La neutralidad de la red no va únicamente de distintas velocidades

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El discurso entorno a la neutralidad de la red es, como ya hemos comentado en más de una ocasión, complejo de analizar.

Un repaso al paradigma de la neutralidad

Lo que en principio surgió como una posible vía de escape para las telco, relegadas en la cadena de servicios de internet a meros intermediarios comoditizados, ha ido paulativamente evolucionando.

Esa internet a varias velocidades se puede conseguir, en efecto, discerniendo entre qué bits se envían a cada usuario, de tal manera de que si Spotify (por poner un ejemplo) acuerda con X operadora un trato favorable de sus bits, el cliente de esa operadora gozará en sus conexiones de más ancho de banda para Spotify que para el resto de servicios.

Aunque también hay otra vía, que ya está siendo explotada, y es la de acercar la arquitectura de algunos de estos servicios (de nuevo, aquellos con suficiente cash o poder para hacerlo) lo máximo posible al usuario, mediante replicación de servicios en CDNs propias de las operadoras. De esta manera, Spotify cargaría antes para este cliente específico de la operadora no porque la operadora aumente artificialmente la velocidad de sus bits (o disminuya artificialmente la de la competencia), sino porque en vez de tener que salir del cable dominio de su entorno en busca del servidor más cercano donde está alojado el servicio, lo hará dentro de su reino.

Y el problema no es que las telecos anden como locas buscando la manera de volver a controlar el mercado (que también), sino que con ello, aumentan (aún más) las barreras de entrada para nuevos competidores entre las over the top, entre el sector servicios. Poniendo el ejemplo anterior, si Spotify, que tiene músculo de sobra para realizar estos acuerdos, obtiene un trato favorable en X operadoras, la irrupción de un nuevo competidor en el streaming de música será aún más complicado, ya que este no jugará con las mismas reglas que Spotify.

Una guerra en la que no están únicamente las operadoras metidas, sino también esas mismas OTT, con movimientos como el de Facebook con Internet.org. El llevar conectividad gratuita a países en vías de desarrollo. Pero una conectividad limitada únicamente a los servicios que han llegado a un acuerdo con Facebook, incluida, como no podía ser de otra manera, su propia red social.

A esto, hay que añadirle que el paradigma de neutralidad, que ha acompañado Internet desde su creación, no afecta únicamente a la comunicación por la red, sino también a otro elemento crítico de su funcionamiento: el hiperenlace. El derecho al olvido, esa absurda ley creada ex profeso para que políticos corruptos y gente que ha pasado por la cárcel pueda ocultar sus fechorías, no es sino otra manera de atacar la neutralidad.

Imponemos artificialmente una restricción humana (capacidad de retención de información) a un medio que no adolece de ella, y lo hacemos según los intereses de una minoría (muy democrático todo). Por cada caso de derecho al olvido que en verdad merecería la pena que se resolviera, surgen cientos y miles de casos de personas (casualmente muchos políticos) que han encontrado la manera perfecta de borrar de los buscadores aquellas entradas molestas que decían la verdad sobre algún aspecto de su vida.

Y gracias a esto, Internet se vuelve por momentos un lugar más inhóspito, donde solo tienen cabida aquellos servicios y aquella información que los que ostentan el poder permiten que se mantenga. La ruptura de la neutralidad de la red favorece, únicamente, a los que ya están arriba. Se mire por donde se mire.

El discurso cambia

Algo necesario si los interesados por romper con este paradigma esperan llevarlo a buen puerto. Así, pasamos de un entorno en el que X servicio se ve beneficiado por X cablera, a otro en el que el cliente de X cablera obtiene un trato favorable al utilizar X servicio.

  • Abundan, y cada vez más, aquellos contratos donde el cliente tiene acceso ilimitado a los datos de uno o varios servicios masivos de internet. El tráfico gastado en estos servicios no se descuenta del tráfico contratado. En España el caso más sonado fue el de ZeroLímites (ES), llevado a cabo por Tuenti Movil, la OMV de Telefónica, para favorecer su red social frente a la competencia.
  • Y el nuevo movimiento del sector ha sido el de discernir entre datos consumidos por información valiosa y publicidad (EN). De que las operadoras sean garantes de lo que debe el usuario consumir, quitándole por defecto el visionado de contenido publicitario, con la excusa de mejora de la experiencia de usuario.

Dejando de lado el hecho de que esto atenta a la vía de monetización de la mayoría de servicios, y que este tipo de acciones deberían ser llevadas a cabo específicamente por el usuario para que tengan vigencia. Dejando de lado el hecho de que algunos servicios abusan de los modelos publicitarios hasta el punto de resultar molestos (las aplicaciones de juegos son un gran ejemplo), el objetivo de este movimiento sigue siendo el mismo del resto: atacar la neutralidad de la red para que la telco pase de mera “cablera tonta” (los angloparlantes hablan del “dumb pipe”) a una cablera con capacidad de análisis y explotación de hábitos de consumo.

Privacidad del usuario en tiempos de ruptura de la neutralidad de la red

Porque con el cambio, pasamos a un entorno donde las teleco tienen derecho a explotar económicamente la información sacada del tráfico de datos que consumimos.

  • De atentar por tanto a la privacidad de sus clientes, pudiendo en este caso discernir qué servicios correrán más o menos rápido;
  • Pudiendo en este caso discernir qué formatos de publicidad, o qué publicidad de X plataformas anteriormente pactadas, consumirá el cliente;
  • Pudiendo, en un futuro próximo, decidir qué tipo de contenido puede el cliente consumir.

Es decir, la vuelta al control por parte de las cableras, que viene endulzada como si de un caramelo se tratase. Una nueva herramienta al servicio de gobiernos y corporaciones para espiar nuestro paso por la red, para realizar profiling offline/online muchísimo más efectivo, y sacar beneficio de todo ello.

No, estos contratos no se hacen para beneficio del usuario. Se hacen para beneficio del poder.