En la frontera [relato distópico]

The Terror
[Bum-Bum Bum-Bum Bum-Bum]

Los latidos del corazón de Rosa reberveraban en sus oídos mientras la chica intentaba contener el aliento.

Justo al otro lado del pasillo Raúl y Jose, apoyados en sendas columnas, hacían lo propio. Jose apenas podía contener las lágrimas, y la tensión del momento hacía que tuviera pequeñas convulsiones que ocultaba parcialmente tapándose con fuerza la boca. Raúl parecía ido, con la mirada perdida en algún punto en la dirección contraria donde se encontraba «La Bestia».

Porque a escasos metros de distancia pasillo adentro algo se acercaba lentamente, olfateando el ambiente y haciendo con ello un gutural sonido que inundaba por momentos el espacio, y ya de paso, helaba la sangre de los tres adolescentes.

-¿Cómo hemos llegado a esto? -se preguntaba una y otra vez Rosa.

Un fin de semana de escapada a las fronteras del Mundo Civilizado parecía, a priori, una aventura divertida. Descubrir cómo vivían los salvajes del más allá, desde la comodidad, por supuesto, de una ruta preprogramada, y afortunadamente, después de un par de días de negociaciones, con el apoyo de sus padres.

Junto a ellos viajaría Roberto, un joven bastante atractivo que trabajaba los veranos de guía en este tipo de experiencias, que destilaba adrenalina por todo su ser, y con el que Rosa había intentado tontear la noche anterior.

Justo el mismo que ahora yacía tumbado en el suelo con media columna vertebral al aire.

La mirada se le escapó momentáneamente hacia el rostro de Roberto, colocado de forma innatural con el cuello retorcido hacia su posición, y que aún mantenía un gesto de auténtico terror. Y no pudo evitar que un ligero alarido saliera de sus cuerdas vocales. Al parecer, lo suficientemente audible como para que la respiración pausada de «La Bestia» se parara en seco.

De pronto el pasillo quedó totalmente en silencio.

El corazón de Rosa estaba a punto de salírsele. La boca totalmente seca, los ojos abiertos de par en par, casi fuera de sus cuencas, pedían a gritos un pequeño descanso. Los pulmones le dolían tanto de aguantar la respiración, y la presión a la que estaba sometida al intentar estar totalmente quieta de cuclillas estaba haciendo que sus pies y manos se le hormiguearan.

Era cuestión de tiempo que alguno de los tres cometiera un error, y la suerte, por duro que parezca, hizo que fuera Raúl el que movido por el pánico saltase de la columna en la que estaba hacia el otro lado del pasillo. Recorrió unos cinco o diez metros antes de que algo le agarrase el pie, tirándolo al suelo.

Un grito ahogado mientras giraba sobre sí mismo, seguido de varios golpes secos. Tanto Rosa como Jose miraban petrificados hacia las sombras de la penumbra donde su compañero luchaba por zafarse de aquel ser.

-¡¡¡¡AYUDAAAAA¡¡¡¡ ¡¡¡¡AYUD….HAGRRRR!!!!

La voz se le fue apagando conforme la garganta se le llenaba de sangre… hasta que poco después dejó de emitir ruido alguno. La bestia lo arrastró, aparentemente alejándose por la apertura norte de aquella vieja fábrica.

-Vamos -susurró Jose desde el otro lado, que parecía haber salido del trance, señalándole el pasillo por donde habían llegado-. La salida debe estar cerca.

Y así fue. Un par de pasillos más adelante vislumbraron la luz arrojada del vehículo, convenientemente aparcado a las puertas del edificio.

Salieron en total silencio, intentando hacer el menor ruido posible, para darse cuenta poco antes de llegar al coche que la llave la tenía… Roberto.

-¡Joder! -maldijo en lo bajo Jose mientras apretaba impotente los puños- ¡Joder!

-No pienso volver Jose. Ni de coña vuelvo a meterme ahí -Rosa negaba con la cabeza taxativamente mientras rozaba con una de sus manos el capó del vehículo.

-… No queda otra -una lágrima cruzaba la mejilla de Jose-. Maldita sea, hay que hacerlo.

Recogió de la parte trasera el rifle de Roberto, y le hizo una seña a Rosa, no sin antes santiguarse, para que ambos se adentraran nuevamente en aquellas ruinas.

Pasito a pasito, con la presión de saber que no estaban solos, llegaron al cuerpo inerte del guía. Rosa se arrodilló para rebuscar en sus bolsillos, sin poder evitar que le entraran unas arcadas, y al poco estaban camino de vuelta con la llave magnética en mano.

Un giro más y la salida.

El problema es que esta vez entre ellos se encontraba otra de aquellas bestias. Una cría aparentemente, que giró de golpe asustada cuando ambos aparecieron de entre las sombras. El tiempo justo para que Jose disparara el arma, atravesándole el cuello con la descarga.

-¡Vamos!

Ya no había tiempo para andar con miramientos. Corrieron hacia la salida mientras de una de las habitaciones contiguas otra bestia salía gritando. Jose consiguió dispararle, pero fue embestido por ella, cayendo ambos al suelo.

Mientras Rosa recorría los últimos metros hacia la salida atisbó a ver por el rabillo del ojo cómo otra de esas crías saltaba encima suya, arañándole la cara. Agarró y tiró de ella por sus harapos, consiguiendo separarse lo justo para propinarle un puñetazo en la cara, recuperar el equilibrio, y correr hacia el coche.

Mientras tanto, Jose había disparado un par de veces a algunas crías más con las que estaba enfrentado. Acabó con la vida de una de ellas, y salió al exterior justo en el momento en el que la otra conseguía tirarle hacia atrás.

Rosa montó en el vehículo, que se encendió automáticamente tan pronto tomó asiento, y las luces de posición dejaron paso a las luces cortas, que alumbraron la entrada en el momento en el que a Jose, apoyado en el marco de la puerta, le rebanaba el cuello la bestia del principio.

Cayó sin vida, dejando a la vista a aquel Sub.

Se parecían tanto a ellos, y a la vez en tan poco… Privados de los avances genéticos aquella raza había seguido anclada en las limitaciones humanas de antaño. Eran puros bárbaros en un mundo que ya no les pertenecía.

La cría que quedaba salió del edificio sollozando. Rosa desactivó el autopiloto y cargó contra la entrada.

En un último alarde de estupidez, el Sub adulto saltó hacia el vehículo mientras le gritaba algo a su cría, como intentando interponerse entre ella y el trayecto del coche. Pero no llegó a tiempo, y Rosa pudo atropellar a ambos.

La cría murió al instante, y tras el golpe contra la pared de la fábrica, el Sub quedó colgando sobre el capó, inmóvil, intentando agarrar el cuerpo sin vida de su cría.

Rosa sonrió mientras afirmaba con la cabeza.

-Terminal, repite la experiencia desde el principio. Pero esta vez quiero que haya un desenlace en un criadero de Subs.

-Joder, Rosa, ¡otra vez nos has ganado! -le gritó Jose desde la otra sala de realidad virtual mientras el sistema recreaba la nueva escena.

-¡Qué pasada! Estas experiencias son bestiales -era Raúl quien hablaba-. ¡Te juro que durante un momento me he olvidado de que todo esto es una simulación!

-Las experiencias inmersivas de esta compañía es lo que tienen. ¡Me debéis una, chicos! Esta cuenta por vuestra parte.

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Ambientado tanto en la paulatina evolución de las experiencias inmersivas, como en los acercamientos ya reales a la mejora genética humana, y lo que conllevarán presumiblemente el día de mañana.

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