telescopio temporal

Despierto de golpe. Bueno, o al menos es lo que creo. A fin de cuentas, ¿quién es consciente del momento justamente anterior a recuperar la consciencia?

Es imposible. Una anomalía que la ciencia aún no ha podido explicar.

La primera de hoy, para ser justa. Aunque, bueno, no quiero adelantarme.

El caso es que aquí estoy, sudorosa en la cama, mirando hacia el vacío de la pared, con solo ese led parpadeante del móvil interrumpiendo la oscuridad reinante.

Me estiro.

Dios, qué bien sienta, ¿verdad?

Aparto la botella a medio acabar, y alcanzo el móvil, aprovechando, de la que lo atraigo hacia mí, para darle en el botón lateral y hacer que la pantalla se encienda.

Una notificación.

Es del trabajo.

Toca levantarse, pues.

Han pasado cuarenta y cinco minutos, y ya estoy de camino con mi minifalda entallada y esta chaqueta de imitación a piel de leopardo que me compré la semana pasada en el mercadillo.

Un hombre se gira en la acera de enfrente, y hago como si no me doy cuenta.

«¿A quién no le gusta gustar?».

Pues eso.

Tico, taco, tico, taco...

El contoneo de mi cintura va al ritmo de los tacones, y para cuando me quiero dar cuenta, estoy delante de aquel edificio, cuya dirección tenía en el mensaje.

Un mensaje ecléctico.

Como todos.

¿El edificio? Prácticamente abandonado.

Un ejemplo más de la fiebre por el ladrillo que se vivió en el Levante años ha.

Un bloque residencial, con claras ínfulas para aquellos sedientos de vivir por encima de sus posibilidades, clónico al de la mayoría de los que adornaron la primera línea de playa en los años locos de la burbuja inmobiliaria.

Oteo a mi alrededor, y no veo a nadie.

Quién iba a estar a las seis de la mañana en el puerto, ¿verdad?

Me descalzo mientras tanteo el interior del bolso hasta dar con las bailarinas.

Me las pongo.

Guardo los tacones.

Aprovecho para pegarle un lingotazo al vino de cartón.

«Ya se ha acabado».

Lo dejo con disimulo detrás de unos matorrales cercanos, y entro.

«Cada cliente, es un mundo».

Si ya lo decía mi madre…

La misma que me jodió la vida.

«Esa puta…».

Habitación 103. Justo, de hecho, la que está frente a mí.

Inspiro relajadamente, y llamo golpeando con sutileza la puerta.

Esta se abre.

Una habitación mohosa, con algún que otro mueble que amenaza con transformarse en polvo si fijo demasiado la mirada en él.

«¿Perdón?».

«¿Hola?».

Nadie responde.

Entro.

«Hola guapo, ¿dónde estás?».

Nada.

Un diminuto estudio, casi diáfano, pero sin un alma al que alimentar.

Y, en su defecto, imposible no ver este bonito telescopio de metal embellecido en dorado, apuntando hacia el horizonte, y pegado justo donde en su día habría estado una preciosa cristalera.

«¿Es una broma?».

Vuelvo la vista al pasillo, esperando que de un momento a otro, algún ruido lo delate.

No ocurre nada.

Sigue sin ocurrir nada.

Pierdo la paciencia, y me dirijo al telescopio.

Con la mano reposada en el espray anti-violadores que siempre llevo en el bolsillo, apoyo el ojo en el visor.

Y entonces, la veo.

  • Alta. Al menos más que la media.
  • Y delgadita. En forma, que dirían algunos.
  • Muy mona ella, con ese vestido y esa chaqueta.

«¿De qué me resulta familiar?».

Aparto la vista del visor, y miro hacia el horizonte.

Los primeros rayos del sol, aquellos que se atreven a surgir del mar, me golpean.

Vuelvo otra vez al visor, y de nuevo, aquella habitación, en aquel bloque de edificios.

Una habitación, con una chica joven, y aquellos cuadros.

«No es posible», me digo mientras frunzo en ceño.

«No lo entiendo», acabo por decir en voz alta.

Frente a mi, el infinito horizonte del mar.

Y, a la vez, un reflejo del edificio donde estoy, solo que unos años antes.

«No entiendo nada».

A través del visor

Vuelvo al día siguiente. Y al siguiente. Y al siguiente.

Durante semanas, y luego durante meses.

