El derecho al olvido en la vida real [relato distópico]

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Ernesto sujetaba con nerviosismo la pistola, pasándola de mano en mano como si la estuviera sopesando. A su lado, una botella a medio acabar de Jack Daniel’s y un vaso más vacío que lleno peligrosamente cerca de la esquina de la mesita de noche.

Pese al alcohol que recorría su cuerpo, sentía cómo la garganta, seca y agrietada de sufrir, suplicaba algo más para hidratarse. Los ojos, rojos, saltones y doloridos, pedían a gritos un merecido descanso. Justo el mismo que su cabeza, continuamente recordando el fatídico día, le negaba.

En tan solo una semana había jodido por completo su carrera, y con ella, la relación con su mujer y su hijo. Tan solo por un simple error, un pequeño malentendido que había acabado en tragedia.

Tras el acontecimiento, Jorge, un cuarentón de mentón afilado y mirada penetrante, se había personado en el lugar del suceso, y haciendo gala de esa sorprendente frialdad de la que solo un jefe de campaña puede sentirse orgulloso, le había sujetado los hombros (porque abrazo, lo que se dice abrazo, no era) y acercándose al oído de un Ernesto totalmente fuera de si, le había susurrado:

– Tranquilo, todo esto no saldrá de esta habitación.

Dicho y hecho. Ni en las noticias de la mañana siguiente, ni tan siquiera en alguna actualización de estado automática en el timeline de Reminder, hubo mención alguna al suceso. El índice K del su perfil seguía ostentando ese envidiable 8,926K, e incluso había aumentado un 0,002K en las últimas horas debido a una serie de titulares en la prensa claramente patrocinados por el partido.

El mundo seguía girando, y Ernesto seguía siendo, a todas luces para el grueso de la sociedad, esa personalidad intachable, candidato a ser el próximo asesor de la presidencia.

Daba igual todo lo que hubiera ocurrido en aquella habitación. Daba exactamente igual lo que hubieran visto esas dos patrullas de policía, o esos dos (al menos) testigos presenciales. Que sus datos apareciesen en algún registro informático oficial asociado a tal atrocidad. Para la opinión pública, que al parecer era lo único que importaba, no había ocurrido. Y por ende, a efectos prácticos, no habría represalias de ningún tipo.

Quebraderos de cabeza

– Son errores puntuales que todos alguna vez en la vida hemos cometido. No le des más vueltas -las palabras salieron como escupidas por el jefe de campaña un par de días más tarde ante la negativa por su parte de dar el discurso que marcaba la agenda en un pueblo cercano-. ¿De verdad piensas que todos los que llegaron hasta donde tú estás no estuvieron metidos en jaleos gordos? Putas y coca, y de ahí para arriba, amigo.

– Pero…, ¿y esa vida?

– Víctimas colaterales -le interrumpió drásticamente Jorge-. Joder Ernesto, pareces nuevo. ¿Qué importa una vida si puedes ayudar a millones? A ver si ahora vamos a ponernos “tiquismiquis”.

“Tiquismiquis”… Al parecer le iba a tocar hacer borrón y cuenta nueva.

El único problema es que su cabeza no se lo estaba poniendo nada fácil. E incluso con la ayuda del equipo de comunicación, aka el grupo de psicólogos del partido, y con el apoyo incondicional del Prozac, el Lexapro y el ya citado Jack Daniel’s, la cosa no iba a mejor.

Nadie era consciente de lo sucedido… a excepción del propio Ernesto. Y eso lo estaba matando por dentro.

A cada momento le venía a la mente esa mirada de terror de aquella chica instantes antes del accidente. De cómo su vida se había apagado delante de él, con aquellos ojos fijos en los suyos.

– ¿Qué tipo de sociedad estamos creando? ¿Cómo es posible que alguien como yo no vaya a pagar por sus errores?

