El momento cumbre de la cripto-economía

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La semana pasada me pilló la subida del Bitcoin por encima de los 10.000 dólares de valoración en unas jornadas del IGF Spain en la sede del Ministerio de Industria y Agenda Digital, donde precisamente estuvimos hablando del reto (y el hype) que hay alrededor del blockchain.

Como cabría esperar, que una moneda valga 9x o 10x no tiene mayor impacto que el propio que le damos por romper esa barrera imaginaria de los 4 dígitos, que ha hecho que en los últimos días la cosa se disparase hasta los más de 11.800 dólares que vale en este momento.

Desde entonces, varias entrevistas con periodistas y, sobre todo, muchas preguntas de conocidos que esperan que les de razones para “invertir” en cripto-divisas. Pero como ya he explicado no hace mucho, ni soy economista, ni pretendo serlo. Es más, lo único que tengo claro es que más que invertir, a lo sumo lo que estamos haciendo es especular. Y como toda especulación, en algún momento la juerga se va a acabar.

El papel de las regulaciones

No hay más que andar un poco al loro para darse cuenta que además de renovar el hype por las cripto-monedas, esos cinco dígitos han forzado a la mayoría de economías a empezar a planear, cuando no directamente mover ficha, con el fin de regular todo el asunto.

Empezando por China, que ya hace un par de meses decidía prohibir las ICOs (EN) al considerarlas un mero engañabobos para lucrarse a costa del sin sentido del resto de “inversores”, y secundada días después por el Kremlin (EN).

Como ya sabrá, una ICO no es más que la creación de una cripto-moneda con un fin en particular, que puede ir desde el ya habitual de financiar un proyecto, hasta cualquiera que se le ocurra, por absurdo que parezca (EN).

¿Cuál es el problema entonces? Que al día salen cientos de nuevas monedas, e igual que pasara en su día con el cachondeo padre del crowdfunding, al no haber regulación alguna, es una manera la mar de inteligente para blanquear dinero y/o evadir impuestos. Creamos una ICO, la sacamos al público, y casualmente varios participantes se hacen con la amplia mayoría de monedas, financiando el contrato que haya detrás de la ICO sin que lo mismo la gente “normal” haya participado. Como todo se hace en base a la premisa de que este kilo de bytes valen lo que el mercado (lo mismo controlado por unos pocos amiguetes) dice que vale, y esto queda fuera de las garras de la Hacienda de turno, de pronto puede resultar interesante meter $$$ en monedas virtuales, por volátiles que sean, y que así el fisco del país no nos pueda meter mano a la cartera.

El Internal Revenue Service norteamericano decidía apenas hace unos días exigir a Coinbase (el mayor mercado de criptomonedas) el listado de los clientes norteamericanos que habían realizado transacciones mayores a 20.000 dólares (EN), justo cuando la bolsa tomaba la determinación de ofrecer contratos de futuros (EN/es decir, poder comprar valores bursátiles a un precio que se estima dentro de X tiempo, intentando por un lado sacar tajada a positivo, y por el otro a negativo).

Reino Unido (EN) y la Unión Europea (EN/PDF) ya han alertado que en 2018 se planea regular el BitCoin y el resto de mondas virtuales para “ajustarlas a la lucha contra el lavado de dinero y las actividades terroristas”.

Y eso significa que presumiblemente en cuestión de meses lo que hasta ahora era un páramo sin ley va a acabar por entrar dentro de los cánones de cualquier economía moderna. Esto es, las transacciones asociadas a identidades físicas traceables por los fiscos de cada país.

Traceabilidad y descentralización

Lo interesante de todo este asunto es que frente a la postura de algunos críticos, que ven en este movimiento el fin del anonimato (y por ende, del interés) en las criptomonedas, lo cierto es que este tipo de movimientos son los que necesita la economía virtual para poder tomarla en serio.

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, daba a conocer este fin de semana la creación deEl Petro (ES), una criptomoneda estatal cuya principal razón de ser es intentar bypasear la terrible tasa de inflación que sufre la moneda del país (un dólar equivale más o menos a 103.000 bolívares, que se dice pronto).

Por detrás, como siempre, una serie de decisiones que podríamos considerar más o menos desafortunadas, unido todo a ese bloqueo financiero que sufre desde hace años el país.

Y hablamos, en efecto, de una moneda oficial, respaldada ya no solo por el valor intangible de la tecnología que la secunda, y por el valor hasta cierto punto tangible de la electricidad y hardware necesario para operar con ella, sino también por el valor del oro, petróleo, gas y diamante con el que cuenta Venezuela.

El Petro pasaría así a ser una manera elegante de evitar las tasas de cambio del bolívar de manera legal. Al menos, como mencionábamos hace un momento, mientras la regulación alrededor de las criptomonedas esté aún en pañales.

Y lo más interesante de todo. Hablamos nuevamente de cómo una economía en decadencia apuesta por ser garante de la revolución tecnológica ahí donde el resto de habituales (China, EEUU, Europa) aún no han movido ficha. Senegal lo intentó el año pasado junto al eCFA (EN), y no he vuelto a oír nada al respecto. La necesidad agudiza el ingenio, ya sabe :).

En definitiva, que se vienen tiempos curiosos para eso de pagar con unos y ceros. Lo que de facto seguramente haga que la cosa se acabe estancando un poco, pero que a la vez, tenga el suficiente peso como para que podamos considerar el mundo de las criptodivisas un mercado donde almacenar nuestro capital.

Mientras tanto, si me lo pregunta, le contestaré lo mismo que respondo a todos los que me lo han preguntado con anterioridad. Un servidor tiene varios cientos de euros metidos en bitcoin. Y es dinero que de base ya he considerado que he perdido.

¿Qué el día de mañana se cotiza lo suficiente? Pues mire, un dinerillo extra. ¿Que lo pierdo todo? No pasa absolutamente nada. Ya partía de la premisa de que era dinero perdido.