Señores, esto es la democracia

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Y al final ocurrió.

No supimos leer las múltiples pistas que durante todos estos últimos meses fueron dejando.

El 15 de septiembre del 2015 ya escribía sobre ello, bajo el amparado del siempre socorrido formato de relato distópico. Trump acabaría por ser presidente, y ese era el principio del fin. Solo que ahora la novela se hace realidad.

Ayer me levanté más temprano que de costumbre solo para enfrentarme a otro nuevo soplo de realidad. A eso de las 7-8 am, Trump ya tenía cerca de 260 votos electorales. Clinton andaba por los 200. No había concluido el recuento, pero ya daba igual. Habemus nuevo Presidente, y de nuevo, no era el que todas las previsiones habían señalado.

La democracia no va de racionalidad

¿Qué lleva a casi un millón de españoles a cambiar el voto en unas segundas elecciones para dárselo al que ya es considerado el partido más corrupto de Europa? ¿Cómo puede la sociedad británica preferir salirse de la zona euro, a sabiendas de las consecuencias que tendrá a nivel económico? ¿Qué le pasa a un hispanohablante de Florida, a una mujer de Massachusetts, o a un afroamericano de Texas por la cabeza, a la hora de votar a un misógino racista como su representante?

La respuesta es tan obvia que parece escapársenos: El voto no se hace con la cabeza, sino con el corazón.

Es, de facto, uno de los principales problemas que presenta un sistema democrático. Que quien va a votar no lo hace analizando sus repercusiones, sino en base a lo que “le pide el cuerpo”.

Como bien decían por Twitter (he buscado la referencia y no la he encontrado, lo siento): España no es Lavapiés, Reino Unido no es la City, y por supuesto, EEUU no es Brooklyn.

Y a esto habría que unirle varios elementos que de facto conforman el caldo de cultivo perfecto para el desastre:

1.- Fallamos estrepitosamente a la hora de entender el mundo que nos rodea

Un analista, como cualquier otra persona, tiene sus límites. Y como ya he explicado en más de una ocasión, resulta complicado dejarlos de lado a la hora de emitir un veredicto, máxime cuando hablamos de algo tan humano como es la política.

Sea voluntaria (los menos) o inconscientemente, lo cierto es que ya no solo se trata de interpretar, sino de que incluso utilizando modelos a priori más exactos (como puede ser el análisis de grandes volúmenes de información), el simple hecho de elegir un universo de datos bajo un sesgo u otro hace cambiar radicalmente el resultado final. Y evitar ese sesgo se plantea verdaderamente complicado, por la simple razón de que (en la mayoría de los casos) es involuntario (¿lectores de mi periódico? ¿gente de una población en particular? ¿personas interesadas en participar en este tipo de estudios demográficos?…).

El fracaso experimentado por los que en teoría están más preparados para informar solo rivaliza con la capacidad de cada uno de nosotros para entender el mundo que nos rodea. Un mundo que vemos bajo la lente de una serie de cámaras de eco, y una realidad que se nos presenta como objetiva, cuando en realidad, viene sesgada a nuestros intereses.

De nuevo, España, o UK, o EEUU, no son ese grupo de amigos de Facebook, o esa gente a la que seguimos en Twitter. Tampoco lo son tus círculos y familiares, ni mucho menos aquellos que vemos salir por la tele, que acaparan portadas en periódicos, o que entendemos “son así” basándonos en el muy limitado entendimiento que tenemos sobre una u otra sociedad, alimentado para colmo con kilos y kilos de prejuicios y consideraciones vagas.

2.- El papel de los medios de comunicación no es informar, sino interpretar

Todos los medios tienen una línea editorial marcada, que puede estar grabada a fuego en la entrada de la redacción, o grabada a fuego en la ideología de todo ser humano que entre en ella. Pero el resultado es el mismo.

Las campañas del miedo funcionan tan pronto para conseguir algo, como para unificar un sentimiento reaccionario latente en ese porcentaje de la sociedad que haga romper cualquier baremo racional que hayamos querido aplicar a la intención de voto.

