Llamada

(Madrid, España, años 20 del nuevo siglo.

En una sala de hospital, Fabián, un hombre de mediana edad, se encuentra encamado, con numerosos aparatos médicos a su alrededor, mientras sostiene con su mano izquierda un antiguo dispositivo de llamada vía voz.)

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(Con voz seca y tono agresivo.)

Esto no es por lo que he pagado. ¡Me parece indignante!

(Hace una parada para escuchar a su doble, pero al ver que este no dice nada, continua.)

¿De verdad tú eres mi otro yo? Maldita sea, ¡si no nos parecemos en nada! Quiero hablar con un agente. Pásame con un supervisor ahora mismo.

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(Con voz pausada.)

Antes, responde a la pregunta: ¿Qué hubieras hecho tú?

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¿Que qué hubiera hecho? Venga hombre, ¿es una broma?

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No es ninguna broma.

(Se toma un instante para recuperar la voz.)

Si tuvieras que elegir un superpoder, ¿cuál sería?

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(Se toma nuevamente su tiempo para responder.)

Ya sabes la pregunta. Maldita sea, ¿este tipo de cosas no son las que podéis sacar de nuestros perfiles?

(Suspira levemente.)

No sé si se puede considerar un superpoder, pero de elegir, elegiría el que me ha acompañado toda la vida.

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¿A… qué te refieres?

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¡Ya lo sabes, joder! A la puta suerte.

Soy una persona con suerte. Punto.

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¿Y por qué crees eso?

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No hay más que ver cómo me ha ido. O nos ha ido. Maldita sea, ¡qué difícil es hablar con uno mismo!

(Una tos repentina interrumpe momentáneamente la conversación.)

Recuerda si no aquel verano del… ¿79, quizás?

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79, en efecto.

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Pues eso, el 79. Nuestra madre, la pobre, nos llevó como cada verano a aquella playa donde luego, años más tarde, construirían esos astilleros horribles. Joder, ¿recuerdas su voz, y esa mirada que nos echaba desde aquellos dos pedazo de faros que tenía por ojos?

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Me… cuesta recordarlo, la verdad.

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Bueno claro, eres un simple doble.

Pues sí, ahí estábamos tirados en la toalla. Éramos un enano de tres o cuatro años ya raro de cojones. La arena nos daba grima, ¡ya ves tú!

Nuestra madre, con esos ojos… nos tiraba la pelotita. Una de esas de plástico roñoso que seguramente se la habían dado como regalo con la compra de alguna otra cosa. Y oye, que como la pelota se fuese un poco más allá, y no llegásemos a ella desde la toalla, que no había forma de movernos.

Ahí nos quedábamos, sentados, gruñendo como gilipollas, y haciendo aspavientos para que mamá nos la volviese a acercar.

Ya éramos pijos de pequeños.

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Ahora que lo dices…, sí que lo recuerdo.

(Suelta una leve carcajada.)

¿Y qué tiene que ver esto con la suerte?

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Si me dejas de interrumpir, te lo cuento…

(Espera unos segundos, y continua.)

Pues que, como te decía, ese día hubiera sido un día de playa más si no fuera porque, de pronto, nos dio por ir de hacer de aventureros.

¡Nosotros! Que hasta entonces poníamos cara de asco cada vez que nuestros piececillos tocaban la arena.

Mamá estaba sentada… a la izquierda, sí. Hablando con otra mujer, de esas focas típicas que quedan varadas a las ocho de la mañana «para coger sitio», y que se tiran las 12 horas restantes ahí, guareciendo el fuerte, tostándose como si fueran maíz, hasta que el Sol se va y no les queda otra que volver la vista a sus miserables vidas conyugales y hacer tiempo hasta el día siguiente.

En fin, que estaba entretenida hablando de… no sé de qué. ¡Joder, que teníamos tres o cuatro años! Pero el caso es que, en ese momento, algo nos llamó la atención en el agua.

Sería cualquier tontería, claro. Algo brillante que no consigo recordar del todo… Quizás, ¿una lata de refresco? ¿o algún ave en busca de algo que llevarse a la boca? No me acuerdo exactamente.

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Continúa.

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A eso voy, tranquilo.

Pues que nos levantamos, y como atraídos por la llamada de una sirena, corrimos trastabillando hasta la orilla.

Y claro, la primera ola que no llegó, ¡Zás!

(Lo acompaña con un golpe seco que asusta a la otra persona.)

Para cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos dando vueltas en el agua. Sin tener ni puta idea de nadar. Y ya puestos, de que por ahí abajo no se podía respirar.

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Sé que es cierto lo que me cuentas, pero no… consigo recordarlo con claridad.

