Felicidad como fin y la dificultad de fijar objetivos en su dirección

Permítame que hoy me aleje ligeramente del temario habitual de este blog para que debatamos sobre un aspecto tan crítico en nuestra vida como es el sentido de la misma.

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Recientemente he visto en personas muy cercanas a mis círculos la sensación de vacío y tristeza que produce cuando un objetivo por el que llevas años luchando no acaba de “llenarte”. Para uno era un trabajo demasiado absorbente (pese a que de puertas para afuera esta persona podría considerarse exitosa). Para otra, el ver como se le cae el cielo encima cuando descubre que la idea que tenía sobre un proyecto a largo plazo le hace ser infeliz. Para una tercera, el darse cuenta en los ojos de su hijo que la forma de afrontar la vida le está alejando cada vez más de los suyos.

Entiendo tan bien esa sensación porque yo mismo la he vivido en mis propias carnes. El haber empezado una carrera (telecomunicaciones) para darte cuenta que ni te hace feliz el camino, ni te hace feliz el fin. Llegar a plantarme después de tres años y tomar las riendas de tu vida en una dirección aparentemente opuesta (bellas artes especialidad en diseño) requiere coraje, y sobre todo, confianza. He errado tantas veces y he tenido que reconducirme tantas otras que al final acabas por afrontar el fracaso de forma positiva, como un aprendizaje, que aporta en vez de restar.

Y es complicado llegar a tener de los dos (coraje y confianza) cuando todas las personas a tu alrededor te señalan con el dedo, animándote a seguir en algo porque “será mejor para tí“.

Llega la navidad, y quien más y quien menos se plantea si ha logrado sus objetivos. Otros incluso plantean nuevos retos para este año. El problema no está tanto en si hemos cumplido o no nuestros objetivos, sino en saber fijar objetivos que nos ayuden a encontrar aquello que en verdad ansiamos.

Para mi, y al menos en este momento de la vida, el objetivo principal es la felicidad. Y la felicidad me ha llevado por ahora a plantearme una vida profesional alejada de las oficinas de grandes compañías, de las 8 horas diarias de jornada laboral. A sufrir las inclemencias del riesgo empresarial (autónomo, socio,…) por hacer lo que me gusta hacer. A tener tiempo para estar con mi pareja, para escribir en este blog y para sentir que aporto algo a la sociedad.

Podría, seguramente, estar ganando bastante más dinero si hubiera optado por seguir con mi trayectoria, pero a veces hay que llevar la contraria a la gente que tienes a tu alrededor, a lo que la sociedad entiende por “éxito”, y tomar las riendas de tu futuro.

Quizás fue esto lo que me atrajo de la figura del emprendedor tecnológico. En Silicon Valley, la gente suele tener tres trabajos, que relatan muy a su modo los principios que creo deberían regir nuestras decisiones en la vida:

  • El terrenal: Un trabajo sencillo, quizás incluso manual o alejado de lo que podemos considerar trabajos de inteligencia, que te permite pagar las facturas y sobre todo, tener tiempo para disfrutar de la vida.
  • El que aporta valor: El trabajo que haces por amor (side job lo llaman). Para algunos puede ser escribir un blog, o pintar, o realizar causas sociales. Es un trabajo que te roba tiempo y que no suele estar bien remunerado económicamente (o directamente no estarlo), pero que te “llena”, y que da sentido a la vida.
  • El visionario: Podría estar o no relacionado con el anterior, y en algunos casos ni existir. Es aquel trabajo en el que inviertes (una startup por ejemplo), que no te da beneficio alguno (más bien lo contrario), pero que podría volverse algún día el trabajo principal.

Y tengo claro que la felicidad bebe de algunos de estos derroteros. Apenas vamos a vivir unos años, pues disfrutémoslos.

Si está en esta situación. Si siente que levantarse cada día es un trabajo y no un placer, hágame caso: Hay alternativas.

No digo que mande todo a la mierda y se vaya a realizar su sueño. Seguramente usted, como un servidor, tenemos unas obligaciones y responsabilidades que lamentablemente hay que cumplir. Queda muy bonita la historia del que lo abandonó todo por un sueño y consiguió realizarse personal y profesionalmente, pero en la mayoría de situaciones, eso solo nos llevará al fracaso.

Plantéese cómo quiere que sea su vida. Fíjese unos objetivos alrededor de ella (y no al revés). Siempre hay una alternativa.

Es posible que la suya pase por dedicar media hora al día a realizar eso que le hace sinceramente feliz. No se auto-engañe. Tan solo media hora. Si trabaja a media jornada, o quizás no tenga la suerte de tener actualmente un trabajo, tiene la ventaja del tiempo. Tiempo que puede dedicar a aquel sueño que lleva teniendo en mente desde que tiene uso de razón.

Esa media hora dará sentido a su vida, y le hará levantarse cada día con ganas de afrontar la jornada.

Si es algo que aporta a la sociedad, mejor que mejor. No (únicamente) por lo que representa, sino porque aunque pensáramos egoístamente, somos seres sociales, y está más que demostrado que si sentimos que estamos realizando algo por el resto, nos sentiremos mejor que si solo aportamos algo a nosotros mismos.

El fin debería ser la felicidad, el estar a gusto con nosotros mismos. Ahí radica el verdadero éxito.

El dinero ayuda, pero es un catalizador más (y paradójicamente de los menos importantes). Sentirse realizado, encontrarse, tener el control de nuestra vida, contar con el respaldo de los que de verdad nos importan (adelanto que a veces hay que alejarse de las personas negativas, las que restan) y ver que nuestro trabajo obtiene sus frutos, nos permite llegar a la tranquilidad de una vida plena.

Es el momento. Ni mañana, ni el 1 de Enero. Es hora de afrontar la vida a su manera. Si usted no lo hace, nadie lo va a hacer por usted ¡Feliz Navidad!