La cotidianidad e importancia del turismo: el ocio de nuestros días

¿Alguna vez te has parado a pensar cómo la tecnología ha democratizado el hecho de poder viajar a cualquier parte del globo?

Hasta finales del siglo XIX la amplia mayoría de movimientos de la sociedad venían motivados por guerras, por migración, por conquistas y, por supuesto, por negocios (el comercio).

Que quien viajaba lo hacía porque tenía que hacerlo, vaya, no porque realmente quisiera.

Pero, de pronto, en plena efervescencia de la Revolución Industrial, algunos ciudadanos empiezan a viajar no de forma forzada, sino con objetivo de pasarlo bien (ocio, descanso, cultura, salud…).

Un cambio drástico de paradigma. El viaje, que per sé era un mal necesario del cambio de lugar, empieza a ser visto como una experiencia gratificante.

Hasta el punto actual en el que buena parte de la sociedad considera el «viajar» una de las principales actividades de ocio. Uno de los principales sueños de cada vez más personas.

Pero, ¿por qué y cómo es esto posible?

Cambiando la ideosincrasia del ocio

Sin entrar en miradas conspiranoicas, lo cierto es que la propia definición capitalista de la sociedad requiere, como ya expliqué en su día, que haya necesidades a cubrir con los beneficios (la producción) que obtiene el trabajador al realizar sus labores.

Y qué mejor hay que rediseñar la figura del ocio, hasta entonces no asociada directamente al gasto económico (ir al campo o quedarnos en casa jugando a un juego de mesa no nos cuesta nada) para que éste esté intrínsecamente relacionado con las necesidades que hay que cubrir cuando salimos de nuestra zona de confort. Cuando nos vamos de viaje.

Es así como sale la idea de que viajar es una buena manera de pasar ese tiempo libre que, de pronto, el trabajador, protegido por una serie de normativas de trabajo reguladas, tiene.

Y no, no es casualidad tampoco que «negocio» signifique «NEGación de OCIO». Se trabaja para obtener el dinero necesario para comprar los bienes (tangibles e intangibles, como es el caso del ocio) que el propio trabajador, con su trabajo, ha ayudado a crear.

Toda una industria que ya por 2015 movía la friolera de 1187 millones de desplazamientos turísticos internacionales (sin contar con los nacionales, ojo). Más de la mitad de todos los individuos de nuestra especie ha encontrado en esto de viajar la excusa perfecta para pasar sus vacaciones (y de paso gastar parte de sus ingresos).

Pero claro, para que esto sea posible necesitamos primero que exista un ecosistema logístico a la altura. Y ahí entra el segundo pilar del turismo: la aeronáutica.

Cada segundo despega un avión en alguna parte del mundo. Cada día, se embarcan en sus pasillos y asientos ocho millones de pasajeros, el equivalente de una ciudad como Londres. En un año, se habrá subido a un aparato casi la mitad de la población del planeta. Con el dinero que genera al año directamente esta industria, si la aviación fuera un país, tendría un tamaño económico parecido al de Bélgica o Suecia.

Con este párrafo empezaba en 2014 un artículo de La Vanguardia (ES) en el que hacían una retrospectiva de estos últimos 100 años de historia de la aviación comercial, el transporte predilecto de los turistas, y una verdadera revolución en cuanto a la manera que tenemos de entender el mundo que nos rodea.

Sin ir más lejos un servidor tiene previsto irse en un par de semanas a conocer Niza y Mónaco. 5 días. 4 personas. ¿Gasto total? Sin contar con lo que gastemos allí, por unos 1.200 euros (300 euros por barba) tenemos cubiertos los gastos de transporte (no solo avión, ya que tres tienen que acercarse en bus a Madrid ida y vuelta) y un hotel en pleno centro de Niza.

Por prácticamente lo que cobra un trabajador español medio en el mes tenemos para viajar cuatro personas, pudiendo salvar los 1.200 kilómetros largos que hay en apenas un par de horas. Si lo tuviéramos que hacer en coche el viaje sería de 12 horas… sin contar paradas.

¿No te parece increíble? Pues espera, que sigo.

El turismo en la era informacional

Si las barreras de entrada a la hora de comprar un billete de avión se han reducido drásticamente desde entonces (el primer billete que vendió Iberia para unir Barcelona y Madrid costó 163 pesetas… en 1927, y por tanto solo accesible a personas que realmente tuvieran un poder adquisitivo muy alto), el acceso a la información desde prácticamente cualquier lugar también ha servido para que hoy en día viajar sea realmente asequible para cualquier familia.

De nuevo hablando de mi caso, lo habitual es que cuando viajo a un nuevo país busque algún Free Tour (ES) de los múltiples disponibles en cada ciudad. De esta manera es como he conocido a muchísimos otros mochileros a lo largo y ancho del mundo.

Una excusa para que durante un par de horas unos completos desconocidos nos reunamos junto con un guía (normalmente un joven de la zona que encuentra en este tipo de trabajo una manera de ganarse un extra) para descubrir la ciudad, solventar nuestras dudas (aprovecho siempre para pedirle al guía recomendaciones de dónde comer y todo eso), y de paso quizás conocer a otros en nuestra misma situación para quedar más tarde y disfrutar de una buena comida en compañía, como me pasó con una chica alemana y otra austríaca en Barsovia, para cruzar las fronteras de bélgica en tren con una chica rusa, o para salir de fiesta por Austria con dos mexicanos.

Hace unos años para realizar un viaje tenías que programarlo hasta la extenuación, asegurándote de que tenías más o menos todo controlado.

Hoy en día, y por el milagro que es el que todos tengamos en el bolsillo un ordenador con acceso a Internet, ya ni siquiera planifico lo que quiero ver.

Como mucho en el viaje de ida consulto en el móvil recomendaciones, reservo el free tour, y luego ya allí, sobre la marcha, voy planificando próximos movimientos.

Ya sea mediante la WiFi del hotel, o en el caso de que contemos con el roaming en la zona, directamente con mi propia conexión.

Cosa que, por ejemplo, voy a tener asegurada en Niza (en Mónaco no, ya que aunque está dentro de Europa es de estos países no unidos al sistema europeo de roaming).

Que en cualquier momento podemos hacer una llamada o escribir un whatsapp a un familiar. Que podemos compartir fotos en redes sociales de nuestro viaje sin tener que esperar a volver a casa.

El mundo es ahora un pelín más accesible gracias, precisamente, a que tanto la logística de viaje como los sistemas informacionales se han democratizado hasta el extremo.

Viajar como símbolo de riqueza

El resto, ya de paso, lo hace la propia cultura de nuestra generación:

Por casa hace tiempo que a la hora de regalarnos algo con la excusa del cumpleaños o las Navidades, priorizamos regalar experiencias (que si una clase de barranquismo, que si un viaje a tal sitio…) a bienes materiales.

La riqueza de nuestra época ya no se mide estrictamente en lo que tienes, sino en lo que has vivido.

Y eso, de facto, genera a mi modo de entender una sociedad más sana y unida.

Ya he dicho en más de una ocasión que si de algo sirve viajar es precisamente para hacernos crecer como personas. Para entender que lo nuestro no es siempre ni lo mejor ni lo peor que hay. Para conocer diferentes culturas, aceptar y comprender sus diferencias, y con ello enriquecer nuestra visión sesgada de la realidad.

Y es un ocio que en efecto conlleva un desembolso económico considerable (menos del que sinceramente pensamos a poco que sepas viajar), que se ha posicionado ahí porque económicamente hablando interesa, pero que intrínsecamente sirve para unir a las personas, y evitar, de paso, que volvamos a repetir los errores del pasado.