Remaster o remake: El negocio mal entendido de la nostalgia

nostalgia friki

Hace unos meses Sony presentó la PlayStation Classic (ES), y ya en su momento publiqué una pieza por la intranet (artículo en abierto) en el que hablaba del negocio de las retroconsolas y la retrocompatibilidad.

En él comentaba la jugada que había tenido Microsoft al asegurar que ellos no necesitaban sacar al mercado una retroconsola, más que nada porque sus XBox ya son retrocompatibles con versiones anteriores… y también (aunque esto no lo dijeran), porque parece que tiene poco sentido sacar una retroconsola de unas consolas que llevan con nosotros como muy mucho… ¿16 años?

El caso es que en esa pieza reconocía la lucha interna que tenía con la propuesta de Sony:

La cuestión, por supuesto, es seguir sacándonos los cuartos tirando de nostalgia y como no, también de un poco-mucho de coleccionismo.

Y lo cierto es que frente a esta tendencia tengo sentimientos encontrados, ya que por un lado, y como enseñaba recientemente en el unboxing de mi nueva oficina, quien escribe ha sido (y es) un orgullos poseedor de la NES, la GameBoy, la PlayStation y la PlayStation 2. Tanto como para que las tenga en una vitrina todas colocadas apenas a un par de metros de distancia de donde estoy ahora mismo.

Que si soy la persona (y el profesional) que soy es, en parte, gracias al mundo de los videojuegos, como ya he explicado en más de una ocasión.

Pero por otro lado, me jode pensar que estoy pagando entre 60 y 100 euros por un dispositivo muy mono pero con un muy limitado número de juegos, que además son los que ellos han elegido, a sabiendas que con una raspberry pi (ES) de 37 euros podría montarme todas las consolas juntas con todos los juegos del catálogo que quiera gracias al milagro de la emulación.

Al final, y pese a todo, supongo que aunque sea por coleccionismo acabarán cayendo…

Ahora que ya la tenemos en el mercado todas nuestras suposiciones se han hecho realidad:

  • El catálogo: Que puede que te guste más o menos, pero es el que hay y jamás de los jamases va a poder aumentarse o cambiarse. Realmente a mi no es algo que me preocupe en exceso, y de hecho creo que al menos en mi caso han acertado con bastantes títulos, pero es que pretender que con 25 juegos todos nos sintamos identificados, máxime en una consola como fue la Play con uno de los catálogos más extensos de la historia del videojuego, es pecar de ingenuos.
  • El hardware: Por Eurogamer (EN) la han destripado, y como era de suponer, básicamente estamos ante un trozo muy bonito de plástico con una placa interior más o menos decentilla (ARM Cortex A35 de cuatro núcleos a 1,5GHz, GPU PowerVR GE8300 integrada). El resto es puro aire. Si alguien se sorprende a estas alturas es problema suyo.
  • El precio: Claramente inflado, pero como la NES mini (ES) y la SuperNES mini (ES), como todas las retroconsolas que están sacando. Aquí estás pagando por tener un producto de coleccionismo. Si de verdad quieres disfrutar de juegos retro, por supuesto que tienes alternativas underground mucho más económicas, y presumiblemente más interesantes.
  • El software: La guinda del pastel, y lo que me lleva a escribir estas palabras. Porque aquí Sony ni tan siquiera ha tenido la decencia de poner los juegos en otros idiomas (tienes la versión PAL únicamente). Con una interfaz en formato donut totalmente pixelada, con la imagen en 4:3 de todos los títulos, sin escalado de pixeles y por supuesto también sin suavizado.

Y es que amigos míos, la respuesta de Sony ha sido tajante:

“La PlayStation Classic ofrece exactamente la misma jugabilidad que la PlayStation original”.

Una jugabilidad que muchos YA NO ESTAMOS PODRÍAMOS AGUANTAR.

Los recuerdos mejor se quedan como recuerdos

Es algo que seguramente te ha pasado en más de una ocasión.

Aquella película que viste cuando eras pequeño, y que en tan alta estima tenías, pierde todo el fuelle cuando de pronto decides volver a disfrutarla en la actualidad.

En apenas unas décadas hemos cambiado culturalmente tanto que el ritmo de obras clásicas pueden resultarnos hasta molesto. Y por supuesto, cada uno de nosotros ha madurado (para bien y para mal), cambiando sus gustos y formas de entender el género.

Que a todo ello hay que juntarle la propia idealización del recuerdo (tendemos a generar una historia idílica de sucesos vividos, no recordamos tal cual lo pasado). No lo digo yo, ojo, sino un estudio de 2012 de la Northwestern University (EN):

Los recuerdos de nuestra memoria son un poco como el «juego del teléfono escacharrado». Cada vez que recordamos algo alteramos la forma en la que lo recordamos. De modo que la siguiente vez que tratamos de recordar eso mismo, recordamos el recuerdo, no el hecho original. Y está un poco modificado, un poco escacharrado.

