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creatividad ia

Hubo un tiempo en que los que trabajamos en las llamadas STEM veníamos con inusitado entusiasmo la evolución de las IAs. De pronto, podíamos darle de comer a un ordenador datos, y este era capaz de optimizar procesos puramente rutinarios a un nivel que difícilmente el ser humano iba a poder hacer.

Una nueva revolución tecnológica, que esta vez afectaba de nuevo a la industria, pero no con nueva maquinaria, sino nuevo software encargado de gestionar esa maquinaria de una manera mucho más productiva que la que nosotros, simples mortales, podríamos tan siquiera soñar.

Entonces caímos en la conclusión de que lo mismo podías aplicar el mismo proceso a la toma de decisión estratégica. Ya sabes a lo que me refiero: que si decidir si una persona debería pagar más o menos por un seguro, que si decidir si una persona debería acceder a una u otra financiación, a un u otro puesto de trabajo…

Y caímos entonces en que, lo mismo, esa supuesta neutralidad algorítmica que hasta ahora habíamos presupuesto, no era tal. Que las IAs eran tan débiles a los sesgos humanos… como sus propios creadores. El hijo heredaba los errores del padre por el simple hecho de que este provenía del primero. De esos datos ya sesgados con los que habíamos conseguido que la máquina aprendiese.

Y pese a todo, la tecnología ha seguido avanzando, y mientras el grueso de analistas nos regodéabamos con discursos pro y contra sesgos algorítmicos, y con las garantías y responsabilidades de una ética y moral dependiente de sistemas informáticos, no caímos en la observación de que lo que hasta el momento considerábamos algo único de nuestra especie, la creatividad, acabaría en tan poco tiempo en manos de IAs.

Que, de pronto, hay sistemas informáticos como GPT-3 capaces de producir texto en segundos que hasta parece que tendría sentido, y redes generativas antagónicas o GANs como Stable Diffusion o Dall-E capaces de pintar cuadros que ya quisiera el mejor pintor subrealista, o generar fotografías que a ojo humano bien podrían parecer haber sido tomadas de la realidad.

Que sí, que no hay intencionalidad en estas obras. Que eso sigue siendo solo derroteros humanos… al menos por ahora. Pero el resultado, sin entrar en debates artísticos que pueden ser muy interesantes o un completo despropósito según el entorno en el que los hagamos, es el mismo.

Que lo cierto es que a la vista de cómo en apenas un par de años desde que publiqué este artículo sobre GPT-3, la industria ha evolucionado tanto, cabría plantearse:

  • ¿Y si nuestro trabajo, como creativos de la industria, está en peligro?
  • Y sí, me refiero a ti, informático, o a ti, redactor. A ti, profesor, y también a ti, abogado.

Hace tan solo un par de años tenía claro que nosotros, afortunados, estábamos en la cresta de la ola, por eso de que la base de nuestro trabajo radicaba en la parte creativa, y por ende, en algo exclusivo, innato, en nosotros.

Pero en la actualidad ya no lo tengo tan claro.

¿Qué sentido tendrá el día de mañana un programador si hay IAs capaces de generar código más productivo y sin errores?¿Qué sentido tendrá el trabajo de un escritor o un redactor, si tenemos IAs que generan casi lo mismo pero que son capaces de hacerlo en una ínfima parte de tiempo?

Fíjate que no hablamos ya de que ese operario, con o sin cualificación técnica, sea menos útil para la industria ya que la propia máquina que hasta ahora él gestionaba se auto-gestiona de forma más eficiente (y sin ponerse enferma o de huelga cada cierto tiempo).

Hablamos de que aquellos perfiles cualificados intelectualmente, aquellos que usamos el cerebro como principal músculo para realizar un trabajo al que se le asume un componente creativo más que considerable, estamos en el centro de la mira.

Y sí, en efecto una cosa es que esto esté así, y otra que mañana nos vayamos a quedar sin trabajo. Claramente, y como suele pasar con estas disrupciones tecnológicas, los primeros en verse comprometidos serán los estratos más bajos de la cadena: Ese redactor de contenidos, ese ilustrador…

Perfiles que quizás deberían empezar ya a mirar cómo pueden aprovecharse del surgimiento de estas IAs para que su trabajo esté empoderado, y no encontrarse, el día de mañana, compitiendo contra ellas en un tablero de juego con unas reglas que no les son precisamente favorables.

A este punto hemos llegado, oye. Al surgimiento, como vimos hace unos días con esas pruebas que hice de plataformas como Dall-E Mini y Stable Diffusion, empecinado como estoy con ver los límites sesgados de dichas IAs, ante el surgimiento de una nueva etapa en la evolución humana.

Una en la que quizás deberíamos bajar de nuestro atril de único ser capaz de generar, y asumir que a partir de ahora nuestro papel debería ser el de saber gestionar (esto es, ofrecer valor en la intermediación) la generación creativa (sin intencionalidad, sí, pero creativa a fin de cuentas) que otro ser, esta vez una máquina, puede hacer con bastante acierto.

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