Todos los días, a primera hora de la mañana, justo cuando los rayos del sol cruzan la línea del horizonte marítimo, este edificio aparece en el visor del telescopio.

Y durante unos minutos, veo, como si del típico resumen de serie en plan «en capítulos anteriores…» se tratase, la vida de la mujer.

  • Desde su juventud, cuando abandona la casa familiar, harta de los abusos de su padre y el alcoholismo de su madre.
  • Cuando alquila la habitación junto con una amiga.
  • También estoy ahí cuando prueba por primera vez las drogas.
  • Y cuando, volviendo de una fiesta, su amiga le cuenta que se había metido a escort, y que estaba ganando mucho dinero.
  • El tonteo con el hermano de uno de los inquilinos.
  • Veo en primera persona la paliza que le propina aquel gilipollas por negarse a prostituirse.
  • Y de cómo decide probar con un trabajo, solo como algo «temporal».
  • De todas esas mañanas llorando desconsoladamente en la cama.
  • De cómo la droga y el alcohol pasan a ser el eje principal de su día.
  • Y estoy ahí cuando aquel camello la embaraza.
  • Vivo durante días el sufrimiento de una persona perdida, sin más apoyo que las continuas malas compañías.
  • De aquel primer día a la vuelta del hospital con la niña en brazos.
  • Del entierro de su amiga por sobredosis.
  • De los lloros de la mujer, ahogados nuevamente en alcohol y drogas.
  • De una enfermedad mental que se abre paso en su cabeza.
  • Del crecimiento de esta niña sin una figura paterna, y con una madre sumida en la más repulsiva oscuridad.
  • De cómo esa niña, ya adolescente, harta de hacer de madre con la que le dio la vida, la abandona.
  • De cómo la mujer se vuelve a quedar sola, con la salvedad de que ahora, marchitada, ya ni puede encontrar consuelo en el brazo de un hombre.
  • Y de cómo, entre botella y chute, recoge la foto que nos sacamos aquella tarde en el parque, y rompe a llorar.

Es entonces cuando, tras una vida de odio, por fin comprendo:

  • Que ella no estuvo ahí cuando la necesitaba, porque ella tampoco tuvo dónde apoyarse cuando necesitaba ayuda.
  • Que me abandonó a mi suerte, como último regalo, por el simple hecho de que ya no tenía control alguno de su vida.
  • Que somos reflejo de nuestros padres. De sus aciertos, y también de sus errores.
  • Y que, detrás de sus malas palabras, detrás de esa careta de indiferencia, se ocultaba un pesar infinito que la sumió en las tinieblas.

Justo ese día, el telescopio no muestra nada más.

Y al día siguiente, tampoco.

Ya no hay nada más que mostrar.

Ya ha sido suficiente.

Me alejo del visor lentamente. Y, en este momento, lo decido:

«Ya no más sufrimiento».

Frente a la lápida de mi madre, con lágrimas en los ojos, juro romper el ciclo.

No seguiré sus pasos.

Ni los de mis abuelos.

—Pero mami, ¿cómo funciona entonces ese telescopio?

—Es algo que siempre me he preguntado —me tomo mi tiempo para continuar—. A ojos de cualquiera de nosotros, parece magia. Pero la magia no deja de ser el efecto de tecnología que, a ojos de una profana, como es nuestro caso, no llegamos a comprender. ¿Fue cierto, o solo un producto de la imaginación? Y en caso de que fuera lo primero, ¿había un objetivo específico, por parte de alguien consciente del impacto que podría tener, o, por el contrario, solo mostró aquello como podría haber mostrado cualquier otra cosa? Y, es más, ¿fui seleccionada, como parece apuntar el mensaje de aquella mañana, o ese telescopio, y por tanto quien lo puso ahí, no seguía criterio alguno a la hora de elegir el objetivo? ¿Podemos hablar tan siquiera de causalidad, o estamos ante una simple casualidad? Todo esto es difícil de responder desde nuestra parte, sin el conocimiento suficiente para comprender qué era, o qué dejaba de ser, aquel dispositivo.

El niño se lleva el dedo a la boca, pensativo. Y, al momento, responde:

—No he entendido la historia, mami —mientras cierra los ojos, se acurruca en los brazos de su padre, que me mira con ternura.

—De eso se trata, peque —le acaricio el moflete—. De que nunca tengas que entenderlo.

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