España huelga politicos

Lo que llevamos viendo en España durante las últimas semanas es la confirmación, una vez más, de que la política va en contra de TODOS nosotros.

No de “ellos”, los de enfrente, sino de todos.

La huelga general del pasado 15 de octubre lo ha dejado claro: mientras el país se desangra entre subidas de impuestos, cuotas y una inflación que no perdona, la élite política y sus satélites mediáticos mantienen a la ciudadanía anestesiada.

Ahora bien, ¿qué hay realmente detrás de todo esto? ¿Por qué la gente protesta contra Israel en lugar de hacerlo por las medidas fiscales que destrozan el bolsillo del trabajador y del autónomo? Y lo más importante: ¿queda alguna salida dentro del sistema, o estamos condenados a elegir entre buscarnos la vida fuera o unirnos a la maquinaria estatal?

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Una huelga como cortina de humo

El pasado 15 de octubre España vivió una jornada de huelga general convocada por varias centrales y colectivos sindicales bajo un pretexto casi inédito: protestar contra el “genocidio” israelí en Gaza.

CGT, Solidaridad Obrera, Intersindical, Alternativa Sindical de Clase y el Sindicato de Estudiantes encabezaron la movilización, acompañados de paros parciales promovidos por CCOO y UGT.​

Y aquí viene lo más gracioso de todo… En teoría, las huelgas generales no pueden declararse por motivos políticos, sino laborales. Pero en la práctica, esta convocatoria fue netamente ideológica: un gesto de “solidaridad internacionalista” que se mantuvo incluso después del acuerdo de paz entre Israel y Palestina promovido por Estados Unidos.

En Madrid, más de 70.000 personas marcharon coreando consignas como “desde el río hasta el mar, Palestina vencerá”.

​Los vasallos del poder, vaya.

Los mismos que apoyaron a la «flotilla». Esa misma que tardó mes y medio en llegar a las costas gazatíes, parando en todos y cada uno de los enclaves turísticos que pudieron a lo largo y ancho del Mediterráneo.

Un viaje, por cierto, pagado por TODOS nosotros.

Pero volvamos al tema de la huelga.

Nada que ver, por tanto, con los problemas que realmente hunden a los trabajadores y emprendedores españoles. Porque mientras nos entretenemos señalando al enemigo externo, el Estado continúa saqueando nuestras rentas internas.

El MEI: otro impuesto disfrazado

El llamado Mecanismo de Equidad Intergeneracional (MEI) fue presentado como una herramienta solidaria para garantizar las pensiones. Sin embargo, es poco más que un parche temporal en un sistema financiero que ya no se sostiene.

En 2025, la tasa del MEI aumentó al 0,8%, de los cuales un 0,67% lo asume la empresa y un 0,13% el trabajador.​

Esto se traduce en un nuevo recargo que no genera beneficio alguno para el contribuyente: simplemente engorda las arcas públicas y alarga unos años más el modelo piramidal de reparto.

Lo vuelvo a repetir por si no te ha quedado claro.

Si eres trabajador por cuenta ajena, en Enero te vuelven a robar unos cuantos euros más de tu salario.

No porque ese asqueroso empresario «explotador» te quiera pagar menos, no. Sino porque el gobierno necesita cobrar más. Y por supuesto, lo hace de tu bolsillo.

Un “Ponzi” de manual que exige que cada nueva generación financie las pensiones de la anterior a cambio de una promesa vacía. Como diría Gordon Gekko en Wall Street, “la codicia es buena”—pero solo si eres el Estado.

Y lo peor es que el ajuste no se detendrá ahí: de 2026 a 2029 el MEI subirá progresivamente hasta el 1,2%, consolidando un aumento sostenido que reducirá aún más el poder adquisitivo del trabajador medio.​

Ser autónomo: cada vez más pagar, para recibir menos

Mientras tanto, los autónomos tampoco se libran. El sistema de cotización por ingresos reales, en vigor desde 2023, ha culminado en 2025 con cuotas que oscilan entre los 200 y los 590 euros mensuales.​

Y el problema no es solo el coste, ojo, sino su progresividad mal planteada. Las rentas bajas soportan subidas que en muchos casos superan las de los tramos medios.