En el caso español, el bombardeo mediático que durante meses nos mantuvo más informados de lo que ocurría en Venezuela, adobado con el peligro de “la llegada de etarras” al poder. En el de Reino Unido, la asfixia de un agente externo (Alemania), ahogando cualquier capacidad de crecimiento, unido a esa inmigración europea que atentaba con la capacidad del británico medio para mantener su puesto de trabajo. En EEUU, ese descontento generado por la presidencia de Obama, unido a la repulsa crítica de un porcentaje significativo de la sociedad en vista a los abusos del gobierno.

De nuevo, ni España, ni UK, ni EEUU están compuestos por ciudadanos capaces de emitir un voto con la cabeza, sino por personas que analizan erráticamente la situación actual basándose en los análisis erráticos de los medios de comunicación (o de sus círculos cercanos), adobado con toneladas de prejuicios y como respuesta a elementos específicos y cortoplacistas.

3.- Quien vota es la minoría, y el resto lo hace la propia democracia

Una cosa es intención de voto, y otra muy distinta es levantarse e ir a votar. Obviamos que elección tras elección, el voto representa la minoría de la ciduadanía. Y que de hecho, tiende a favorecer a aquellas intenciones más reaccionarias. A aquellas que como decía, se llevan a cabo con el corazón, no con la cabeza.

Además, y aquí entra el papel del sistema, tendemos a obviar que la democracia no es justa, sino igualitaria. Lo que quiere decir que el que un voto valga lo mismo que otro (ahí donde esto compete, ojo) no hace que el reparto global se equilibre, sino justo lo contrario.

De nuevo con los ejemplos anteriores, en España pesa más el voto de las personas mayores, y en UK y EEUU, el de los habitantes de zonas rurales. Da igual por tanto qué se vote en Lavapiés, en la City o en Brooklyn. Con generar el suficiente miedo en estos colectivos, se obtendrá el resultado que a priori rema en contra de toda capacidad crítica.

Y tiene un corolario aún más pesimista: No hay solución sencilla.

O mejor dicho. La única solución es establecer sistemas que no son democráticos, lo que nos dirige, de facto, hacia sistemas totalitaristas.

Publicaba hace unos meses un artículo al respecto, y aprovecho la ocasión para autocitarme :O:

¿Cuántas veces ha pensado usted que ese político corrupto debería estar encerrado en la cárcel toda su vida? ¿Cuántas veces ha pensado eso de que quizás lo más democrático es que sólo votaran los que Orwell llama “intelectuales verdaderos”?

Este tipo de sentimientos, que seguramente todos los aquí presentes hemos sentido en más de una ocasión, son los mismos que alimentan un sistema democrático ineficiente. Ese mismo que favorece el bipartidismo y las mayorías absolutas.

Si no, explíqueme cómo puede ser que en la mayoría de democracias de países desarrollados el voto se divida entre dos y (a lo sumo) tres partidos.

Porque he aquí la cuestión. Esa misma limitación de la democracia que favorece el voto con el corazón y no con la cabeza debería contrarrestarse con el papel que deberían jugar los políticos en el congreso.

Que donde saca pecho la democracia es precisamente en crear un caldo de cultivo perfecto para que las limitaciones del voto con el corazón del pueblo se vean equilibradas con el voto con la cabeza de los que nos representan.

Cosa que solo ocurre cuando el voto está dividido entre diferentes partidos, obligando a estos a llegar a acuerdos, a defender su postura frente al resto, y a aceptar puntos medios.

Por todo ello, mi tesis final es la siguiente:

Si queremos que no se vuelva a repetir una situación como la de España, como la de Reino Unido o como la de EEUU, lo mejor que podemos hacer es intentar hacer entender a los de nuestro alrededor que la política no es como el fútbol, y que aquí ganamos todos conforme menos ganadores haya entre los partidos.

Conforme más diferencias tengan representación en la cámara.