otium vs accidia

Hace ya unas semanas dedicaba un artículo a un diseño de sistema operativo que me había gustado por el hecho de que separaba su funcionalidad en diferentes «escritorios», según el uso que le fuéramos a dar en ese momento (trabajo, tiempo libre…).

De esta forma, teníamos o bien un ordenador convencional, con su escritorio, su barra de herramientas y demás, como también un entorno de juego, de videollamada o de consumo de contenido audiovisual.

Cada uno de ellos bien separados. Aunque desde el escritorio convencional podías acceder a todos esos servicios, como bien decía en la pieza, el movimiento me parecía brillante por el siguiente motivo:

[…] podría ayudar a algunos que ahora estáis teletrabajando a no sentir que estáis siempre en el mismo sitio, ya que psicológicamente hablando no es lo mismo ponerse a ver una película mientras ves en el lateral las herramientas y carpetas de trabajo, que el que toda la interfaz se modifique para que únicamente veas en pantalla lo que tienes que ver para ese uso en particular.

[…] Para que al menos en esos ratos libres no sientas que estás «perdiendo el tiempo», o que deberías estar modificando facturas, como fue mi caso el otro día :).

Este último punto es crítico, y quería dedicarle las reflexiones de hoy precisamente a esto.

No sé si seré el único, pero me cuesta muchísimo desconectar.

Muchísimo.

También es cierto que el que tú seas tu propio jefe no ayuda, más cuando de ti también dependen otros.

Hace muchísimo que no trabajo por cuenta ajena y por tanto nunca he interiorizado eso de trabajar de tal hora a tal hora. Además, ya desde el principio aposté por teletrabajar, así que como quien dice el trabajo lo tengo siempre «en la habitación de al lado», y no es raro que en el día a día me administre para salir un rato a correr, volver y trabajar otro rato, bajar al salón para echar unas partidas, volver a subir al despacho para responder emails… Es decir, para picotear continuamente.

Esto, unido al hecho de que desde hace un año como que salir no podemos salir mucho, hace que realmente haya pasado mucho tiempo que no desconecto por completo ni tan solo por un día.

Aunque a lo mejor trabaje menos de sábado o domingo, sigo trabajando (unas horas por la mañana aunque sea), por eso hace poco decidí tomarme un domingo por completo fuera del ordenador.

Un domingo para «perderlo» jugando al Dragon Quest XI: Ecos del Pasado (por cierto, juegaso).

¿El corolario? Me costó muchísimo.

  • Pese a que estaba super entretenido jugando.
  • Pese a que realmente podía permitirme ese día de desconexión (ese día y otros, sinceramente).
  • Simple y llanamente porque había una voz en mi cabeza que me decía que «estaba perdiendo el tiempo».

Que debía estar trabajando. Revisando emails, o adelantando algún proyecto que tenemos en producción en la consultora.

Para bien o para mal trabajo nunca nos falta. Y esa cultura de que si no estás trabajando, es que estás perdiendo el tiempo, es una lacra que debe convivir con lo molón que parece también tener la capacidad de no hacer nada.

La historia del tiempo libre

Hace ya años dediqué una pieza al paradigma del ocio, y ya de paso, a su lado perverso.

Desde hace unas décadas el tiempo libre se ocupa con ocio, que, casualmente, cuesta dinero. Lo que en la práctica hace seguir girando la rueda económica (trabajamos para conseguir dinero y con él poder aprovechar los pocos ratos libres que el trabajo nos deja para gastarlo en ocio).

Estos días por Magnet (ES) publicaban una pieza sobre la moda de «no hacer nada» a lo largo del tiempo, con algunas prendas como las siguientes:

[…] los debates sobre ello (el no hacer nada) se remontan miles de años en el tiempo, a filósofos y teólogos que distinguían entre la ociosidad cívicamente consciente, u «otium«, y la pereza, o «accidia«. Aunque ociosidad y vagancia han sido tanto elogiados como vilipendiados, una tensión central recorre la historia central de la holgazanería desde el Imperio Romano hasta nuestros días. ¿Qué obligaciones tienen los humanos para con la sociedad? Y sólo porque puedas no hacer nada, ¿deberías?

Muchos antiguos romanos menospreciaban el otium al considerarlo una desconexión política que amenazaba a la estabilidad de la República (su opuesto, «negotium», es la raíz de la palabra «negociación»).