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Ya, ya, como no hay registros gráficos, ¿eh? Debe joder no tener tan buena memoria…

En fin, que según el médico, estuvimos clínicamente muertos cerca de un minuto. Y lo hubiéramos estado bastante más si no fuera por una muchacha de pelo oscuro que dio la casualidad que paseaba por los alrededores, y nos vio hacer el periplo.

Porque esa es otra… ¿Te acuerdas de lo de Laura?

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¿Laura? ¿Qué Laura?

(La falta de aliento hace que ese último «Laura» apenas llegue a ser audible.)

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¿Qué Laura va a ser, coño? Laura, nuestro primer amor.

Aquella chica que conocimos en el campamento. No en el primero, que ese fue una mierda, sino en el segundo, el de los bungalows.

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¡Ahhh! Creo que teníamos una foto que nos sacó mamá a hurtadillas, o algo así, ¿no?

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(Riéndose.)

¡En efecto! Le pedimos que nos sacara una foto, y nos colocamos de forma que, de fondo, se viera a la chica. Madre mía, la de pajas que nos habremos hecho con ese trozo de papel…

(Una risa enlatada, seguida de un horrible carraspeo, sale del interfono.)

Bueno, el caso es que para llamar la atención a Laura, no se nos ocurrió otra que taponar, al segundo día, un riachuelo que había a las afueras del campamento.

Nada, cuatro piedras ahí mal puestas, en un hilo de agua que bajaba de la montaña.

Lo hicimos y ¡ale!, nos fuimos a pasar el resto de la tarde con las actividades que tocaban. De hecho juraría que hasta se nos olvidó la argucia.

Al menos, hasta esa misma noche, cuando a la vuelta, descubrimos que ese pequeño riachuelo había montado un lago de mil cojones… en medio de todos los bungalows.

¡La que nos cayó!

(Otra risa, esta vez seca y apagada, interrumpe de nuevo el relato.)

Y lo mejor de todo es que justo, nuestra cabaña, fíjate tú, quedó libre de la inundación.

Nos tocó pasar el día siguiente ayudando al resto a limpiar la zona, y nos quedamos sin merienda el resto del campamento. Pero oye, llamamos la atención de Laura, y ese beso del último día junto a la entrada trasera del comedor, hizo que valiese la pena.

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Ya lo recuerdo, sí… ¡Qué bonito recuerdo!

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¿Y qué me dices de cómo conseguimos nuestro primer trabajo?

Ya hay que tener suerte para que justo seas el único al que le toca la empresa, donde hicimos las prácticas, que se queda sin perfil técnico en el momento de entrar nosotros.

Ni a Juan, ni a Roberto, que eran en principio los que llevaban mejor nota, les tocó el gordo con esto. Hicieron sus horas reglamentarias, y ¡ale!, a buscar curro como todos los demás.

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Es cierto, es cierto…

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O lo que nos pasó con María cuando tenía dos años de edad. ¿No me digas que no fue un puto milagro que saliese indemne de aquel accidente?

O cuando, ya habiendo informado a nuestro por aquel entonces arrendatario en otra ciudad de que nos íbamos a finales de mes, y habiendo contratado la mudanza a unos chavales que tenían un camión, se fue a la mierda el contrato de arrendamiento que habíamos firmado con el nuevo ya que, el dueño del piso, policía nacional para más inri, nos dijo que no podía alquilárnoslo «legalmente» al tratarse de viviendas de protección oficial, y por tanto no podía firmarnos ningún papel que fuéramos a usar a nivel fiscal.

En dos semanas estábamos en la puta calle. Y, de pronto, apareció la abuela de no se quién, con un piso de puta madre, que nos dejó a precio de saldo.

De verdad, que si tengo que elegir un superpoder, volvería a elegir el que nos ha tocado: El tener una flor en culo.

Que somos unos suertudos de mucho cuidado.

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Pese a la enfermedad.

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(Con voz decidida.)

Pese a la enfermedad.

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(Tras un largo silencio…)

Tienes razón… Ay, no sabes qué ilusión me ha hecho poder recordar todo esto.

(Carraspea nuevamente, pero pronto se recompone.)

Ha sido un verdadero placer poder hablar contigo… mismo.

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¡Ja! El placer ha sido mío.

Y ahora, por favor, pásame con el responsable.

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Muchas gracias.

(Cuelga la llamada y, con lágrimas en los ojos, mira a su lateral, donde se encuentra una mujer mayor que le aprieta con cariño la mano.)

Muchas gracias, madre.

(Rompe a llorar, y le sigue la mujer, con esos dos grandes ojos llenos de ternura fijos en Fabián, que impele los últimos estertores de su vida.)

Muchas gracias por… por ayudarme a… recordar…

Por todo… lo que me… me has dado.

FIN

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