Los límites entre plasmar la realidad y retocarla en la fotografía móvil

foto iphone

En aquel artículo sobre cómo sacar mejores fotos con el móvil ya adelantaba un tema que es core para entender el mundo de electrónica de consumo de nuestra era: las cámaras de los smartphones se han vuelto de facto el campo de batalla de toda la industria.

Desde hace unos años llevamos en el bolsillo básicamente una cámara de fotos repleta de sensores  y permanentemente conectada que además, si eso, puede servir para realizar llamadas. La miniaturización de componentes, unida a la paulatina sofisticación del software, dan como resultado unos dispositivos que a todas luces son capaces de sacar mejores fotos en automático que incluso aquellos otros dispositivos cuya principal función es, precisamente, esa.

Y esto hay que agradecérselo, como decía, al hardware, pero sobre todo a la pata de código que hay por encima de él. Conforme más indago en ello, más me sorprende la enorme cantidad de cálculos que realiza la máquina desde que abrimos la app de fotos (ni siquiera desde que pulsamos el botón) hasta que la foto queda guardada en nuestra galería.

Por el medio, toda esa inteligencia artificial que nos llevan años vendiendo como el futuro de la electrónica hace acto de presencia, reconociendo patrones, diferenciando elementos de la imagen, encuadrándola, controlando variables tales como luminosidad, apertura, velocidad del obturador, y por supuesto retocando la toma según todo el conocimiento previo. Gestionando, a fin de cuentas, la estética, una disciplina que te recuerdo es puramente subjetiva, haciendo concesiones cuando así lo requiere, y aplicando filtros para en suma “mejorar la foto” cuando así lo ve preciso.

Por la intranet de mecenas ya he hablado en profundidad de todo esto, analizando estudios científicos en los que el objetivo era hacer comprender a una máquina qué hace interesante una toma, o cómo debería el sistema mostrarnos una imagen en una interfaz específica sin que se pierda la información más importante de la misma.

Y ayer vivimos uno de estos momentos cumbres, con la presentación del Pixel 3 (ES), un terminal que básicamente ejemplifica a la perfección la importancia de la cámara y la evolución de la fotografía informática. Entre las novedades de su cámara:

  • Mejor Toma, que saca varias fotos instantes antes e instantes después de que apretemos el botón, para identificar caras que estén sonriendo y no tengan los ojos cerrados, utilizándola para construir la toma final.
  • Zoom en Alta Resolución, que aplica algoritmos semejantes a los utilizados en fotografía espacial para minimizar el ruido al utilizar el zoom.
  • Visión Nocturna, que ataca justo al principal problema de las fotos móviles (las tomas con baja luminosidad).
  • Selfi de grupo, que no deja de ser un selfie con un 184% más de amplitud. Vaya, una especie de gran angular obtenido mediante software.
  • Fotos Retrato con profundidad de campo modificable, con un solo sensor trasero el Pixel es capaz de generar el efecto bokeh… y ofrecer al usuario la posibilidad de ajustar la profundidad del efecto. “Majia”.
  • Eso unido a ese HDR+ que es signo de la casa, y que se encarga de obtener varias tomas con diferentes variables para luego montar la foto final.

Y pese a todo…

Y pese a todo lo comentado, seguimos estando en pañales.

Al menos no lo suficiente como para que estos algoritmos molesten más que lo que realmente aportan. A fin de cuentas, la mayoría de los usuarios no tienen ni puta idea de estética, y mucho menos de fotografía. Así que cualquier ayuda, aunque sea muy limitada, mejora por regla general la toma más allá de lo que solo el ojo y la mano del usuario podría hacer.

Pero como toda nueva funcionalidad, aún hay que pulir mucho, y si hace unos años el mayor error de la industria radicaba en abusar del HDR (un servidor es el primero que tiene que entonar el mea culpa), lo que más vemos a día de hoy es el abuso exagerado de los filtros de belleza.

Ya sabes de qué hablo: una opción, disponible al menos en el modo retrato, que se encarga de, inteligencia artificial de por medio, reconocer rostros y reordenar creativamente nuestra cara para que parezca más bonita de lo que realmente somos. Que si unos ojos más grandes, que si una piel más tersa, que si menos imperfecciones…

El resultado es, por lo general, superior a nivel estético que la realidad. Frente a un modo retrato convenimente asistido por Inteligencia Artificial, la mayoría de los aquí presentes parecemos hasta guapos (sic).

Que un poco de “hamor” no viene mal a nadie. Pero claro, el problema viene cuando ese filtro se exagera hasta el extremo, transformando caras en otra cosa que puede ser lo más bonito que quieras, pero que no representa la realidad.

Algo que hasta ahora era posible hacer tanto en pre-procesado (niveles de modo belleza disponibles en la cámara) como en post-procesado (aplicaciones de terceros), y que temo acabe siendo la tónica de la industria, habida cuenta de esa decisión de diseño que han demostrado tener los iPhone Xs y Xs Max.

