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economia cultura guerra

Dije que iba a intentar no hablar mucho del tema, y mírame, con otro artículo exclusivo para vosotros centrado en temas relacionados con la dichosa guerra entre Rusia y Ucrania…

En fin, que sigo en mis trece de intentar aportar mi pequeño granito de arena, esta vez con una recopilación de temas que he ido seleccionando a lo largo de la semana, y que quería debatir por estos lares.

Y empiezo por la guinda del pastel. Lo que todos sabemos. Y es que la mejor forma de hacer daño económico a Rusia sería con un embargo completo de sus exportaciones de petróleo.

¿El problema? Pues que Europa depende absolutamente de dicho petróleo. Cada día el viejo continente le compra a Putin la nada despreciable cifra de 4.5 millones de barriles. El 27% de todo el crudo que usamos a diario en este territorio (EN).

Muy lejano por tanto a ese 8% de dependencia de EEUU y de Reino Unido, respectivamente, y que les ha llevado a que, en efecto, puedan prescindir de esas compras (ES).

¿En qué se está reflejando todo esto? Pues en lo que ya todos estamos viviendo. Una subida drástica del coste de la gasolina, que ya habrá subido (para cuando leas esto, que recuerda que intento escribir estas piezas a finales de semana) por encima de los 2 euros el litro (EN/PDF).

Impacto de la guerra

Y con la subida de la gasolina, la subida del coste de la logística, y por ende la subida del coste de vida.

Una que para colmo se ve todavía más afectada con la huelga de transportistas a partir de ayer lunes, uno de los sectores, por razones obvias, más afectados por dicha subida, y que representa nada menos que el 5% del PIB español.

¿Que qué buscan? Pues que en sus contratos el coste de llenar el depósito esté cubierto por el que los contrata. Y claro, con subidas del 30-40% en cuestión de ¿un mes? (EN/PDF), supondría de nuevo asumir aún mayor coste en los productos de consumo.

Mientras tanto, las sanciones económicas contra Rusia siguen su curso.

Y me refiero a la incapacidad que tiene el país para exportar la mayoría de sus productos y servicios (a excepción del petróleo y el gas, ya sabes…) en el resto de Occidente.

Una sanciones que vienen incentivadas por la OTAN, pero que indirectamente también les están afectando. ¿Que cómo? Pues con estibadores a lo largo y ancho del mundo que se niegan a descargar mercancías de Rusia en puertos occidentales.

Mediterranean Shipping Co. y AP Moller-Maersk A/S, las dos líneas de contenedores más grandes del mundo, detuvieron las reservas de carga rusa, y Maersk advirtió a los clientes que las consecuencias más amplias tendrán «un impacto global», y no solo se limitarán al comercio con Rusia. Casi todos los transportistas marítimos de contenedores más grandes, con Cosco Shipping Co. de China como una notable excepción, se niegan públicamente a reservar carga rusa (EN).

Que por mal que veamos los pronósticos por estos lares, créeme que los que lo van a pasar peor (además de los Ucranianos, claro) van a ser también los ciudadanos rusos, con el rublo en mínimos históricos, y sin capacidad real de exportar fuera de su país si no es a China y cuatro zonas más.

Y todo porque, como decía en el anterior artículo exclusivo, Ucrania está ganando la guerra de la narrativa contra Rusia.

El país ahora es una víctima clara del maquiavélico Putin, en una guerra que todos estamos viviendo en directo por redes sociales, y que se reafirma aún más con el bloqueo sistematizado de la propaganda rusa.

Como ya sabes, RT y Sputnik, dos medios de comunicación, han sido prohibidas en la mayoría de países occidentales (EN/PDF), por eso de que claramente están al servicio del Kremlin.

El problema, no obstante, y como dejábamos claro la semana pasada, es que con medidas como esta se sienta un precedente muy peligroso en la separación del derecho a la información y del control gubernamental, o en este caso, supranacional.

Hoy es RT y Sputnik, mañana podría ser Kaos en la Red o OkDiario.

La diferencia entre los dos primeros medios y los segundos no es tanta, ya que ambos tergiversan por igual la información con unos claros intereses políticos.

Que como en otras situaciones como la vivida con auténticos energúmenos como el ex-presidente Donald Trump, el expulsar los discursos claramente tergiversados de una parte, por populares o impopulares que sean, supone redirigir a la sociedad a una única visión que casualmente suele estar alineada con los intereses de la otra parte.

Gracias a estos bloqueos, y los que muchos dirigentes están pidiendo últimamente, se consigue en efecto aislar las opiniones dañinas para Occidente del discurso occidental. Algo a todas luces positivo para «alinearnos» hacia la lectura occidental que todos deberíamos tener (Ucrania es la buena, Rusia es la mala, sin aristas). Pero también, lo que conseguimos, es bloquear el acceso a fuentes externas de los ciudadanos rusos (y de nosotros mismos, ojo), y por ende, alimentar al Kremlin para que siga manipulando con más éxito a su ciudadanía (y que nosotros estemos viendo solo una parte de las atrocidades que se están cometiendo).

Recalco que no tengo claro si estas acciones son positivas o negativas para nosotros como sociedad. Siempre he pensado que intentar beber de muchas fuentes es, en esencia, la mejor herramienta que tenemos para combatir la tergiversación del discurso.

Y por otro lado, me doy cuenta de que a más opciones disponibles, la sociedad tiende a quedarse con aquellas que simpatizan con sus ideales, estén o no basadas en algo tangible, o sean pura tergiversación.

Por ello, creo que es de agradecer que ante esa oleada de grandes compañías anunciando a bombo y platillo que abandonan Rusia, y a sus ciudadanos, a su suerte, surjan voces discordantes, como la de CloudFlare y la de Akamai, alegando que no quieren abandonar Rusia porque esto supondría privar de acceso a información (la propaganda occidental, pero también fuentes neutrales al conflicto) a sus ciudadanos (EN).

Que recordemos que Internet iba a ser eso. Una puerta al mundo, a la globalización, y una hostia en la cara de que la realidad de nuestro día a día, vivida en pequeñas burbujas de filtros, suele estar muy condicionada por el discurso local, y alejada por tanto de lo que podemos considerar realidad.

Ojalá más CloudFlares y Akamais en el mundo corporativo que tengan los Santos Cojones de hacer oídos sordos a las presiones de estos lares, y entiendan que este conflicto, aunque terrible, acabará tarde o temprano, y que de decisiones como estas dependerá que el día de mañana haya mayores facilidades para que los dirigentes de turno puedan jugar su maquiavélica partida del ajedrez con la vida de los ciudadanos, o que estos peones tengan acceso a herramientas para mantener al rey y la reina bien quietecitos…

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