Otros, sin embargo, deseaban recuperar el ocio y la holgazanería como fines políticos positivos. […] Los ciudadanos que aprendieran sobre estas materias podrían contribuir a la paz y a la estabilidad de la República. Ambos se cuidaron de distinguir entre el otium de los estudios y la vagancia de las indulgencias hedonistas, como el alcohol o el sexo.

La sociedad cristiana medieval dividió de forma más estricta los dos tipos de ociosidad. Las comunidades monásticas se encargaban del «Opus Dei», del trabajo del Señor, entre las que se incluían actividades que los romanos hubieran definido como otium, entre ellas la lectura contemplativa. Pero el sistema medieval de vicios y virtudes también condenaba la vagancia.

[…]

Esta división entre el beneficioso otium y la reprensible accidia inspiró nuevas críticas en la era industrial. El economista y sociólogo decimonónico Thostein Veblen señaló con agudeza que el ocio era un símbolo de estatus que distinguía a quienes tenían de quienes no. […] Al mismo tiempo, otros interpretaban hasta las más holgazanas formas de ociosidad como un acto de resistencia a los principales males de la modernidad. Robert Louis Stevenson hallaba en la ociosidad un antídoto al esfuerzo capitalista que familiarizaba al ocioso con lo que él llamaba «los cálidos y palpitantes hechos de la existencia», un tipo de experiencia inmediata de la humanidad y del entorno natural que de otro modo quedaba anulada por la participación en la maquinaria capitalista.

Si la opinión de Stevenson sobre la ociosidad tenía cierto diletantismo irónico, Bertrand Russell hablaba muy en serio. Veía en el tiempo libre y el debate la solución a los graves conflictos ideológicos de los años treinta, entre el fascismo y comunismo. Desde su punto de vista, lo que él orgullosamente definía como «vagancia» promovía un hábito intelectual virtuoso que incentivaba el discurso deliberativo y protegía frente a los extremismos. Sin embargo, conforme el siglo XX avanzó la productividad se convirtió de nuevo en un marcador de estatus. Las largas horas de trabajar y un calendario a rebosar dotaban de prestigio.

Y en esas precisamente estamos. Con una serie de caracteres culturales adquiridos juzgados desde los valores capitalistas (EN), que nos impiden disfrutar del tiempo libre, como si tenerlo fuera un signo de debilidad (de estar colaborando menos a que la rueda siga girando) y a la vez empujándonos a suplir esa deficiencia con un ocio que, de pronto, es de pago.

Salir de esta espiral es realmente complicado, ya que está mal visto socialmente hablando.

Sin ir más lejos, al decirle a mi madre que me había pasado todo el día jugando, lo primero que me dijo fue: «¡Pues vaya pérdida de tiempo!»

Pese a que probablemente haya ganado más en ese día «perdido» que si hubiera seguido delante del ordenador tecleando.

Pese a que en mi trabajo, como el de la mayoría de vosotros, la creatividad tiene un papel fundamental. Una cualidad que por más que nos guste no depende de horas y metodologías, sino de precisamente de tener «tiempo libre» para reflexionar.

Gracias a esos ratos libres, de hecho, han nacido proyectos como esta misma página web, como las novelas de ciencia ficción y fantasía épica que he ido publicando últimamente.


Puedes leer más piezas distópicas bajo el tag Relatos.

También tienes a la venta la versión digital y física (tapa blanda) de mi serie «25+1 Relatos Distópicos», con un epílogo y un relato exclusivo.

Y tienes disponible la Colección de novelas de fantasía épica «Memorias de Árganon»:

Actualmente «Memorias de Árganon» está compuesto por tres libros y más de 800 páginas en las que se narra una aventura épica de fantasía y ciencia ficción. ¿Te atreves?


Espero que te sirvan estas palabras la próxima vez que estés en una tesitura semejante.

El trabajo es importante, pero más importante es el poder aportar a la sociedad. Y con tiempos libres obtenemos las herramientas para, paradójicamente, ser más productivos en el trabajo y aportar más a la sociedad.

Que trabajar más horas, de hecho, y al menos en los trabajos del sector de la información, no suele estar relacionado directamente con sacar adelante más trabajo.

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