De cuando el filtro belleza viene activo por defecto sin posibilidad de desactivarlo

Hace un par de semanas di mi opinión sobre los nuevos iPhones. Los mejores smartphones que ha creado Apple jamás (¡normal, son los últimos!). Un ejemplo de control absoluto de la cadena de suministro de hardware/software/ecosistema, a un precio que claramente está hinchadísimo. Hace un par de años algunos nos llevábamos las manos a la cabeza con la llegada de smartphones que superaban los 1.000 euros. Este año ya hay algunos de Apple que superan los 1.600, y a este paso el año que viene rondarán los 2.000. En tres años, como decía en la pieza, ha aumentado el precio algo más de un 65%. ¿Por qué? Ni idea, porque siguen siendo iPhones y siguen valiendo para lo mismo.

Por un producto que, recalco, ofrece las mismas oportunidades que otro que puede llegar a valer hasta 10 veces menos. Pero todo ok, es Apple y pagas por ecosistema. Pagas por lujo, no únicamente por tecnología.

De ese artículo hasta ahora hemos empezado a ver reviews un poco más profundas, y como cabría esperar, estamos ante una de las mejores cámaras del mercado. Al nivel del Google Pixel 2XL, al nivel de la del Huawei P20 Pro. Con sus puntos fuertes y sus débiles, como todo.

Sin embargo, a algunos nos ha llamado mucho la atención descubrir que la cámara cuenta con un filtro de belleza activo por defecto y sin posibilidad de desactivarlo en el modo retrato. Un filtro que como queda claro en las imágenes compartidas por muchos usuarios de Reddit (EN) comparándolo con las fotos obtenidas en el iPhone X, claramente es bastante agresivo, y refleja unas tomas que ni de lejos se asemejan a la realidad. Pómulos más tersos, piel sin imperfecciones, eliminación de brillos (grasa) en el rostro e incluso clareado de tono de piel (lo que ya ha servido para que a la compañía le lluevan críticas sobre supuesto racismo tecnológico…).

foto iphonex vs iphonexs

Después de investigar un poco, nos damos cuenta de que ese supuesto filtro no es más que un efecto secundario de la forma en que tiene de trabajar el dispositivo.

Como ya seguramente sepas, los iPhones Xs, como algunos otros smartphones del mercado ya venían haciendo desde hace tiempo, sacan varias imágenes (4 en el caso del iPhone) de una misma toma para luego unirlas y quedarse con los elementos que les parecen estéticamente más adecuados.

Esto fuerza a que el obturador opere a mayor velocidad y mayor ISO, y por ende, el resultado final tendría mayor ruido. Para evitar esto, la compañía aplica una serie de filtros de suavizado (EN) que por un lado homogenizan la imagen (algo bueno) y por otro aplican esa especie de filtro de belleza, alejando la toma de la realidad.

La parte buena es que parece que Apple ya es consciente de esto (EN) y conforme sus sistemas de AI vayan sofisticándose, el efecto negativo irá minimizándose. Que a fin de cuentas, es un problema de software, y como suele ocurrir en estos casos, se puede solucionar con futuras actualizaciones.

Algo que me recuerda muchísimo el tenso debate que se vivió en su día con la paulatina hegemonía del HD en las pantallas. El grano de los televisores de tubo (un efecto secundario de la tecnología utilizada) jugaba a favor de crear esa “atmósfera del cine” que tan bien sentaba a géneros como el del terror. Sin embargo, la llegada del HD, y en especial del Full-HD y el 4k, con la nitidez casi hasta innatural de la que hacen gala, les da a la mayoría de obras un halo de telenovela (colores más vivos, mucha luminosidad en los rostros…) que juega en su contra. Un tema del que por cierto hablaré de pasada (estamos viviendo una situación parecida con otra licencia tecnológica que afecta al discurso creativo) en el próximo artículo publicado en Patreon.

El efecto secundario de una exposición continua a filtros de belleza… y a la capacidad mediática del líder

La parte que más preocupa es que realmente estas decisiones acaben pasando de algo puramente anecdótico y hasta cierto punto inesperado (como entiendo que es el caso), a algo que los fabricantes buscan. Todos quieren ser Apple, incluso copiando sus errores.

Una cosa es que el filtro de belleza se ofrezca por defecto activo a un nivel medio, y otra bien distinta es que éste venga impuesto para cualquier fotografía que hacemos.

Ya hay estudios que demuestran un aumento de las peticiones de cirugía plástica (EN) influenciadas por la idea que el usuario tiene del Yo físico que ve en sus selfies. Que al parecer cada vez más pacientes recurren a la consulta del cirujano no con una foto de X famoso, sino con su propias creaciones obtenidas de fotos suyas con el modo belleza.

Una disociación del Yo que está impactando nocivamente (EN) en esos grupos de riesgo esperables (niñas, adolescentes, adultos con baja autoestima…), al darse cuenta que lo que ven y demuestran digitalmente de sí mismos no concuerda con lo que el espejo les muestra.

Que a nadie le hace mal, como decía, verse un poco retocado en una foto. Pero cuando toda tu presencia digital se hace mediante una máscara artificial, es cuando empiezan a surgir problemas serios de personalidad, de amor a uno mismo, y en última instancia de depresión, anorexia, bulimia y el resto de enfermedades mentales en las que todos estamos pensando.