one piece

Las series en live action suelen salir mal.

Esta es una de las reglas no escritas del cine.

Por más que lo han intentando, casi todos los acercamientos del cine con actores por traer a la vida mangas, comics y videojuegos, tienden a salir mal.

¿Hay casos en los que esto no se cumple?

Haberlos haylos, por supuesto.

Ahí tenemos algunas de las últimas producciones de Disney (tanto con las licencias clásicas de Disney, como con Marvel), o Warner con DC. O si me apuras, esa primera temporada del The Witcher de Netflix (la segunda ya es infumable).

De muy vez en cuando, suena la flauta y alguien consigue lo imposible.

Exactamente lo mismo que pasado estos días con la serie con actores reales de One Piece.

Frente a todo pronóstico (porque, siendo estrictos, tenía todo en su contra), ha salido genial.

Y lo digo en serio.

Tanto como para recomendarla por aquí.

Mi relación con One Piece

Pero empecemos por el principio, ya que antes de que alguno de los aquí presentes levante suspicacias, tengo que decir que un servidor, antes de ver la serie de Netflix, tenía una relación nula con el anime y el manga de Eiichirō Oda.

Me he comido con patatas Dragon Ball (y lo sigo haciendo, pese a que ya sea consciente de que esto no es para mi), le he dado algo a algunos mangas como los de Death Note y Attack of Titans (por cierto, otros dos ejemplos de acercamientos al cine en live action que salieron de aquella manera…), y poco más.

Llevo ya unos años amenazando con enfrentarme a la lectura de One Piece, o ya puestos, de Naruto, por eso de que los que lo han hecho, los consideran obras maestras.

Pero no encuentro el momento. Y es que hay algo que siempre me echa para atrás.

¿Que el qué?

Pues su extensión.

En el momento de escribir estas palabras, One Piece va por el capítulo (del manga) 11XX. Y no, no me he confundido. No sobra ningún número.

Para ponerse al día con este manga hay que comerse más de mil capítulos.

El anime va bastante más atrás, eso es cierto, pero tiene el problema típico que tienen la amplia mayoría de animes: Mucha «morralla» necesaria para alargar cada capítulo.

Que se cumple lo típico que se cumple en este tipo de producciones: El manga, esto es, la obra en papel, va a fuego con los arcos argumentales, y lo que en el manga puede llevar cinco o seis capítulos, en el anime (la serie de televisión, para que nos entendamos) puede llevar el doble, al contar esta con un equipo muchísimo más amplio de profesionales, y que por exigencias del guion (para poder venderlo a las diferentes cadenas) se pierde mucho el tiempo con historietas y escenas costumbristas, que no aportan absolutamente nada, pero que alargan cómodamente las horas de visualización (lo único que realmente le importa a una cadena).

Así pues, y pese a que la premisa de One Piece siempre me ha llamado mucho la atención (un mundo prácticamente ocupado por grandes mares donde los piratas hacen frente a un gobierno mundial claramente dictatorial), había solo que echar cálculos para darse cuenta de que algo no sale:

  • Ponerme al día con el anime nos llevaría alrededor de 15 días: 15 días enteros, ojo, con las 24 horas de cada jornada mirando fijamente la pantalla, sin dormir ni hacer nada más.
  • Hay otra opción, que pasa por comprar los tomos del manga. El otro día me pasé por una librería especializada para ver en qué se queda el asunto, y me he dado cuenta de que para ponerme el día, necesitaría comprar 106 tomos (cada tomo tiene entre 1 y 5 capítulos). Y considerando el coste de cada uno, hablamos de que toda la obra me va a salir a unos 1.000€.

Y obviando, por cierto, que en ese tiempo, que por razones obvias no iba a ser de «solo» 15 días, sino fácilmente de uno o dos años, o del tiempo que me llevase ya no solo comprar la obra en papel completa, sino leerla, seguirían saliendo capítulos, ya que recordemos que el bueno de Eiichiro sigue dibujando y escribiendo.

Y no parece que vaya a parar dentro de poco, precisamente.

Estos dos puntos quitan las ganas de darle una oportunidad.

O al menos se lo quitaban hasta ahora.

Porque si de algo ha servido la serie de Netflix, es para meterme el gusanillo en el cuerpo.

