Sobre la escalada del compromiso empresarial… y personal

escalada del compromiso

Recientemente leía el artículo de los profesores de la London Business School, Freek Vermeulen y Niro Sivanathan, titulado Stop Doubling Down on Your Failing Strategy (EN) en el que analizaban por qué algunas grandes empresas, líderes en su día del sector, acaban fracasando.

El estudio se centra en el auge y caída de la multinacional de los discos HMV y el fabricante de móviles Nokia. La primera por haberse empecinado a seguir comprando locales y tiendas rivales sin querer subirse al carro de las ventas online, y la segunda, que nos pilla de más cerca, por centrarse en el desarrollo de su propio sistema operativo, totalmente cerrado, cuando iOS y Android ya dominaban el mercado.

Claro está que a posteriori todos parecemos unos estrategas de primera. Lo jodido, no obstante, es ya no adelantarse al mercado (algo verdaderamente difícil de realizar), sino ser consecuente cuando nuestros objetivos no van alineados con la demanda real y estar dispuestos a trastocar los planes, con todo lo que ello supone.

Y muchos de los temas tratados ya los hemos comentado por estos lares. Desde la dificultad que tiene una gran empresa para pivotar, pasando por el fantasma de ese emprendimiento mustio al que parece que la sociedad nos dirige.

El caso es que de todo lo que se menciona en el artículo, me quedo con la idea de “la escalada del compromiso”, que no es más que una forma más elegante (y hasta cierto punto más adecuada) de denominar a lo que un servidor habitualmente se refiere como la mochila histórica. Básicamente, la tendencia a ignorar acontecimientos y detonantes que deberían modificar la estrategia actual, y que sin embargo, son tomados como una excusa para aumentar el compromiso a favor de ella.

De varias maneras, de hecho:

Sobrevalorando los costes pasados

Para ello los investigadores llevaron a cabo un estudio en el que a dos grupos se le planteó el siguiente escenario:

Tenemos que sacar al mercado dos productos, ambos con un producto ya en el mercado que lidera la competencia. El primero está solo en fase de estudio mientras que el segundo está prácticamente terminado. ¿Sacamos los dos, solo el segundo, o ninguno?

A un grupo se le dijo que el primero estaba en fase de estudio, y al segundo grupo que el segundo estaba casi terminado. 

La conclusión es que un 17% de los participantes del primer grupo (los que sabían que el primer proyecto estaba solo en fase de estudio) siguieron adelante, mientras que el 85% del segundo grupo, que sabía que el otro producto estaba casi terminado, decidió continuar.

El problema de esto es que ambas decisiones no están basadas en criterios objetivos, sino puramente irracionales. Que tengamos un producto aún por diseñar o ya casi terminado no significa que ese producto sea el adecuado para un mercado, máxime a sabiendas que ya hay productos semejantes en él.

Es decir, que la inversión que ya hayamos hecho en un proyecto no debería ser en ningún caso un factor más a considerar. Una debilidad humana que como bien sabe es utilizada hasta la saciedad en la amplia mayoría de fraudes digitales.

Identificación personal (y social) con el compromiso

Lo más triste de todo es que incluso cuando somos conscientes del error, tendemos a percibir como mayor el coste social de reconocerlo que el que quizás nos fuerza a seguir hacia delante.

Y fíjese que sutilmente voy metiendo en este debate el papel humano, no tan corporativo, de la toma de decisiones.

Sobre todo en países de habla hispana hemos sido educados para rehusar del fracaso. Que aquel que comete errores no es bueno para liderar una empresa, ni tampoco es buen consejero en la vida.

Un error en sí mismo, habida cuenta de que quien más debería estar preparado para afrontar el riesgo, sea en los derroteros que queramos, es precisamente aquel que ha conocido el fracaso, y por ende, ha tenido la capacidad de aprender de sus errores.

Aplicando la escalada del compromiso a nuestro día a día

Últimamente he estado pensando en un cambio de vida que, de llevarlo a cabo, trastocará casi por completo ya no solo mi futuro sino también el de mis allegados.

A día de hoy he empezado a comentarlo de pasada con algunos amigos, y este finde, que subiré al norte a ver a la familia, tengo la determinación de presentárselo a ellos también.

El caso es que me he estado dando cuenta que el mayor freno que tengo a la hora de dar ese paso no es el considerar que sea erróneo (más bien todo lo contrario), sino el miedo al rechazo que ello va a conllevar.

Hablamos de remar en contra de lo que presumiblemente debería hacer. De dar unos cuantos pasos para atrás en mi carrera, rompiendo algunas barreras sociales que aunque resultan atractivas a ojos de un extraño, son criticadas públicamente.

Como siempre hago, le acabaré contando todo esto por aquí, presumiblemente en mi declaración de objetivos para el año que viene. Pero antes debo de combatir esa escalada de compromiso que tan acertadamente me ha llevado a la situación donde estoy ahora, y que tan dura se hace de llevar.

Igual que en su día decidí crear mi propia carrera y acabar en el mundo de la seguridad viniendo de derroteros totalmente distintos, es probable que el año que viene, presumiblemente a mediados (hay muchos cabos que atar) haya un cambio bastante radical en mi manera de afrontar la vida, que de seguro acabará por impactar en este humilde proyecto de presencia digital.

Habrá entonces gente que no lo aceptará, y muchos otros que sé que vais a seguir ahí y hasta os hará ilusión que se lleve a cabo, pero con lo que quiero que se quede en esta pieza es que al final nuestro peor enemigo suele ser uno mismo. Que esa mochila histórica debe ser aguantada hasta cierto punto, momento en el que deberíamos plantearnos si el camino que seguimos es el que de verdad queremos/debemos seguir, o simplemente aquel al que hemos llegado por razones que ya no tienen tanto sentido.

Aplicado a la empresa, los autores ofrecen cuatro elementos que minimizan el impacto de la escalada del compromiso:

  • Proteger a los disconformes: aquellos que se han mostrado escépticos deberían gozar como mínimo de las garantías suficientes de que su voz va a ser escuchada. Por supuesto, pueden estar equivocados, pero si nos cerramos a una única lectura acabamos enclaustrados en esas nocivas burbujas de filtros de las que llevamos literalmente años hablando.
  • La duda es una buena consejera: Soy una persona que somete a escrutinio público la mayoría de decisiones que tomo. Y eso no me hace ser peor analista, sino justamente lo contrario. Comparta sus dudas, no tenga miedo en hacerlo, pues es la única manera de prosperar siguiendo el camino adecuado.
  • Descentralizar las decisiones: Sería absurdo no llevar a cabo lo que tengo en la cabeza sin sacarlo a relucir con familiares, amigos, clientes y conocidos. Toda opinión debería ser bienvenida, para que la decisión final beba del mayor número de nodos posible.
  • Considerar las alternativas: ¿Algo obvio, verdad? Que no todo se trata de seguir como estamos o hacer X cosa. ¿Hay acercamientos medios? ¿Hay caminos secundarios que podamos recorrer y que no supongan un cambio radical en nuestra estrategia?

Así que lo dicho. En estas vacaciones estaré repensándolo todo muy bien, y seguramente acabe por trasladarle mis dudas al respecto en alguna pieza futura.

Es la única manera que entiendo de luchar contra la escalada del compromiso. Es nuestro deber hacerlo, tanto en el trabajo, como en nuestra vida personal.