Para 2026, por ejemplo, quienes ingresen menos de 670 euros mensuales verán crecer su cuota un 8,5% (de 200 a 217 euros), mientras que los tramos intermedios aumentarán apenas un 3,7%.​

Y los tramos más altos… hasta un 34,9% de subida.

​Vamos, que el gobierno te puede decir que esto solo se hace para «que los ricos paguen más», pero la realidad es que quien más va a pagar es el dueño de la panadería de debajo de tu casa, el manitas que te vino a arreglar la fontanería el otro día, y el amigo ese que tienes que decidió, un buen día, hacerse freelance.

¿Resultado? Miles de pequeños negocios tienen que cerrar o pasar al trabajo informal, mientras los grandes conglomerados y la propia Administración multiplican contratos, subvenciones y asesores.

Como en los videojuegos de estrategia, el Estado acapara todos los recursos del mapa mientras los jugadores pequeños se arruinan antes de llegar al turno cinco.

Más funcionarios que autónomos: un síntoma claro

La radiografía laboral española lo dice todo: en 2025 ya hay más funcionarios que autónomos (ES). Según el INE, el primer trimestre cerró con 3,49 millones de empleados públicos frente a 3,26 millones de trabajadores por cuenta propia, una diferencia de 239.600 personas.​

Hace dos décadas ocurría justo lo contrario. Pero el mercado se ha invertido: el emprendimiento privado retrocede y la plantilla estatal crece año tras año. Entre 2009 y 2025, el empleo público se incrementó un 19,6%, mientras el número de autónomos solo creció un 3,3%.​

Y esto no se trata solo de estadísticas. Es el reflejo de un modelo cultural en el que la estabilidad administrativa importa más que la productividad. Donde la iniciativa privada se castiga y la dependencia se premia. Y esto, a largo plazo, destruye tejido económico y dinamismo.

A fin de cuentas, alguien que depende de un salario público tiene mayores incentivos para votar «lo que se debe de votar», es decir, a quien te ha dado el trabajo.

Da igual que, para ello, se asfixie al resto de la sociedad.

Da igual que, recordemos, el motor de la economía sea la empresa privada.

El político lo que necesita es mantener el sillón por, al menos, cuatro años. Que el sistema sea insostenible es lo de menos, ya que ya le tocará al siguiente lidiar con el problema.

La inflación: el impuesto invisible

Mientras los impuestos visibles como el MEI o las cuotas a autónomos devoran la nómina, la inflación hace el trabajo sucio. En 2025 España cerrará con un incremento del 2,6%, similar al PIB, y una inflación subyacente del 2,3%.​

A primera vista, estas cifras parecen moderadas. Pero en un contexto donde los salarios crecen más por efecto estadístico que por poder adquisitivo, la pérdida real es brutal.

Y es que, no te dejes engañar: Si cobras más, es porque la moneda vale menos. Lo que antes comprabas con 1.000 euros, hoy cuesta 1.050. Y el año que viene, quizá 1.080.

O si no, recuerda cuánto te costaba la cesta de la compra hace tan solo 5 años. Antes del COVID, que parece una eternidad pero fue antesdeayer.

Es como si el economato del juego subiera precios cada vez que superas un nivel. Ganar puntos no sirve de nada si los objetos cuestan el doble. Y de fondo, el Banco Central Europeo sigue imprimiendo dinero y rescatando deuda, consolidando una inflación estructural que nadie tiene intención de resolver.

Un Estado que nunca pierde

Eso sí: Mientras tú calculas cómo llegar a fin de mes, el Estado sigue batiendo récords de recaudación.

En 2024 y 2025, los ingresos fiscales crecieron a ritmos superiores al PIB, impulsados por los nuevos tributos “solidarios”, el IRPF progresivo y la subida del IVA en sectores específicos.

