xbox game pass

Así de tajante soy.

Hace unas semanas tuvimos E3, y como viene siendo habitual, las conferencias de la mayor parte de grandes de la industria. Y la de Microsoft fue, de lejos, la más interesante de todas.

¿Por qué? Pues por esa coletilla que acompañaba cada lanzamiento: Day One on Game Pass.

Y sí, sigo defendiendo eso de que no percibimos el producto de la misma manera cuando lo compramos que cuando lo consumimos incluido en una tarifa plana. Que los servicios de streaming de contenido, como es el Game Pass, no son tan democráticos como a priori podrían parecer. Que cada nuevo servicio de suscripción pone una pequeña lápida a las aspiraciones de ahorro de una familia. Todo lo que tú quieras.

Pero Microsoft tiene claro su discurso: Puedes comprar el juego por los ochenta euros que cuesta de lanzamiento un triple A de nueva generación, o pagar prácticamente lo mismo por jugar durante un año a ese juego y a cientos más.

Y en efecto. El juego no es tuyo. Que no te pertenece. Que no lo puedes revender, ni pasárselo a un amigo. Y, además, lo mismo en unos meses acaba el acuerdo de Xbox con la editora, y pierdes al momento la capacidad de disfrutarlo.

Todo lo que tú quieras.

La cuestión es que aún con toda esa pérdida de derechos, el coste que estás pagando por todo lo que ofrece el Game Pass merece muchísimo la pena.

Que hoy en día es literalmente imposible que no encuentres en el extenso catálogo de Game Pass al menos unos cuantos títulos que quieras jugar. Sean Triple A (de Xbox, de alguno de los más de veinte estudios que Microsoft ha comprado, o de los acuerdos que tiene con otros grandes como EA), sean doble A, sean indies.

E iría aún más: Al menos a un servidor le está sirviendo para probar muchísimos juegos que sin lugar a dudas no hubiera comprado.

El otro día, sin ir más lejos, tuve una tarde de fin de semana tonta en la que me tragué, entre pecho y espalda, juegos como Narita Boy, Hard Corps: Uprising, Star Wars: Squadrons, The Gardens Between, Neoverse, Clustertruck, Carrion, Super Lucky’s Tale, The Tourist, Void Bastards, West of dead,…

¿He acabado alguno? Pues no. Les dedicaba un ratito, veía si me llamaban o no la atención, y al siguiente.

Así, he descubierto que, por ejemplo, Narita Boy no me gusta (podría mentirte y decirte lo contrario, pero no he encontrado alicientes por ahora para volver). Que The Gardens Between es una pequeña obra maestra. Que West of dead probablemente acabe comprándolo para la Switch.

Y algo parecido me pasó hace ya unos meses. Probé Slay The Spire, y a la media hora de estar jugándolo compré la versión física del juego para Switch. Ahora lo juego en las dos consolas según se me antoje.

Si hubiera tenido que hacer esto comprando los juegos por separado, me habría dejado alrededor de 300 euros. Y por esa misma presión de haber pagado por el producto, seguramente me hubiera sentido forzado a dedicarles bastante más tiempo.

Pero los he podido disfrutar por los escasos 80 euros que pagué en su día por una suscripción anual (sí, la suscripción anual son 130 euros, pero a poco que sepas dónde buscar (ES), seguro que la encuentras mucho más barata). Lo mismo que cuesta actualmente un juego triple A de lanzamiento.

Y es que soy pesado con ello, pero es que, exactamente igual que pasó en su día con la música o el cine, la industria del videojuego está a las puertas de esa suerte de comoditización esperable.

Si no ha ocurrido actualmente, es sencilla y llanamente porque no tenemos la infraestructura para que ese cambio se haga de forma brusca y masiva.

Una canción o una película se pueden reproducir sin mayores problemas vía streaming. Lo que supone, de facto, que no es necesario que tengamos un dispositivo específicamente creado para ello.

Con los videojuegos, sin embargo, sí estamos a nivel tecnológico en ese momento (plataformas como Stadia de Google, o xCloud de la propia Xbox, así lo demuestran), pero las conexiones con latencia casi nula son todavía una utopía a poco que salgas de las grandes urbes en países desarrollados.

Lo que supone que todavía nos quedarán unos cuantos años pegados, aunque sea de forma indirecta, al paradigma de consolas de videojuegos, con grandes de la industria como Sony y Nintendo centrando su estrategia en el negocio de la venta de hardware y juegos en físico.

¿Significa esto que tarde o temprano van a desaparecer? Pues tampoco. Igual que ahora, quien quiera, puede tener un blurray en su casa. Igual que, quien quiera, puede coleccionar CDs o vinilos y escucharlos en un reproductor.

Que los que disfrutamos con las consolitas podremos seguir haciéndolo. Lo que no quita que, sobre todo con la idea de acercarse a las nuevas generaciones, que recordemos han crecido con la idea de un dispositivo generalista para controlarlos a todos (el smartphone), el futuro sea eminentemente multiplataforma.

El que paguemos una suscripción, y podamos jugar en nuestra consola, pero también en nuestro televisor, en el smartphone, el ordenador, en la cafetera…

A eso es lo que lleva desde 2017 jugando Microsoft, y con la dupla Game Pass/xCloud tiene la base tecnológica para ofrecerlo.

Así que bienvenido sea el pago por servicio a una industria tan tradicionalista como es la del videojuego.

Como ya dije en su día, pese a que actualmente el coste de un videojuego es más alto que nunca, jamás en la historia hemos tenido la capacidad de disfrutar de tanto, y de tal calidad, pagando tan poco.

Algo perfecto para los jugadores casuales como un servidor, que consumen casi más sobre la industria (noticias, streamings, podcasts,…) de lo que juegan. Ya no hablemos de los jugones natos. Aquellos que tienen la suerte (o las ganas) de dedicarle muchas horas al vicio…


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