El live action de One Piece

Echas las presentaciones, vamos al grano.

¿Recomendaría ver la serie de One Piece de Netflix?

Pues sí.

Un rotundo sí… siempre y cuando sepas dónde te metes.

Es decir.

One Piece es una obra que podemos cuadrar a medio camino entre el género de aventuras (muy a lo Piratas del Caribe, para que se me entienda) y la comedia absurda que tanto les gusta a los japoneses.

Todo, sin olvidarnos de que está basado en un manga enfocado principalmente a niños, y que por tanto, aunque pueda haber trasfondos muy oscuros en los arcos (que los hay; vaya que si los hay…), todo está convenientemente empaquetado en un florido manto de infantilidad.

Para colmo, el tráiler no le hace ni muchísimo menos favor a la serie de Netflix.

Un servidor, de hecho, lo vio en su día cuando lo anunciaron, y aunque supuse que le acabaría dando un tiento (fíjate lo poco que me interesaba que hasta que acabó el primer episodio y vi que comenzaba un segundo, pensaba que era una película, no una serie, y ya me estaba cabreando al ver que dejaban abierto el arco), no tenía ni el más remoto interés en ella.

La puse en una tarde tonta justo el día que salió, el finde pasado, y porque me apareció como destacada al abrir Netflix.

Ese mismo día me comí cinco episodios.

Los tres restantes, al día siguiente.

Si aceptas la ambientación, si estás dispuesto a entrar de lleno en ese mundo de piruleta donde vive Luffy, el protagonista y el ejemplo perfecto de persona que ha nacido con una flor en el culo, la obra es simplemente maravillosa.

Y va a saco, ojo.

En esos ocho episodios te cuentan, con asombrosa fidelidad (cambian detalles, obviamente, pero no afectan apenas a la trama) fácilmente los 100 primeros capítulos del manga. Habrá mucho combate, habrá mucha aventura, y también habrá mucha comedia.

Con una fotografía, con unos efectos especiales, con unos escenarios de superproducción Hollywoodiense.

Siempre moviéndose en las arenas movedizas que separan lo que tu cerebro entiende que puede ser plausible (una historia de piratas en busca del ya clásico tesoro perdido) de la ida de olla de Eiichiro, que ha creado en todas estas últimas décadas un mundo tan absurdo como, sorprendentemente, creíble.

Así, no te extrañe que, de pronto, ya pases como totalmente normal el que la banda se cruce con un miembro de la marina con cara de humano, pero orejas y bigote de rata. Que el protagonista parezca que va vestido por Zara, con esa camisa hawaiana y ese icónico gorro de paja, mientras todo transcurre en lo que podría parecer el siglo de oro de la Armada Española (aunque sí, sé que hay por detrás mucho más, y que incluso se está debatiendo si este mundo puede ser el nuestro dentro de cientos o miles de años).

Que una obra en tinta, o una serie de dibujos animados, sea capaz de transportarte a un mundo mágico como este, es entendible. Pero que esto funcione con actores reales me parece realmente increíble.

Una serie que disfrutarán, como he constatado que así ha sido, compañeros muy forofos del que, recordemos, está considerado uno de los mejores mangas de toda la historia. El manga más económicamente rentable (Record Guinness de por medio) de todos los tiempos.

Una serie perfecta para ver en familia, por supuesto, ya que los peques la van a devorar como si no hubiera un mañana, e igual les mete el gusanillo de pasar al anime tras su visionado.

Pero también una serie que disfrutará cualquiera que hasta ahora no supiera de las aventuras del joven pirata Monkey D. Luffy, y su esperpéntica cruzada por acabar siendo el Rey de todos los Piratas.

Solamente hay que dejarse llevar y surcar los mares del Grand Line… sin prejuicios.

Y disfrutando del caminio.

Recuerda: Son solo ocho capítulos.

Y te van a dejar con hambre de más.

A un servidor, al menos, así ha sido.

De ahí que para cuando leas esto, ya estaré por el tomo tres o cuatro del manga :).

Te dejo para terminar el tráiler, pero recalco que no le hace justicia.

Es, junto a ese primer episodio de la sexta temporada de Black Mirror, la obra de Netflix que más me ha gustado en lo que va de año.

Dale una oportunidad, y me cuentas, ¿vale?

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