Estas fueron las palabras que, entre sollozos, consiguió sacar al día siguiente frente al jefe de policía. Se había personado allí por la mañana con el objetivo de reconocer la autoría de los hechos, pero para sorpresa del futuro asesor de la presidencia, “el pescao ya estaba vendido”.

– Señor Rodríguez, le repito que el caso de la señorita María Ramírez ya está cerrado. Un vagabundo ha reconocido su implicación, tal y como los agentes dejaron por escrito en el lugar del accidente… Mire -le dijo mientras le sujetaba sutilmente del brazo-, entiendo que con todo lo de la campaña debe estar usted sujeto a un estado de ansiedad considerable. Váyase a casa con su mujer y su hijo y disfrute de la tarde. Mañana será otro día, ¿me entiende?

No, no lo podía entender. 0,27K puntos menos tras salir de la comisaria, habida cuenta de la viralización de un vídeo grabado en Reminder por una de las personas de la sala de espera. Una bajada de 0,894K para cuando llegó a casa.

– ¿Qué es eso que he visto en el Timeline, Ernesto? -le espetó su mujer nada más entrar-. ¿Es que quieres jodernos la vida? ¿Te has vuelto loco?

– Pero…

– Mira, soluciona lo que tengas que solucionar, pero yo no quiero que esta locura que te ha entrado de pronto me afecte a mi o a mi hijo. ¡0,894K, Ernesto! ¿Es esto lo que quieres para tu familia? Me voy unos días con Naty y sus hijos. Ya lo he publicado. Y a la vuelta espero que todo haya vuelto a la normalidad, ¿me entiendes?

No. Seguía sin entenderlo. ¿De verdad es más importante lo que otros piensen de ti que lo que tú sabes que has hecho?

Dos días más tarde, una llamada de Jorge interrumpió momentáneamente esa espiral de dolor, antidepresivos y alcohol en la que se había transformado su vida:

– Oye, mira… El equipo ha decidido nombrar a David, de comunicación, como candidato a la asesoría presidencial. Tómate unos días para recuperarte… de lo que tengas que recuperarte, y después hablamos, ¿vale?

Y lo peor es que era consciente que no habían tomado esa decisión por el suceso, sino por los 2,154K perdidos desde el comienzo de todo este malentendido. Con notificaciones de urgente respuesta por parte de su casero, del banco, del entrenador personal, del club de golf y de su secretaria, que Ernesto ni siquiera se había molestado en revisar. Sin K no eres nadie, indistintamente de tus actos. A eso habíamos llegado.

Instantes después, y aún sentado en el borde de la cama, con la botella de Jack Daniel’s y el vaso en la mesita, con el arma jugando entre mano y mano, seguía sin entenderlo.

El derecho al olvido había llegado demasiado lejos. ¿No tenía él derecho a pagar por sus errores? ¿Qué tipo de derecho era ese que le negaba a hacer las cosas como entendía que éticamente debían hacerse? ¿Qué sentido tenía entonces la sociedad, si los que no tienen suficientes recursos pagan por los errores de aquellos que pueden permitírselos?

Sintió la necesidad de gritar, pero en su defecto la garganta únicamente esbozó un sutil lamento. No había ya lágrimas que recorrieran su rostro. No tenía fuerzas para ello.

Solo para sujetar esa salida entre sus manos.

Solo para agarrarla firmemente frente a su rostro. Cerrar los ojos. Descansar.

 

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Inspirada en la obcecación europea por salvaguardar el derecho al olvido digital, una imposición artificial que lamentablemente está siendo utilizada de forma mayoritaria por aquellos que tienen algo que ocultar a la opinión pública, , así como dar un giro desde otra óptica al relato “El primer falso negativo“.

Si le ha servido para pasar el rato, o incluso para pensar de manera divergente en el asunto, que sepa que puede invitarme a lo que vale un café (o incluso a lo que vale un café con churros) de dos formas distintas :).

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