Despilfarro tecnológico e informativo como sinónimo de ineficiencia

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A mis retinas llegaba hace unas horas el artículo de ECO (ES) sobre cómo Rubí, un pequeño pueblo, había conseguido ahorrar hasta el 24% de gasto energético en sus colegios aplicando, entre otras medidas, el sentido común y una buena educación basada en el valor social y medioambiental del consumo energético.

El artículo aborda algunos otros temas interesantes de pasada, como sería el de la gestión ciudadana y la economía colaborativa. Dos tendencias que reconozco son más sencillas de aplicar en universos pequeños, como puede ser una Comunidad como esta o un pueblo como Rubí, pero que seguramente vayan cada vez cobrando mayor importancia a la hora de afrontar los retos de una sociedad globalizada.

Pero sobre todo, me han resultado verdaderamente reveladoras las declaraciones de su alcaldesa, que exponía con tal claridad un hecho irrefutable:

Antes el despilfarro energético era sinónimo de riqueza. Ahora lo es de ineficiencia. El incremento del gasto energético ha llevado a la quiebra a muchas empresas y a la pobreza energética a demasiadas familias. Está claro que el modelo actual no funciona y que toca cambiarlo.

Comparar esto con los acontecimientos que vinieron después de la escisión del Imperio Galáctico en la obra de Isaac Asimov es un must friki que no puedo dejar pasar :).

Precisamente, una de las razones principales del fin del Imperio se debió a que éste había llegado a su cenit del despilfarro. Todo lo que el Imperio producía era tan grande, tan pesado y sobre todo, tan profundamente ineficiente, que acabó resultando inútil.

La pura fuerza bruta, que era lo que durante siglos había suministrado la presión energética suficiente como para mantener los engranajes (tecnológicos, administrativos, sociales) en movimiento, llega a su fin, y en buena parte de la obra lo que vemos es precisamente cómo ese gran Imperio se muere lenta e inexorablemente, dejando paso a una barbarie (un caos) donde acaba por surgir una nueva eficiencia.

Hay, de hecho, un momento entrañable, cuando el protagonista, proveniente de uno de los planetas de la periferia, se encuentra con lo que queda del Imperio Galáctico. Y es curioso, porque algo aparentemente tan habitual en aquel entonces como era un campo de protección ha pasado para unos a ser una mera leyenda (son incapaces de suministrar la suficiente energía como para reactivarlo), y para otros, está contenido en un simple anillo que porta en su mano.

Ya en nuestra realidad, el comentario de la alcaldesa me hace pensar si quizás esa eficiencia energética de la que habla no está dirigiendo, de una u otra manera, la evolución de nuestra sociedad. Y hablo en este caso de eficiencia energética en su más amplia concepción, como veremos a continuación.

Despilfarro, y eficiencia, informativa

Vuelvo a sumergirme en los libros. Esta vez, en Fahrenheit 451.

La sociedad distópica de la que habla esta obra tiene mucho de esa esencia a la que podría dirigirnos buena parte de las tendencias actuales, llevadas, claro está, al extremo.

La idea pasaría por una sociedad que sucumbiera al placer del ocio (ya sabe, tiempo libre que cuesta dinero y mantiene la cabeza ocupada en minucias), transformando la información (en este caso ejemplificada en esa especie de televisor a cuatro paredes) en mero ruido.

Los libros (la verdadera información para el autor de la novela) acaban por ser considerados peligrosos, ya que obligan a hacerse cuestionar cosas, y eso llevaría a la sociedad a ser tan infeliz como lo es ahora.

Por debajo habría un debate secundario, y es que almacenar o consultar información cuesta energía, mientras que el ocio (consumo televisivo, por ejemplo) es profundamente más eficiente.

En Explanimator (EN) publicaban recientemente un vídeo que sintetiza de forma gráfica estos conceptos.

Ver en Youtube (EN)

Si la información cuesta energía, entonces, y según la segunda ley de la termodinámica (ES), podríamos considerar que tiene entropía negativa, es decir, que es justo lo contrario al caos, lo que lleva a pensar en la información como un elemento cuyo principal valor es el orden.

Para ello, lo ejemplifican en el vídeo con la paradoja del demonio de Maxwell (ES), con la diferencia que existe entre un grupo de elementos químicos aleatorios frente a otro grupo de elementos químicos que están formando un ADN (un compuesto informativo).

Simplemente brillante.

De ahí quizás que buscar la eficiencia nos resulte tan complicado, y a la vez, estemos forzados a buscarla.

Cosa que muchos hemos vivido recientemente al pasar de ese entorno de notificaciones en apps continuas a otro donde las notificaciones son cada vez más específicas, más dosificadas. Una tendencia que nace, precisamente, de esa dolencia llamada FOMO (fear of missing out), y del equilibrio buscado mediante una sistemática aplicación de dietas informativas digitales.

De la recuperación de tecnologías que habían quedado obsoletas gracias a dispositivos que reman a contracorriente de la obsolescencia programada que ha regido el mundo tecnológico este último siglo.

De la búsqueda de eficiencia que lleva cada vez a más países y compañías a apostar por energías renovables, por tecnologías más eficientes.

No todo lo que brilla es… eficiente

Claro está, siempre surgen movimientos en contra. Vestigios arcaicos como son los lobbies que intentan poner freno a la evolución.

Casos como el impuesto al Sol, la prohibición del uso de baterías Tesla en el hogar (ES), el canon a Google, la hostilidad del taxi o el transporte urbano a la llegada de nueva competencia, son algunos ejemplos.

Y entre medias, tecnologías y servicios que se presentan como una manera de ordenar el caos del mundo, y que a la hora de la verdad, arrojan más entropía que la que resuelven.

Hablo de las redes sociales como plataformas de descubrimiento y consumo de contenido, de esa suerte y desgracia de algoritmos recomendadores de información. De la hegemonía del cómo frente al por qué, tan instaurada en lo que viene siendo a grandes rasgos la educación de nueva generación. Del activismo del click fácil. Y así, un largo etcétera.

En definitiva, una evolución hacia la eficiencia energética en toda su vasta definición, que debe enfrentarse a numerosas revoluciones estériles, al inmovilismo de un Imperio a punto de perecer, al interés de una sociedad por el consumo inmediato e intrascendente de felicidad.

¿Voy muy desencaminado?

 

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