fracaso profesional

El otro día en una de las clases del máster de StoryEmotion (ES) que imparte mi pareja, Èlia, estaba escuchando (ventajas de trabajar en el despacho de al lado de la profe, G.G) cómo hablaban del éxito de algunos profesionales del marketing.

Que no se quíen facturaba una barbaridad, y que por tanto estaban a otro nivel.

La realidad, y no hablo precisamente de quien estaban hablando, sino de otros del sector, como ya comenté por aquí recientemente, es que una cosa es facturar, y otra ganar.

Para bien y para mal, tanto Èlia como un servidor no es que facturemos ni de lejos tantísimo como estos supuestos gurús patrios. Ya sabes de quienes hablo. Los típicos que hacen webinars gratuitos para venderte su high ticket exclusivo en el que te enseñarán cómo ser tan exitosos como ellos.

Sin embargo, y de nuevo lo sé porque conozco a algunos de este mundillo, no es oro todo lo que reluce, y nosotros, facturando bastante menos, creo que podemos estar orgullosos de decir que no ganamos nada mal.

La única diferencia, claro, es que nuestro negocio:

  • No escala a dígitos de escándalo: Vamos creciendo orgánicamente, como hacen los negocios «serios», con el boca a boca, y ofreciendo solo aquello que sabemos que podemos ofrecer a la calidad que nos marcamos. Que no abarcamos más, vaya, que lo que nos da la estructura, nuestro expertise, y el sentido común.
  • No invertimos burradas en Ads: Con la esperanza de que haya un ROI positivo. Algo que, de nuevo, veíamos recientemente cómo algunos que en 2020 vieron crecer de forma espectacular su negocio, acabaron cagándola en 2021, y este año son negocios muertos.

Pero oye, los que llaman la atención del público generalista son aquellos de «las 7 cifras».

Que lo mismo viven de alquiler o en casa de sus padres, oye, pero eso sí, facturan una burrada…, viven continuamente con el agua a cuello en base a préstamos, y tienen tantos o más gastos que lo que les entra por esa publi online.

Yo no podría, sinceramente. Fíjate que al menos para mi, el emprendimiento es el camino más seguro y estable que conozco… siendo consecuente con tu status quo, y con las aspiraciones que tienes.

En el momento en el que escribo este artículo, el cliente más grande que tengo apenas representa menos del 23% de la facturación global. Lo que significa que tienen que caérseme varios juntos para que en efecto las piezas del puzle empiecen a tambalearse.

Sin embargo, llegar a la situación en la que estoy no ha sido fácil. O, mejor dicho, lo ha sido siendo un servidor consciente, de nuevo, de dónde venía, y que esto, más que un sprint, era una maratón.

En estos últimos 10 años he fracasado en no pocas ocasiones

Y no me importa decirlo públicamente.

Es más, estoy orgulloso de ello, ya que creo que cada cagada, cada fracaso, me ha servido para llegar a donde estoy ahora mismo.

Más sin cabe gracias a los fracasos que a los aciertos, que también los he tenido, aunque en menos cuantía.

Y para ejemplificarlo, te voy a hablar de tres casos:

  • Mi primera startup: ¿te acuerdas de SecTrip? ¿Esa app de secuestro exprés que estuve desarrollando durante todo un año? Pues acabó en saco roto. Y para colmo, tuve hasta la oportunidad de vendérsela a una empresa de Chile, pero gestioné tan mal las negociaciones que no solo no me la compraron, sino que desarrollaron ellos una clónica y la acabaron sacando al mercado. Lamentable, pero tan cierto como suena.
  • Mi segunda startup: Pero oye, no me cansé y volví a emprender, esta vez acompañado de unos cuantos amigos con SociWare. Y tuvimos éxito. Tanto que hasta un ayuntamiento de una ciudad española nos quiso contratar para implementar nuestro sistema en las marquesinas de buses municipales. Y ahí vino el fracaso, porque cuando quiso entrar dinero en caja, y de nuevo, debido al típico error de montar un negocio con amigos… sin dejar cerrado bien el pacto de socios, todo se fue a la mierda.
  • Apostar por el caballo perdedor: Viendo el percal, decidí irme a una empresa «seria», y entré a trabajar en Telefónica I+D. Esto nunca lo he contado, pero me dieron a elegir entre dos proyectos. Uno de IoT, y otro de mobile. Y elegí el segundo. ¿Sabes a cuál me refiero, verdad? A Firefox OS, el que iba a ser el Android de los mercados emergentes… Un añito estuve allí dándole caña junto con los chicos de Mozilla hasta que Google sacó una versión de Android más limitada… para mercados emergentes, transformándose, de facto, en el Android de los mercados emergentes (fíjate tú :D). Y a partir de ahí, todo se fue a la mierda. Recorte de personal y bla bla bla. Es cierto que tuve la opción de seguir por Telefónica pero pasar a la parte de seguridad, y al final decidí irme al BBVA, lo cual en este caso sí creo que fue un acierto. La cuestión es que aquel otro proyecto de IoT acabó siendo Aura, el sistema de domótica/asistencia virtual de Telefónica, que sigue hoy en día más que vivo.

¿Cómo hubiera sido mi carrera profesional si en algunos de estos puntos de inflexión hubiera tomado mejores decisiones?

Pues ni idea.

Quiero pensar que mucho peor que la situación que tengo ahora, donde puedo decir que tengo un trabajo que me encanta, y que trabajo desde donde sea.

Todo gracias, de nuevo, a haberme equivocado. A haber fracasado.

Así que que sirva mi propio ejemplo para ver si de una maldita vez empezamos a entender el fracaso, sobre todo en el mundo profesional, como un paso necesario para el aprendizaje, y por tanto, para el crecimiento como profesionales.

Que ningún profesional de verdad ha llegado donde está sin haberse confundido. Sin haber tomado malas decisiones.

Aunque lo bonito sea decir lo contrario, como hacen los empresarios, deportistas y artistas de este país cuando les preguntan:

Que yo siempre tuve claro desde el principio qué quería ser, y gracias a la perseverancia y el trabajo, he llegado hasta donde estoy hoy en día.

¡Una puta mierda!

La constancia es importantísima, por supuesto. Al igual que el trabajo. Pero todos han fracasado en más de una ocasión. Y gracias a ello, en efecto, son ahora lo que a muchos les gustaría ser.

Luego nos preguntamos por qué en esta sociedad parece que da hasta vergüenza reconocer que te va bien.

De ahí que los que de verdad son empresarios exitosos, vivan en el completo anonimato, sabedores que gracias a ello van a tener una vida muchísimo más placentera que aquellos otros que dicen ser lo que no son, y adquieren fama por ello.

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