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Aprovechando que en unos días Èlia cumple años, le he regalado un iPad (ES).
La pobre lleva años usando de tablet una Samsung a la que ya, por versión de Android y capacidad de almacenamiento, no se le puede tener más que las típicas tres o cuatro apps de streaming de contenido. Una tablet que funcionaba a pedales, y que ya llevaba tiempo pidiendo cambio.
Así pues, el regalo de este año era fácil: un iPad.
Ya, si ella quería luego comprarse el Apple Pencil (que lo ha hecho, por cierto), allá ella. El tema era elegir cuál, y tras revisar un breve momento cómo estaba el percal, me tiré hacia lo que en primera instancia había supuesto: El iPad de 9ª generación.
El último iPad, si me permites decirlo, que tiene un precio sensato con lo que ofrece. El que ya en su día dije que era sin lugar a dudas el mejor producto calidad/precio que tenía la compañía de la manzanita.
Y sí, eso supone sacrificar el nuevo diseño que llegó con el iPad de 10ª generación (ya ves tú…). Y sí, contar con un procesador de hace un par de años, en vez del del año pasado (para lo que duran en líneas generales las tablets, como que casi da igual, ya que probablemente antes de que nos veamos forzados a cambiarla por procesamiento, habrá que hacerlo por incompatibilidades de las principales apps con la versión del sistema operativo).
Cosas que, sinceramente, creo que no valen los 200€ extra que pide de pronto Apple por el que era su gran producto calidad/precio.
Pero también supone aceptar que metemos en casa otro dispositivo con cable lightning. Algo que a Èlia le dará exactamente igual, pero que a mi, en esa empresa que tengo por erradicar todo lo que no sea USB tipo C de mi vida, pues un poco me jode.
Sea como fuere, estaba pensando en esto cuando llegué a dos piezas recientes:
PACKAGING MINIMALISTA
La primera, un hilo de Steven Sinofsky (ES), un ingeniero y directivo que ha trabajado, entre otros derroteros, en Microsoft Office y en algunas versiones de Windows, en el que hablaba de cómo Apple es jodidamente buena en eso de reducir costes con el packaging.
Para que nos entendamos, la cajita donde vienen los productos cuesta dinero. De fabricarla, por supuesto, pero también de distribuirla con el producto dentro al resto de revendedores, o ya puestos, al cliente final.
Además, y como ya expliqué en aquel unboxing que hice de la Xbox Series X (que maravilla de packaging tenía, por cierto), es el primer acercamiento del usuario con el dispositivo. Y ya sabes que la primera imagen lo es todo.
Pues bien, habitualmente los fabricantes de dispositivos electrónicos se dedican a eso, a diseñar y/o fabricar dispositivos electrónicos. No a hacer packaging. Por ello, se tiende a recurrir a empresas especializadas que cuentan ya con unos diseños predefinidos, adaptándolos obviamente a las necesidades del dispositivo en cuestión, y encargándose de esa cadena de producción final.
Pues en Apple, por eso de que les sobra el dinero es la empresa más valiosa del mundo, han dedicado no pocos recursos a optimizar y crear de cero su cajas.
¿El resultado? Pues el que a todos nos llega cuando tenemos un dispositivo de la manzanita en las manos.
Ya no solo apuestan por materiales reciclados (por eso de sacar pecho de green, y de paso, ahorrarse también unos dólares gracias a su ingente capacidad en escala), sino que el diseñar a medida cada caja para cada dispositivo, obtienen unas dimensiones de caja mínimas, y un acabado premium sin depender de plásticos, solo con ese cartón duro que, para colmo, es más resistente.
Es decir, que con la tontería:
- No dependen de los plásticos: No depender del plástico facilita tanto el reciclado, como la simplificación de toda la cadena de producción del packaging. Es decir, menores costes de producción.
- El producto viene más protegido: Ergo, menos devoluciones. Ergo, menores gastos en postventa.
- La sensación al abrirlo es de producto premium: Para que nos entendamos, está hasta medido el sonido y el tiempo que tiene que tardar en separarse la tapa del paquete si lo dejas “escurrirse” hacia abajo.
