cutrecon

La semana pasada se celebró la novena edición de la Cutrecon, el festival internacional de cine cutre de Madrid (y por cierto, con una web (ES) en colores totalmente incompatibles entre si y sin tan siquiera SSL instalado, siendo fiel reflejo de esa cultura cutre que les caracteriza :D).

Es, de hecho, la segunda vez que asisto. El año pasado me coincidió de viaje y no pude, pero todavía recuerdo con ilusión aquella sesión del 2018 en la que descubrimos Apocalypsis Voodoo (ES), una producción canaria que recientemente ha dado el paso a Movistar+, y que si tienes oportunidad te insto encarecidamente a ver. Cine cutre (por los recursos con los que fue grabado, que no por las actuaciones y por la obra en sí) del bueno.

En fin, que este año acabé estando en dos sesiones.

Me hubiera gustado estar en alguna más, pero lo cierto es que justo el viernes la agenda giraba en torno a la icónica obra de Tommy Wiseau (The Room), y daba la casualidad que hacía apenas una semana hicimos por casa una sesión de The Room (ES) seguida por The Disaster Artist, esta segunda una superproducción americana con el siempre genial James Franco que narra la historia detrás del rodaje de The Room, la que es hoy en día considerada «La peor película de la historia».

Por si no sabes de qué hablo, te dejo por aquí el trailer, y que sepas que en Netflix puedes verla:

Ver el Trailer de The Disaster Artist (EN)

El caso, que esta vez estuve acompañado, para la sesión de noche, por Èlia, que es bastante más reacia que un servidor al género B, y que por ende se animó a ir más por mi insistencia que porque realmente quisiera.

Fuimos a ver la sesión de Super Mario Bros que se celebró en el Palacio de la Prensa. Una película que fue catastrófica ya de base (costó 50 millones producirla y facturó 20), y que aún hoy en día sigo sin entender cómo Nintendo, que es como bien sabes de las compañías más herméticas de la industria en cuanto a colaboraciones y cesión de licencias, permitió que se utilizara a sus emblemáticos fontaneros para crear una historia que no tenía absolutamente nada que ver con el videojuego.

Hora y media larga de sin sentido, en una obra a medio camino entre Blade Runner y Mortadelo y Filemón en la que de la IP original lo único que recuperan es el nombre de los personajes… y una trama absolutamente absurda.

Pero la película, 27 años después de su estreno, sigue dejándose disfrutar. Y aunque no fuese así, daría igual.

Porque quien va a la Cutrecon (y creéme que no éramos cuatro frikis, ya que absolutamente todas las sesiones se llenan y hay espacio para unas 500 personas) en la mayoría de ocasiones ya hemos disfrutado de estos títulos, y lo hacemos no por descubrirlos, sino por la experiencia de vivir un espectáculo interactivo.

Me explico.

cutrecon freak

El cine como una actividad grupal

Pasó lo mismo que en su día con los videojuegos.

Tanto el cine como el mundo de los recreativos eran actividades que se hacían para disfrute en grupo. Quedabas con tus amigos, comprabas unas palomitas y unos dulces, y juntos íbamos al cine a pasarlo bien.

En los inicios del cine la gente gritaba, bailaba y en definitiva, disfrutaba activamente de la obra.

Sin embargo, en algún momento de la historia a alguien se le ocurrió que en el cine había que estar en silencio. Que se iba a para disfrutar en grupo… pero cada uno de forma interna, manteniendo una única conversación unidireccional con lo que ocurría en la pantalla.

Y ojo, que no voy a ser yo quien tire la primera piedra. Soy de los que cuando va al cine, va a ver la película, no a hablar con los amigos. Y es más, me jode que el resto se ponga a chismorrear cerca de mi.

Ahora bien, la cosa cambia cuando trasladamos el núcleo de la experiencia de la obra en sí a lo que ocurre alrededor de la obra.

Y creo que esto es justo lo que al menos aquí en occidente hemos perdido.

De mi viaje a India, por ejemplo, me traigo el recuerdo de lo que es disfrutar de una sesión de Bollywood.

Allí la gente va al cine para divertirse, no para estar callados viendo qué ocurre en la película. La obra, por tanto, es una excusa para que la gente se levante y baile, o cante las numerosas canciones que curiosamente ya se conocen de antemano, o hablen a viva voz con los actores.

Experimentar el visionado de una película de Bollywood en un cine de India es una absoluta pasada. Ya no solo porque por supuesto no me enteraba de nada (ni de lo que decían los personajes, ni mucho menos de los gritos que pegaban los asistentes), sino porque es imposible no pasarlo bien rodeado de un centenar de adultos que durante un rato se vuelven niños, dando rienda suelta a su lado más infantil, y dejando de lado el lastroso cinturón de la vergüenza. Del qué dirán.

Y la Cutrecon recupera con acierto este tipo de actividades.

En sus sesiones vas a poder ver una película catalogada como cutre, pero realmente esto es una excusa para pasarlo bien y entrar en el juego de las leyes no escritas de la Cutrecon:

  • Todo el mundo lee en voz alta, y con un tono solemne, cada uno de los textos que aparezcan en pantalla (el nombre de los actores, las localizaciones…).
  • Si algún personaje se parece a algún famoso, alguien en algún momento lo dirá en voz alta, y a partir de entonces ese personaje es a efectos prácticos, y para el resto de la obra, ese famoso.
  • Si hay algún tipo de machismo (recordemos que la mayoría de estas obras son de los años 80/90, o tienen unos diálogos y personajes hiperbólicos), la gente saldrá con algún grito de monserna feminista en plan «¡NO ES NO!».
  • Pasa lo mismo con cualquier secuencia que tenga aunque sea ligeramente tintes sexuales. Este año la coña era gritar eso de «¡PIN PARENTAL!».
  • Y sin olvidarnos del clásico: A los malos hay que abuchearlos, y a la mínima en la que los héroes hagan o digan algo que así lo merece, hay que aplaudir y silbar como si te fuera la vida en ello.

Te puedes imaginar por tanto que con este panorama lo que menos acaba importando, casi, es la obra en sí.

Èlia era la primera vez que iba, y por ende me interesaba sobremanera saber qué le había aparecido.

¿La conclusión? Salió encantada.

No por la película, que por supuesto la había visto hace ya bastantes años y que claramente es pasable. Sino porque durante un buen rato no pudo parar de reírse con esa sonrisa cómplice de saber que estaba viviendo una experiencia grupal.

Que la gente que estaba allí venía realmente a pasarlo bien, no a ir de culturetas ni mucho menos a tomarse en serio (es decir, como adultos) una producción que claramente no lo está pidiendo.

500 niños de entre 20 y 50 años dando rienda suelta a su mejor parte. Esa que el resto de días nos toca dejar cerrada en un rinconcito oscuro de nuestra personalidad.

Si esto no debería ser considerado un éxito cinematográfico, que baje Dios y lo vea.

Por aquí te dejo el trailer de Super Mario Bros. Aunque eso sí, de poder volver a verla, te animo a que lo hagas aunque sea con unos cuantos amigos.

Y que os permitáis volver a ser niños por un rato:

Ver el Trailer de Super Mario Bros (ES/1993)

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