Estos días por The New York Times (EN) publicaban una pieza en profundidad sobre la llamada Cláusula Moral que cada vez más escritores y artistas están obligados a firmar para que la editorial/discográfica/agencia de turno les represente.

¿Qué significa esto?

Que «en el momento en que salga a la luz una conducta del autor, pasada o futura, que no concuerde con la reputación del autor en el momento en que se firma el contrato y que conlleve una condena pública generalizada y sostenida que disminuya sustancialmente el potencial de ventas de la obra» se podrá extinguir el acuerdo e incluso pedir la devolución del pago de la editora al escritor. 

La medida viene incentivada, por supuesto, a toda esa oleada de casos de supuesto abuso de género (MeToo (ES)). Casos como el de Sherman Alexie y Junot Díaz, ambos premios Pulitzer, pero también el de Kevin Spacey y en definitiva todas esas caras de famosos cuyos escándalos han ido saliendo a la luz últimamente.

¿Por qué hablo de esto?

Pues porque me consta que este tipo de cláusulas ya empiezan a verse también en contratos profesionales indistintamente del sector en el que estemos, y por regla general alineados con perfiles de dirección.

Y la razón es obvia. A fin de cuentas, una crisis reputacional que afecta a tu directivo, puede acabar siendo una crisis reputacional que afecta a tu empresa, con todo lo que ello supone.

En un escenario tan sensible a este tipo de supuestos delitos, el conocer meses más tarde y por terceros que, por ejemplo, un directivo de Google tan conocido como Andy Rubin, creador de Android, fue «invitado» a salir de la compañía con un suculento pago (EN) para que una denuncia de género no salpicase al gigante de las búsquedas, no queda nada bien, y supone, de facto, un escenario reputacional en el que la multinacional está contra las cuerdas (han intentado conscientemente ocultar un escándalo).

Lo que de nuevo me lleva a recordaros a todos vosotros la importancia de mimar la reputación de la empresa, y también la reputación de sus representantes.

El cómo ya depende de cada organización, pero en algunas multinacionales con las que he estado trabajando el tema solía resumirse en preparar una estrategia de reputación de marca a medio/largo plazo (normalmente la base de esto ya está en marcha) y unirlo a una serie de formaciones e incluso de gestión externa de aquellos perfiles con nombre y apellidos en la estructura.

Entender que una vez tu cargo tiene entidad propia, lo que digas a nivel personal puede ser tomado como la palabra de la organización. Por injusto que parezca.

Está, de hecho, incluido en tu nómina.

Con el fin, en primera instancia, de dotarles de mayor peso reputacional dentro de la industria. Pero también con idea de minimizar ese futuro impacto de una crisis reputacional más allá de lo que puede obtener a nivel económico e interno una cláusula de contrato.

¿Nos ponemos a ello?

 
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