Facebook no necesita utilizar el micrófono de tu smartphone para espiarte

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Un poquito de por favor, oiga, que somos gente de ciencia.

Este fin de semana respondía a un chico un tema relacionado con su trabajo fin de carrera y la exposición que voluntaria o involuntariamente hacemos a la hora de publicar cosas en la Red.

El tema me pareció interesante, y para este jueves, si no hay cambios de última hora, tengo preparado un nuevo capítulo de MundoHacker en el que explico cómo los sistemas de machmaking de Facebook operan ya a un nivel que están generando verdaderos quebraderos de cabeza para algunos perfiles, como es el caso de profesionales (trabajadores sexuales, psiquiatras…) que ven cómo algunos de sus clientes llegan a localizar sus cuentas personales, o personas que descubren familiares desconocidos o trapos sucios (parejas de sus padres, por ejemplo) gracias a estos sistemas.

Todo, en efecto, suena a ciencia ficción, y como ocurre en estos casos, es fácil caer en la conspiranoia.

Lo veíamos este fin de semana, cuando PJ Vogt (EN), el presentador del podcast “Reply All”, lanzaba una acusación pública en Twitter a la Red Social asegurando que Facebook está espiándonos por el micrófono de nuestros smartphones.

Rob Goldman, que tiene los huevos ya curtidos cuyo puesto es precisamente el de vicepresidente de anuncios en la compañía, respondía intentado poner un poco de sentido común a lo que a lo largo del día de ayer se ha vuelto viral:

Soy el responsable de anuncios publicitarios en Facebook. No utilizamos su micrófono para los anuncios, y nunca lo hemos hecho. Eso no es verdad.

Seguido por un artículo publicado en el blog de Facebook en el que se profundiza en su política de transparencia (EN).

Pero claro, llega el lunes y los medios tienen que sacar algo para alimentar a las fieras. ¿Y qué mejor que una conspiración masiva de las grandes tecnológicas?

Algunos, al menos, desde la óptica del objetivismo (ni afirman ni desmienten), pero buena parte dando a entender que lo mismo todo es cierto, e incluso buscando demostración alguna en un vídeo con cortes que tranquilamente podría estar manipulado (lo mismo hasta sin conocimiento por parte de su autor).

Ver en Youtube (EN)

La inteligencia artificial no es magia, aunque para un ojo poco educado pueda parecer

Hablamos de una situación a la que vamos a enfrentarnos cada vez en más derroteros. En los sistemas informáticos tradicionales la contextualización venía dada por las acciones que el usuario llevaba a cabo dentro del propio sistema. Algo que, como explicaré este jueves, es relativamente controlable por el propio usuario.

El problema llega cuando a esa contextualización “tradicional” de la informática se le une la capacidad, mediante machine learning e inteligencia artificial, de sacar conjeturas que van más allá de lo que a priori una mente humana podría correlacionar.

No porque esa inteligencia artificial sea más inteligente que nosotros, ojo, sino simplemente porque es más óptima (para bien y para mal) a la hora de analizar grandes volúmenes de información. Y en base a la prueba y error puede llegar a acertar con efectos que vienen dados por una serie de detonantes aparentemente no relacionados entre sí.

Así es como está empezando a funcionar Facebook… y Google, y Amazon, y en definitiva cualquier gran plataforma de datos de Internet.

Estas compañías no necesitan llevar a cabo un “espionaje” global mediante el micrófono. Eso, que parece la solución más sencilla, es, de hecho, una de las más complicadas, ya que las interfaces vocales aún están en pañales, y hablamos para colmo de un ambient listenning and seeing que se estaría haciendo de forma masiva y sin aviso (ergo, ilegal).

Estos servicios llevan años monitorizando nuestra actividad, como ya he explicado en profundidad en su día. Dentro, pero también fuera de sus dominios, ¿o ya no recuerda por qué un servidor decidió implementar en esta página unos botones sociales que únicamente cargaran cuando el usuario proactivamente los clickaba?