- El paquete ocupa menos: Y esto, además de ir muy en sintonía con el minimalismo típico de la marca, tiene nuevamente un claro impacto en los números. Si donde antes enviabas 1000 iPhones, ahora envías 1500, estás ahorrándote el alquiler de tropocientos containers, y el último kilómetro que hacen las compañías de logística para llevarle el producto al cliente te saldrá por menos.
Eso sí, hay que contar con la inversión en I+D que supone llegar a ese diseño en particular.
Una I+D que, como expliqué en su día, es la principal causante de que en plena transición de cable lightning a cable USB tipo C, los iPhones ya vengan sin cargador incluido.
- No por proteger el medioambiente (que los que vengan del ecosistema Apple van a tener que comprar a parte, en otro paquete más, el cargador con USB tipo C).
- No por cumplir la regulación nacional (de hecho en Francia los han obligado a dar gratis el cargador).
- Solamente porque supone ahorrarse millones, y de paso, vender unos cuantos millones más en accesorios.
Lo que me lleva a hablar del otro tema.
NO TODOS LOS CABLES SON LO MISMO
Lo comentaba hace unos días Javier Lacort (ES), que por eso de llevar años cerrado en el ecosistema Apple, se ha dado cuenta ahora de lo que supone tener por casa muchos cargadores y cables “compatibles entre sí”.
El USB Tipo C es un acierto, se mire por donde se mire. Tanto que en Europa, como bien sabes, lo hemos obligado a ofrecer para cualquier cosa que deba conectarse por cable.
Esto como ya hemos comentando en no pocas ocasiones, afectaba sobre todo a Apple, que con su cable Lightning se aseguraba de sacar beneficio incluso por el simple hecho de tener que comprar otro cable porque el que te vino de serie ya está jodido.
La juerga de estos años forzando un protocolo de conexión propietario ya se ha terminado (en parte, como ya expliqué también por aquí), y ahora entramos en otra fase en la que, recalco que gracias a la Comisión Europea, Apple estará obligada a ofrecer todos sus dispositivos con conexión USB tipo C.
El sueño que tenemos algunos de depender de un solo cable para cargar nuestros dispositivos, está cada vez más cerca.
Un servidor aún no lo puede decir muy alto (mi iPad sigue usando lightning y no tengo pensado cambiarlo dentro de poco, y por casa me queda algún que otro dispositivo, como los cascos que uso para videollamadas, que dependen de un USB convencional), pero falta poco.
El caso es que con el cambio, surgen algunos temas a considerar, y es que, en efecto, como bien decía Lacort en su artículo, no todos los cables son lo mismo.
Pese a que tengan USB tipo C, existen versiones de USB Tipo C distintas. Y luego está la calidad de los acabados. Por haber, haylos que incluso solo permiten carga y no datos.
Eso sí, desde fuera todos los cables parecen exactamente iguales, y ahí es cierto que algunos echamos en falta un estándar de diseño en la industria.
Una suerte de etiquetado, quizás por colores, que nos permita identificar de un simple vistazo si con este USB tipo C que tengo en la mano puedo cargar mi móvil… y también el ordenador (disclaimer: los ordenadores suelen pedir mayor voltaje), o solo el primero. Si me va a permitir pasar datos o no, y ya puestos, si los datos se escribirán más o menos rápido (no es lo mismo la velocidad del USB tipo C 2.0, o del 3.2).
Luego está el tema de que cada fabricante decide hasta qué versión acepta. Algunos, como uno que tiene una manzana mordida de logo, hasta tienen la jeta de meter en su móvil de gama alta (pero el de menor coste del catálogo) una versión de hace años que además irá aún más capada si el sistema identifica que no estás usando el cable oficial. Ese que cuesta como el triple que un cable de iguales prestaciones y versión, solo que de una marca blanca.
Pues en esas estamos, amig@s.
Algunos preocupados por depender de un solo estándar… Mientras obviamos que ahora, con la cosa de que desde fuera todo parece ser igual, vamos a tener un problemón el día de mañana para discriminar calidades y prestaciones.
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