Y esto que ocurre así en cualquier elemento de faceta de nuestra vida se agudiza hasta el extremo en un medio como es el del cine y el de los videojuegos, por la sencilla razón de que ya no solo el apartado cultural ha cambiado drásticamente, sino también lo han hecho los estímulos a los que estamos acostumbrados, las mecánicas y las propias limitaciones tecnológicas.

Plantearte volver al Resident Evil Director’s Cut que salió en 1997 es también aceptar el movimiento tipo tanque, el que en aquella época no había joysticks (todo vía cruceta), y que los gráficos que para el momento eran flipantes ahora se han quedado desfasados, y se ven aún peor en monitores full HD o 4k. 

Sin embargo, hacerlo con el remake es lo más cercano que tenemos a disfrutar de su esencia original. Qué ganas tengo de poder comprar el remake del Resident Evil 2 (ES), que ya pude probar en el MGW de este año y pinta alucinante…

Lo veíamos estos días, de hecho, con todas las quejas que ha generado el remaster de Spyro (EN/exactamente la misma trilogía con gráficos actualizados) o con la versión clásica del WoW. La gente simplemente esperaba vivir la misma experiencia que en su día vivieron disfrutando de su saga, pero es que un par de décadas más tarde el ecosistema cultural no es ni de lejos el mismo, y lo que en su día nos parecía increíble, y que hemos estado idealizando aún más con el paso del tiempo, ahora se vuelve profundamente básico y monótono.

Pasa exactamente lo mismo que comentaba no hace mucho por la intranet de mecenas. El cómo el HDR de los televisores había levantado a cientos de directores de cine que se quejaban de que la falta de una estandarización de formatos estaba dilapidando sus licencias creativas (ES). Que su obra debía consumirse bajo unos estándares de temperatura, nitidez y contraste específicos, no los que el fabricante de turno viera oportuno aplicar por defecto en sus productos.

El grano de las pantallas de tubo donde la mayoría de nosotros disfrutamos de los títulos de las primeras consolas de Nintendo o Sony, o donde vimos esas primeras películas, jugaba a favor de crear esa atmósfera mágica que tanto nos enganchó. Era una limitación del medio que permitía “que las cosas ocurrieran”, que nos creyéramos una historia contada con unos cuantos bits.

Y sobre todo, teniendo en cuenta que TODA creación competía en ese mismo entorno.

Esas mismas obras hoy en día, con la resolución de nuestras pantallas, con las mecánicas y jugabilidad a la que ya nos hemos acostumbrado, con el conocimiento que tenemos de cómo funciona el mundillo y con la propia maduración visual del ciudadano, se sienten arcaicas, y peor aún, nos hacen romper con un recuerdo que hasta el momento parecía insuperable.

Para un servidor Final Fantasy VII es uno de los mejores juegos que se han creado. Y sin embargo, sé que hoy en día no estoy ya preparado para enfrentarme al título original, con esos escenarios prerenderizados, esos personajes poligonales, y sobre todo, con esos combates a turnos vía cursor y pantallitas.

Que El Exorcista puede darte aún un miedo atroz por la parte nostálgica, pero como obra de terror hoy en día, 55 años después de su publicación, da casi hasta risa.

Es por ello que me sorprende (y a la vez no) ver todas las críticas que han llovido sobre Sony por esa decisión de interfaces y por haber preferido heredar las limitaciones de la época en nuestro día a día.

Mantener un producto de nostalgia exige adaptarlo a los tiempos que corren

Si alguien se compra una PlayStation Classic (ES) debería ser única y exclusivamente para tenerla de adorno, no para pretender disfrutar de su catálogo como en su día quizás lo hizo.

Un arcade, e incluso esas primeras consolas familiares de gráficos de 8 y 16 bits, todavía se prestan más a disfrutarlas hoy en día (han envejecido mejor). Pero con la Play la industria fue un paso más allá, dejando de lado la idea de que una consola era un juguete para niños. Y en esas primeras etapas, las limitaciones del medio y toda la esencia cultural y tecnológica del momento forman parte de esa magia necesaria para poder disfrutar de sus títulos.

No sé si acabaré por pillarla. Pero si lo hago (se acercan Navidades; yo ahí lo dejo :)), seré consciente de que estoy pagando casi 100 pavos por un trozo de plástico y unos mandos que quedarán adornando mi vitrina justo encima de la que fue mi consola más querida. Y que si me animo a volver a darle a algo como el Metal Gear Solid, lo haré siendo consciente de que no estaré viviendo la misma experiencia, pese a que el juego y la jugabilidad que ofrece la consola sean exactamente los mismos.

De ahí que sea pesado con eso de que un remaster (cuando es el mismo producto con un lavado de cara) no es lo mismo que un remake (es en esencia el mismo producto pero creado de cero, adaptado a la realidad del momento). Que si nos atenemos al factor puramente nostálgico, un buen remake tiende a ofrecer la experiencia más cercana posible a la vivida con el original que un remaster, por anecdótico que parezca.

No es el caso de la PlayStation Classic, sin lugar a duda. Y de ahí vienen los problemas.