereses

La tecnología juega entonces un papel trascendente por dos motivos:

  • El primero, acerca esos riesgos al ciudadano, y lo peor de todo, le hace partícipe de ellos: Situaciones como la reciente crisis de los refugiados Sirios, o el ya comentado ataque terrorista en Paris hacen explotar la histeria colectiva no solo en la ciudad, sino en el resto del mundo, que lo vive en prácticamente primera persona gracias al milagro de las redes sociales. Una histeria que lleva a una ciudadana estadounidense a denunciar a unos vecinos, ya que al parecer entre los gritos de placer de la mujer (presumiblemente manteniendo relaciones sexuales) había llamamientos a la guerra santa, del tipo: ISIS es bueno, ISIS es grande (EN), o a la mayoría de candidatos presidenciales a tejer una súbita estrategia de censura digital que supuestamente prevenga acontecimientos de este tipo.
  • El segundo, mantiene la mente del ciudadano disociada, ocupada en muchos frentes distintos: Preocupada siempre por problemas que no puede solucionar (pero para los que debe tomar acción lo antes posible). Esa sensación constante de que las hostias van a venir de cualquier lado baja las defensas del ciudadano en aquellos puntos en los que de verdad debería preocuparse, como es un cambio de regulación que hace peligrar sus derechos, o la compra de una herramienta de monitorización masiva millonaria con el dinero del contribuyente.

No hay educación alguna en cuanto a cómo gestionar el inmenso volumen de información al que estamos expuestos. Y si me apura, tampoco interesa, porque el éxito de esta cultura del dato radica precisamente en que el usuario tenga la sensación de controlar el escenario, cuando en realidad está siendo desbordador patológicamente por él.

¿Qué se puede hacer para contrarrestar sus efectos?

La respuesta es sencilla de escribir pero difícil de aplicar.

Se trata básicamente de formar una cultura de curación y crítica de la información. De intentar huir de todo medio que intente darle verdades absolutas (aunque esas “verdades” le sean más cercanas que la compleja realidad). De apostar por tecnologías que democraticen realmente el acceso a la información, y no le dirijan hacia lo que quiere/debe oír/leer.

Y de pasar el tiempo justo preocupado en informarse, discerniendo qué es lo verdaderamente importante de aquello que solo es paja. Lo de eliminar las notificaciones es un buen comienzo, e incluso el auto-imponerse curas informativas también.

La cuestión es que muy rara vez algo tiene que ser resuelto en el mismo momento. Y eso aplica a servicios de mensajería, a emails, y también a información que espera ser consumida.

Que nosotros seamos quienes controlamos la tecnología y no al revés. Porque si esto no se cumple, seremos víctima de los intereses de terceros, que han sabido aplicar convenientemente la tecnología para que el resto caigamos en este juego.