A día de hoy cualquier acción que hagamos en el mundo digital deja un rastro, por el simple hecho de que casi todas las páginas que visitamos tienen o pixeles de Facebook, o botones de compartir en redes sociales. Elementos que, por defecto, se encargan de identificarnos (aunque no tengamos cuenta en esa red, ojo) y almacenar esa visita tan pronto el navegador los pinta.

Y hay que ir un poco más lejos. Porque casi todos llevamos estos servicios activos en segundo plano en un dispositivo que nos acompaña incluso al baño, con el que dormimos cada día. El smartphone es un ordenador vitaminado, ya que cuenta con múltiples sensores, y para colmo es portable.

¿Por qué Google Maps me notifica cuando estoy en un lugar en el que su sistema entiende que una review o una fotografía podría darme mayor visibilidad al perfil de Local Guide? ¿Por qué Facebook cada cierto tiempo me dice cuántas WiFis abiertas tengo cerca de mi, aún cuando no le he dado permisos explícitos para acceder a mi geolocalización?

No solo hay un camino para obtener la información, y cuando controlas varias de las herramientas del sistema, y cuentas con un historial tan dilatado de uso, sacar conjeturas pasa de ser meras divagaciones a hechos contrastados.

Así es como quería que llegáramos al tema del día. Que de pronto Facebook, o Google o quien sea nos muestre publicidad sobre algo que hemos estado hablando con nuestra parienta, o que incluso hemos pensado en comprar, no demuestra que estas compañías estén espiándonos o leyéndonos la mente.

Lo más probable es que incluso aunque no hayamos demostrado explícitamente nuestro interés en ello en el servicio de turno, sí hayamos sido impactados de una u otra manera en derroteros digitales, quizás por un vídeo que consumimos hace unos días en Youtube, o por una búsqueda que nos llevó a ello, por un comentario que vimos a no se quién en no se qué foro, por ese capítulo que hemos visto en Netflix,…

Y desde entonces, sin ser conscientes de ello, ya sea nosotros o un familiar conectado a la misma red ha dejado un rastro que, unido quizás a variables del mundo físico (lo mismo estos días hemos visitado más veces un centro comercial, o hemos estado hablando con unos amigos cuyo profiling coincide también con la temática…) hacen llevar a la conclusión a esa plataforma publicitaria de que podríamos estar interesados en un grupo de anuncios en específico.

Para terminar, aspectos ya conocidos por el servicio como es nuestro target y, sobre todo, una base de conocimiento que viene curtida por millones y millones de prueba/error, correlaciona que de todo el amplio catálogo de anuncios que podrían interesarnos, justo éstos son los más adecuados.

El fenómeno Baader-Meihof (ES), llamado también la “ilusión de frecuencia”, hace el resto. Porque al día estamos continuamente impactados por miles de anuncios distintos (muchos de ellos, por cierto, tan mal segmentados que hasta los obviamos), pero justo nos va a llamar la atención aquellos que dan en el clavo, generando esa extraña sensación de que la plataforma nos espía:

¿Cómo es que ha llegado a la conclusión de que buscaba esto si no es porque tienen interferido el micrófono de mi smartphone?

He aquí la explicación de cómo funcionan las OTT digitales, y más vale que se vaya acostumbrando porque esto solo irá a más.

Hay “espionaje”, por supuesto, pero es consentido por todos nosotros en el momento en el que decidimos utilizar servicios “gratuitos” para estar en contacto con nuestros conocidos. Que el modelo de negocio, si no es el dinero, son los datos, ergo, nosotros.

Pero de ahí a que necesiten escuchar nuestras conversaciones hay un largo trecho. Todo llegará, no lo dude (los asistentes virtuales están para algo), pero es que a día de hoy, y para ser capaces de segmentar acertadamente la publicidad que nos muestran, ni lo necesitan.