cultura respuestas faciles

Estaba pensando este fin de semana en el impacto que tiene ese afán de banalizar cualquier discurso, abusando de los argumentos de autoridad y demás estrategias típicamente utilizadas para atraer la atención en otros derroteros, cuando llegaba al artículo de Enrique sobre el influjo de la cultura de respuesta fácil en esto que venimos llamando la competitividad empresarial.

Enrique centra su columna en cómo esa adoración por las respuestas fáciles a problemas complejos, como son, de hecho, la mayoría a las que nos enfrentamos en la vida real, debe ser perseguida, a priori, desde su papel como profesor en una escuela de negocios, ya que acaban destruyendo el tejido creativo de las organizaciones.

El problema de todo esto, sin embargo, viene de mucho más atrás.

¿Es problema único de la educación?

Desde pequeños nos han educado para aceptar como máximas lo que el libro de turno dice. Tanto en disciplinas puramente subjetivas, como es, a fin de cuentas, la historia o la literatura, como incluso en aquellas que tienen unas bases sólidas e incuestionables, como las matemáticas o la física.

Aprendemos a sumar no comprendiendo el concepto de suma, sino mediante apaños que nos simplifican, conceptualmente hablando, su entendimiento.

Y conforme crecemos, lo hacemos aceptando las verdades a medias como un mal menor (el Ratoncito Pérez, los Reyes Magos, Papá Noel…), y siendo continuamente estimulados con esa cultura de la respuesta fácil en los informativos, en redes sociales, y en general, en todo lo que nos rodea.

Algo que probablemente tenga una fundamentación egoísta, pero positiva, para la vida en colectivo.

Si, de pronto, cayésemos en la consideración de que las bases del capitalismo (si te lo «curras», tendrás éxito) pues lo mismo no son del todo ciertas, y que si de verdad queremos prosperar como sociedad, habrá que hacer múltiples sacrificios a nuestro estilo de vida desde ya (impacto económico y medioambiental de este sistema que hemos creado), quizás entremos en colapso y todo se vaya a la mierda.

Sin embargo, si aceptamos que el capitalismo, con sus problemas, es el mejor sistema que hemos encontrado para vivir en colectivo.

Si aceptamos que los sistemas democráticos son más justos que aquellos basados en sistemas dictatoriales (aunque lamentablemente no siempre lo sean, cultura de la respuesta fácil mediante, y generen una complejidad administrativa terriblemente nociva), la sociedad funciona. La plebe se sigue levantando cada mañana, va a trabajar, y vuelve cansada pero con ganas, quizás, de verter un poco de bilis por redes sociales. ¡Ya ves tú el problema!

Es esa misma cultura de la respuesta fácil la que acaba por sembrar las bases para que plataformas como las redes sociales tejan su negocio alrededor de ella.

La gente no suele leer todos los artículos antes de compartirlos o de comentar, como bien señala Enrique. De hecho, es que la mayoría ni tan siquiera leerá el artículo en sí si lo ha visto por una red social, aceptando que el título es el resumen de lo que hay dentro, sea verdad o mentira.

Tuve hace unas semanas un encontronazo con un compañero de profesión que compartió (sin mencionarme) un artículo mío «demostrando» el odio que teníamos algunos a un colectivo en particular… sin haber leído el artículo y por tanto sin darse cuenta que iba precisamente de lo contrario.

Eso sin hablar de los recomendadores. Sin ir más lejos, estos días publicaban por Time (EN) un reportaje sobre el negocio que hay alrededor de las reseñas en Goodreads, con hasta amenazas a autores de «hundir su libro» si no pagan tanto a un número de cuenta.

En CyberBrainers explicábamos hace un par de semanas lo que suponía para un negocio tener menos de 4 estrellas en plataformas como Google Maps o Tripadvisor. Sencilla y llanamente, no existían para el consumidor final, ya que aunque creo que ya todo el mundo es consciente de que estas reseñas están manipuladas (tanto porque cuando reseñamos, es porque o bien nos ha encantado, o bien hemos tenido una muy mala experiencia, haciendo que los grises pierdan su valor, como porque hay negocio en esto de vender reseñas positivas o negativas para inflar o hundir a locales propios o de la competencia), las seguimos utilizando como elemento de autoridad (otra simplificación más) a la hora de tomar una decisión.

Y sí, esto, de nuevo, genera dinámicas nocivas que impactan en el sistema democrático que tenemos en nuestros países.

