El generalismo como perfil profesional y educativo

Seguramente muchos de vosotros recordéis cómo el perfil profesional de hace unos años giraba entorno a una premisa: la especialización. Un sistema educativo centrado en el embudo de llevarnos de lo general o lo específico, habituándonos desde pequeño a decidir qué sector activo queríamos ocupar.

renacentista

Dreig escribía (ES) recientemente sobre ello. Los tiempos han cambiado, sea por los estragos económicos de la crisis, la alta tasa de paro, o por la simple necesidad de una figura agregadora, veo que conforme pasa el tiempo, ese perfil de especialista empieza a peligrar frente a la antítesis de su surgimiento: los perfiles generalistas.

Esos individuos cuyo punto fuerte no es el conocer mucho de un sector, sino el ser capaces de unir cabos y dar sentido, relacionar patrones que una mente especializada quizás no sea capaz de establecer.

Hablábamos de ello referencialmente en el artículo sobre la analítica y el Big Data de la semana pasada, y me reafirmo aludiendo a toda esa ola de nuevas adquisiciones en grandes empresas. Una tendencia quizás influenciada por la importancia de la innovación en las compañías, y el intento de emular la filosofía startup. Perfiles diversificados, generalistas, enfocados en varios valores, que reman a corriente con la forma de entender el trabajo de las nuevas generaciones.

La unión acertada de humanidades y ciencias, que tanta falta nos hace. El conocimiento diversificado, que queda presente en el auge de los MOOCs, de los blogs, de los foros,… Espacios del tercer entorno donde se simplifica hasta su máxima expresión los elementos de estudio, con el fin de que el lector-estudiante sea capaz de absorber cuanta más información dispar mejor. Que conozca un poco de todo, que ofrezca nuevas lecturas, apoyado en conocimiento distinto al habitual en el campo estudiado. Ofrecer las herramientas, y que sea él quien aprenda a usarlas.

Por supuesto, pedir esto al canal oficial (FP, universidades) es un despropósito. Aquí en España entraba recientemente en vigor (vigor real, que una cosa es que se acepte, y otra que llegue) el Plan Bolonia, que ofrece justo lo que ahora parece que ya no está IN, la especialización. Algo normal, testigo en silencio de los lentos procesos de evolución de un sistema piramidal que debe beber de muchas fuentes. Fuentes que en algunos casos han perdido el norte, y que por razones políticas o de conveniencia siguen por ahí presentes, como si de un museo renacentista se tratase.

¿Hay solución? Por supuesto. Toda revolución debe empezar con un cambio en la sociedad, que irá influyendo en el resto de sistemas que sustentan nuestra civilización. La industria, más favorable a los cambios, tiende a secundarlos rápidamente. La educación no reglada nace hoy en día de la propia sociedad, y está claro que es de las primera beneficiadas. Luego llegará la política, bajo la presión de nuevas elecciones, y por último, el resto de organizaciones públicas, que dependen más de la anterior que de la propia sociedad.

Entre medias, se quedan varios años de atraso, que habrá que ir paulatinamente decrementando sino queremos encontrarnos un futuro distópico en el que la Universidad esté tan perdida que ya no resulte interesante. Como en muchos otros casos, quizás la solución pase por eliminar intermediarios… Ahí lo dejo 🙂