Algoritmos contextuales y monitorización que ponen en peligro tu vida

Me sorprende (y hasta cierto punto, me llega a preocupar) ver cómo la digitalización está cada vez más alimentándose del mundo real. El cómo la robótica o la impresión 3D permite transformar en algo tangible 0s y 1s, o cómo servicios intermediarios como IFTT (EN) democratizan a nivel de usuario que situaciones que se dan en nuestra realidad tengan respuesta digital o viceversa.

monitorizacion digital en entornos fisicos

De entre todo ese ecosistema tecnológico, el mundo de las herramientas publicitarias es uno de esos frentes que más desconfianza me transmite. No porque no sea de mi agrado (creo que queda patente que lo es), sino porque según cómo se aplique, interfiere positiva o negativamente en nuestras toma de decisiones, tanto para bien como para mal (positiva/negativamente y bien/mal son conceptos que pueden ir de la mano).

Elementos como el ambient location, el ambient listening and seeing o el real time bidding ofrecen una plataforma de contextualización programable e instantánea. La publicidad se sirve automáticamente al usuario adecuado, en el momento adecuado, cobrando al anunciante que ha ganado su puja según unos condicionantes fijados con anterioridad (programatic advertising).

Y eso puede ser aprovechado para ofrecer valor al momento o para explotar las posibles debilidades del cliente. Todo dentro del mundo digital, pero basándose en datos recogidos del mundo físico.

¿Por qué me transmite desconfianza? Porque pasamos de un entorno en el que variables digitales repercutían en efectos digitales a otro en el que las variables pueden ser físicas. El siguiente paso, por tanto, es que los efectos también puedan serlos.

Una fotografía muy pero que muy interesante para el mundo del marketing (ya no solo influenciamos en el consumidor, sino que podemos modificar los estímulos que el mismo recibe de su entorno), y peligrosa para la persona si el objetivo no es vender, sino aprovecharse del conocimiento obtenido.

Porque ya hablaríamos de personas, no de clientes o usuarios. De que un grupo de delincuentes utilizara una plataforma de publicidad ya no únicamente para instalar malware en el dispositivo de la víctima (efecto digital), sino para saber cuándo está fuera de casa y robarle (efecto físico). O de que el valor del ambient location permita a alguien contratar a un asesino para saldar cuentas, con la certeza de que llevas en tu muñeca o en tu bolsillo un dispositivo que está continuamente señalizándote en un mapa.

Sé que sales a correr una media de 23 minutos cada mañana a las 7am. Que recorres unos 2053 pasos a lo largo de todo el día. También conozco tus trayectos habituales. Que pasas 8 horas 36 minutos en las oficinas de la Calle Aragón nº 11. Que te gusta bailar salsa, y sueles frecuentar el salón La Latina y la cervecería San Cristóbal, habitualmente con David Fernández y Sergio Gutiérrez, de 29 y 32 años respectivamente, el segundo con relación estable con Lorena Martinez desde hace 6 años, 3 meses y 21 días. Que te encanta el dulce de leche, pero solo lo tomas los miércoles como postre para cenar. Lo mal que te llevas con Arancha Díaz, la amiga de tu pareja. Que eres asmático y el estómago te suele jugar malas pasadas. Que llevas la rueda delantera derecha de ese Fiat 500 comprado de segunda mano y con 25.000 kilómetros, algo desgastada. Que…

Ni siquiera tiene que haber una intención de publicar su estado por parte de esa persona. La mayoría de redes sociales ya cuentan con aplicaciones móviles capaces de gestionar la información automáticamente, de transformarla en conocimiento, enviando pequeños paquetes periódicamente. Gustos, posesiones, hábitos y contactos. Y si no lo hacen ellos, lo hará un servicio de terceros.

Todo bajo el mismo techo, de forma opaca al usuario, que solo ve que funciona y está relacionado, pero que no tiene constancia de las innumerables implicaciones que de ello se desprende. Las propias herramientas digitales se encargan de monitorizarnos, tanto dentro como fuera de sus dominios, de facilitarnos la vida social, y también de exponernos a las posibles consecuencias, que ya no afectan únicamente al mundo digital.

Se rompen las fronteras físicas y digitales, tanto para bien como para mal. Se democratiza su explotación (se elimina la dificultad de trabajar con los datos en bruto, ya que el trabajo lo hace la herramienta, no nosotros), tanto para bien como para mal. Y no hemos pasado todavía a aprovecharnos de estas tecnologías (al menos no fuera del ámbito gubernamental/militar/espionaje) por pura casualidad.