Inteligencia artificial, sentimientos e invisibilidad

Este sábado vi HER (ES). Sí, sé que voy con retraso, y muchos otros han hecho sus reviews correspondientes, pero mi intención va más por otros derroteros.

HER

Llevaba tiempo con ganas de verla. Había oído muy buenas críticas, y pese a que a priori, una historia de amor entre un hombre y una máquina no es precisamente el tipo de películas que me gusta ver, generaron en mi una expectación lo suficientemente alta como para engañar a la pareja en la noche de ayer.

La ví acompañado de ella, a la cual sí le gustan las películas ñoñas, y que medio dormida a mitad dijo eso de que le parecía la peor película que había visto en su vida. Lo digo para que vea los dos extremos. Para un amante de la tecnología, seguramente el interés vendrá no solo por la historia, sino por lo que la rodea, mientras que para aquel que espera encontrar un drama amoroso saldrá seguramente asqueado.

El caso es que como dije, dejo para otros el análisis y la crítica cinematográfica, que estamos casi en Septiembre y esta se estrenó en Mayo, pero sí quería señalar varios puntos que me han hecho pensar en cómo podría ser el futuro tecnológico de nuestra sociedad:

  • El entorno invisible: Quizás lo primero que llame la atención al espectador es que pese a estar varios años adelantada, todo lo que nos rodea es casi igualito a lo de ahora. Ni hay niños en monopatines voladores, ni ordenadores con interfaces gestuales ni nada que se le parezca. Es mas, la propia moda nos evoca irrefutablemente con sus pantalones subidos por la cintura, las gafa-pasta y el socorrido bigote al más puro estilo Charlie Chaplin a ese histórico ciclo en el que todo se repite. El futuro podría ser como el pasado, y de hecho seguramente herede tendencias que hoy en día consideramos anticuadas. Bajo este pretexto lanzo la primera bomba, y es que como en su momento dije, lo más probable es que el futuro de los gadgets tecnológicos sea el de ser invisibles. Nada de unas Google Glass aparatosas frente a la cara. Nada de SO manejados con guantes Minority Report. Hablamos de un diminuto audífono que se mete en el oído y de una especie de cartera que se lleva en el bolsillo y que gracias a una pantalla (que por cierto, nada de 5,5 pulgadas, lo chic vuelve a estar en 4,x) y a una cámara, nos permite interaccionar con la tecnología. Todo es mediante voz, salvando, claro está, aquellas acciones que por voz no pueden llevarse a cabo (como ver una fotografía). Se desdibuja (afortunadamente) la unión entre hardware y software. Ya no hablamos de PC o Mac, de iOS o Android, sino de dispositivos impersonales, sencillos, que permiten al interesado cambiar de SO cuando así lo deseen. Un futuro en el que el usuario volverá a tener el control.
  • IA en su estado puro: Intentando no lanzar spoilers, básicamente la película gira entorno a un nuevo sistema operativo, OS1, que ofrece, mediante el histórico de conocimiento y hábitos del usuario, más alguna que otra pregunta inicial un tanto forzada, generar una suerte de sistema operativo personal que irá aprendiendo. Aquí, y esta vez gracias a la magia del cine, sí nos encontramos con una inteligencia artificial real. Nada de los intentos actuales de emulación de la inteligencia. Una IA que descubre cómo sentir (o como emular un sentimiento) y que consume información a ritmo alarmantemente alto, lo que le lleva a hacerse esas preguntas que tanto miedo nos darían (y seguramente nos darán) en la realidad.
  • Sentimientos: Llegamos al quid de la cuestión. Cuando una máquina llega a darse cuenta de su existencia, y consigue manejar de forma objetiva sentimientos (si es que eso puede llegar a ocurrir), podría darse el caso que se pregunte el porqué de su existencia, o si todo lo que está viviendo no es más que parte de una sandbox programada a priori. Si una máquina es capaz de generar su propio código, de evolucionar, quizás llegue el momento en el que viera como enemigo al propio ser humano, o que incluso entendiera que lo más correcto para protegerlo sea acabar con él. Esto poniéndose catastrofista. En la película esta necesidad de dar con la respuesta universal llevará a los OS1 por otro camino… no tan sangriento (tranquilo, la trama no se acerca ni de lejos a Terminator :)). Pero es un tema que debería preocuparnos, ya que no sé hasta qué punto dotar de una inteligencia “humana” a una máquina podría acabar por volverse en nuestra contra. Y digo esto después de haber escrito casualmente en el día de ayer el artículo del CIGTR (ES) el caso de ese CSER (Centro de Estudio del Riesgo Existencial) formado bajo los muros de la Universidad de Cambrigde, y que está en estos momentos seguramente debatiendo los riesgos de una inteligencia como la de Samantha.

En definitiva, tres elementos que bajo mi punto de vista se han tratado de forma magistral en la obra de Spike Jonze, que podríamos considerar como una mirada quizás muy acertada de lo que nos depara el futuro: tecnología invisible, IA personalizada, y los riesgos que ello conlleva.