  • Si los generadores de contenido viven de ello, y son conscientes de que mayor viralidad supone mayores ingresos… porque los anunciantes se basan en variables tan absurdas como el número de visitas, y no la calidad de ellas (otra respuesta simplista a un problema tan complejo como es valorar la calidad de algo), pondremos esfuerzos en crear titulares gancho, y menos en el contenido en sí.
  • Y si el usuario está en las plataformas y no en la web, y las plataformas viven de la publicidad, pues aceptaremos que cada vez veamos más contenido de menor calidad (el objetivo, te recuerdo, no es informar, sino entretener) pero que tiene más feeling con la audiencia. Sea contenido que aporte o no valor.

Los problemas de la democracia y la cultura de la respuesta fácil

Fíjate que incluso la democratización que llevamos años experimentando con el auge de Internet conlleva asumir que mucha más mierda que antes se perdía y no llegaba a ser publicada, ahora puede rivalizar con cualquier medio de información profesional.

  • Que el que cualquiera de nosotros, como hizo un servidor, pueda ahora autopublicar un libro y tener relativo éxito, significa también que estamos sembrando de más basura (y alguna que otra semilla de luz extra) al papel escrito.
  • El que, de pronto cualquiera, como un servidor, pueda tener una página en la que verter mi mierda, y que esta le llegue a varias decenas de miles de personas, significa asumir que habrá millones de ciudadanos impactados por contenido que no tiene que pasar un control mínimo de calidad editorial (sea o no este un sistema válido, por cierto), y cuyos intereses pueden ser informar (los menos) o sacar rédito político-económico de su consumo.

Recalco que esto solo es la punta del iceberg de un problema de muy difícil solución. Que, lamentablemente, no hay respuestas fáciles a problemas reales… pese a que el grueso de la sociedad, un servidor incluido, nos sintamos más cómodos conviviendo con ellas.

Los movimientos de las tecnológicas por obligarnos a hacer click antes de compartir, limitar el acceso a contenido redifundido en servicios de mensajería privada, o pretender censurar contenido previamente etiquetado como dañino de los sistemas, no son más que apaños para un problema puramente social, y hasta cierto punto antropológico.

¿El mejor ejemplo? La semana pasada el Partido Único de China presentó su proyecto (EN) para «restringir el poder de las grandes tecnológicas», que sobre el papel suena como un canto de sirena:

  • Los operadores de internet no podrán utilizar tecnologías para captar o utilizar ilegalmente datos de otros operadores comerciales, o interferir en el tráfico de sus usuarios.
  • Los operadores no podrán influenciar de ninguna forma las elecciones tomadas por los usuarios, en clara alusión a las tergiversaciones antes comentadas que afectan a las grandes plataformas intermediadoras (Aliexpress, Google, Baidu, Amazon, Google Maps, Tripadvisor, Cabify…).
  • Tampoco podrán crear o difundir información engañosa para dañar la reputación de sus competidores y tendrán que poner fin a prácticas de marketing nocivo como son las reseñas o los cupones falsos.

Todo esto está genial, pero es que viene precisamente de un país que, sistemáticamente, ha explotado los datos de los ciudadanos con fines de vigilancia y control, y que no duda un ápice en destruir de la noche a la mañana industrias ha priori tan democráticas como lo es la de las monedas virtuales basadas en blockchain, para asegurarse que su propia moneda virtual, de control único del gobierno, no tiene competencia alguna, o poner en la junta directiva de una de sus grandes compañías tecnológicas (ByteDance, la empresa detrás de TikTok) a un miembro del partido (EN), para asegurarse que «se hace un uso justo de los datos».

Vamos, que esto de «interferir en los datos y las elecciones tomadas por los usuarios» solo debe ser papel del gobierno, ya sabes…

Quizás el futuro de una sociedad libre y democrática sea asumir de una vez por todas que nuestra capacidad de comprensión es limitada. Que ayudar a la sociedad a generar capacidad crítica no entra en conflicto con su propia supervivencia, por eso de que de forma innata, como demostraban recientemente en un estudio de Christopher Bosso (EN/PDF) a colación del impacto social de la información mediática en la hambruna de Etiopía a mediados de la década de 1980 (resumiendo: fue la opinión pública lo que impulsó a los medios a hablar y exagerar cada vez más sobre la situación, y no al revés como solemos pensar), no hay mejor manipulador que nosotros mismos.

Que por mucho que los medios o las redes sociales suelten discursos tergiversados, por mucho que el partido de turno aproveche su eco para lanzar monsergas populistas, y por mucho que estemos impactados por esa cultura de la respuesta fácil, lo cierto es que parte del problema viene de nuestra propia psique, y de cómo queremos (y sabemos) enfrentarnos al mundo que nos rodea.

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