De hecho, si consideramos a la Administración como una empresa, podríamos decir que es la única que “nunca quiebra” y que cada año factura más. Solo que sus beneficios salen del bolsillo de todos nosotros.

Y los mismos sindicatos que podrían levantar la voz por esto prefieren hacerlo por causas internacionales. Prefieren marchar contra Israel que protestar porque a los autónomos se les retira un tercio de su margen operativo.

A fin de cuentas, no dejan de ser unos títeres más del poder.

¿El resultado?

La sociedad está fragmentada y anestesiada: jóvenes contra mayores, trabajadores contra autónomos, hombres contra mujeres.

Mientras las facciones se desgarran, la maquinaria recaudatoria rueda sin oposición. Y esa es, quizás, su estrategia más brillante.

El espejismo electoral: cambian las caras, no el guion

Muchos todavía creen que el problema se puede resolver votando “correctamente”. Pero el diseño institucional no deja margen para el disenso real.

Gobierne quien gobierne, la lógica es la misma: mantener la estructura, agrandar la plantilla pública, sostener las pensiones a toda costa y seguir empujando el carro del gasto.

La izquierda promete redistribución; la derecha, eficiencia.

Pero en la práctica, ambos acaban aprobando nuevos impuestos y regulaciones.

Como en Matrix, el sistema necesita que creas que elegir una píldora u otra cambia algo, cuando en realidad todo el código sirve al mismo programa.

¿Emigrar o rendirse?

Para quienes aún producimos valor —los que generamos riqueza real, arriesgando capital, tiempo y salud—, el horizonte es cada vez más estrecho.

Y lamento ser tan pesimista, pero las alternativas, me temo, se reducen a solo dos:

  • O irse a otros países donde la carga fiscal no penalice la iniciativa.
  • O integrarse en la estructura estatal, buscando un puesto fijo que al menos asegure ingresos.

Cada mes son más los profesionales que trasladan sus negocios digitales a Portugal, Andorra o incluso países del este.

Nosotros, por casa, créeme que lo hemos pensado y hablado en más de una ocasión.

Y otros optan por “funcionarizarse”, aceptando que, si no puedes vencer al sistema, mejor formar parte de él (de ahí el crecimiento insostenible del sector público de estos últimos años).

La anestesia social: el triunfo perfecto

El resultado final es una sociedad que ha normalizado su propia decadencia. Donde se protesta con fervor por causas externas mientras se acepta resignadamente la pérdida interna de derechos económicos y libertad individual.

Una sociedad transformada en una gran masa funcionarial dependiente, incapaz de cuestionar el modelo porque necesita del mismo para subsistir.

Y tal vez este sea el mayor éxito del Estado moderno: no vencer a sus ciudadanos por la fuerza, sino convertirlos en cómplices voluntarios.

Como diría Orwell, “la libertad es la libertad de decir que dos y dos son cuatro”. Pero en la España de 2025, incluso eso parece ya demasiado revolucionario.

Vivimos, por tanto, un momento histórico en el que se demuestra que el sistema político y económico no está diseñado para servirnos, sino para sobrevivir a nuestra costa.

Que los parásitos son los de arriba, vistan una u otra chaqueta.

Porque mientras nos distraen con banderas y debates ideológicos, lo único que crece realmente es la factura fiscal, la deuda pública y el número de funcionarios.

La huelga general de octubre lo ha evidenciado: protestamos por lo que ocurre a miles de kilómetros mientras ignoramos las políticas que drenan nuestro presente cotidiano.

Y te hago para terminar tres preguntas:

  1. ¿Hasta qué punto puede una sociedad anestesiada despertar antes de colapsar?
  2. ¿Cuánto tiempo aguantarán los trabajadores productivos sosteniendo un sistema cada vez más dependiente?
  3. Y sobre todo, ¿seguiremos creyendo que votar cada cuatro años cambia algo… o empezaremos a construir alternativas reales fuera del sistema?

Un servidor, como puedes verlo, lo tiene bastante claro.

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