La gestión de la identidad y el valor envenenado del Me Gusta

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Quedamos con los amigos en un bar y mientras nos acomodamos, alguno hace check-in. Seguro que en algún momento, surge la idea de sacarse una foto y subirla a Facebook, o de twittear lo genial que lo hemos/estamos pasando.

El objetivo de esta acción no es reafirmarnos entre los que estamos sentados en la mesa, sino precisamente entre todos aquellos que no lo están. Buscamos desesperadamente el apoyo de los demás.

Un Me Gusta en Facebook, un RT en Twitter, los +1 de Google+, los pineos de Pinterest, el karma de Menéame y en definitiva, el resto de elementos sociales del mundo digital, actúan como catalizadores del ego personal.

Y esto, como era de esperar, viene de lejos. Precisamente de la cultura de nuestro siglo, que intenta dar sentido a la Gran Mentira de la sociedad con un arma que aunque buena, no deja de estar envenenada. “Cada uno de nosotros somos único“.

Bajo este paradigma nos han educado, y aunque el sistema encuentra maneras de premiar la mediocridad y señalar al que se separa del rebaño como peligroso, como radical, en esencia premia el sentimiento de que si queremos, podemos conseguirlo.

Esto permite alimentar el ego, y hasta cierto punto, evitar que en efecto hagamos algo. Porque a efectos prácticos, un Me Gusta no es más que un recurso digital. Pero es posible que millones de Me Gusta continuados permitan a una persona vivir de su ego, que millones de vistas en Youtube o millones de lecturas en un blog se materialicen en un trabajo que ya no solo te reafirma entre la sociedad, sino que también te permita llenar el estómago.

Hablamos de karma digital, de reputación, para lo bueno y para lo malo. La mayoría de servicios únicamente dan la opción de ofrecer apoyo positivo, pero su uso (o la falta de él) conlleva intereses tergiversados.

¿Le darías Me Gusta a una actualización de un amigo que acaba de descubrir que tiene cáncer? Y en caso de hacerlo, ¿cuál sería la razón? Apoyo quizás, pero ¿y la lectura que harían el resto de conocidos? ¿Podría afectarte reputacionalmente esa acción?

O esa foto que sube María sacando morritos a Instagram, y que por las razones que sea, acaba sin recibir ningún corazoncito. Ni siquiera del grupito de amigas del colegio, que han acordado de palabra darse corazones entre ellas.

Para María es posible que la falta de corazones en una aplicación sea motivo suficiente para chafar su día. ¿En qué habré fallado? Se pregunta. ¿Por qué nadie me ha dicho lo guapa que estoy? Y eso le afectará en la vida física, puesto que lo que ocurre en el mundo digital, no se queda únicamente ahí.

Reputación e Identidad Social, que cobra protagonismo en la mayoría de servicios de estos últimos años. Desde esos buscadores ansiosos de actualizar sus algoritmos de posicionamiento, pasando por los agregadores y curadores de contenido y las redes sociales.

Unos engranajes bien engrasados, que pecan de ingenuos al esperar que el resto de la sociedad los alimente sin segundas intenciones. Incluso a sabiendas que lo que de verdad nos importa, si no va alineado con la idea del Yo que queremos transmitir socialmente, no lo compartimos usando las herramientas habilitadas para tal labor.

Quizás me interese publicar artículos de esta temática no porque en efecto sea sensible al problema X tratado, sino porque sé que funcionan entre mis lectores.

Y puede ocurrirme, si me baso en el principio de autoridad de las estadísticas, que debiera escribir día tras día de Android, ya que por alguna extraña razón del destino posiciono muy bien este tipo de temáticas frente a otras que al final son de las que me apetece escribir.

Ahora usted lee esto, le parece interesante (aunque sea para llevarme la contraria), lo comenta, y con ello, alimenta mi ego. He dicho varias veces que el motivo principal de escribir día tras día en este blog es precisamente dejar por escrito mis reflexiones sobre X temas en un momento específico de la vida, y mentiría si creyera que un diario guardado en el cajón de una cómoda me dotaría del mismo placer que el saber que además de servirme egoístamente a mis intereses, estas palabras son consumidas por cientos (miles, a veces) de lectores, y que quizás sirvan de inspiración para alguno de ellos.

Esto último tiene una lectura a considerar, y que según han demostrado en un estudio del Pew Research, no me señala como el único “rarito” al que esto de escribir “le pone”.

El 76% de los blogueros reconocen que una de las razones de trabajarse los artículos es la documentar su visión personal.

Es decir, que ególatramente entre los de nuestra generación, hay un sentimiento reputacional que nos empuja a creer que lo que vivimos como individuo le va a interesar al resto. Y con ello, precisamente lo que conseguimos es que de verdad acabe por resultar valioso a esa pequeña porción de la sociedad.

La reputación es, a fin de cuentas, la moneda de mayor valor del siglo XXI. Sin reputación no somos nadie. Con ella, podemos romper barreras culturales y sociales, atajando o creando nuevos caminos que a su vez rompan con la estructura lógica del sistema.

Lo cual, de por si, abre un mercado interesantísimo (y bien remunerado) en aquellos que decidan tirar por la gestión de la reputación y la identidad. Entender los entresijos sociológicos que rigen el tercer entorno, apoyándose lo justo y necesario en la analítica, para “hackear” aquello que nos viene autoimpuesto y reconducir los efectivos al alcance hacia los objetivos pretendidos.

De eso va precisamente la reputación. Que bien gestionada es la llave que abre todas las puertas que usted vea conveniente abrir. Incluso, aunque espero que esto no salga de aquí, aquellas que el sistema no quiere que abramos.

Pero para llegar a ello hay que realizar una labor intelectual de muy señor mío, comprendiendo que en sí la reputación se basa en diferentes acuerdos sociales, muchos de ellos diametralmente opuestos.; que no hay división real entre mundo físico y digital, ya que los dos afectan por igual a nuestro día a día; y que la autoestima depende en última instancia de la reputación dentro del colectivo. El saber anteponerse ante la crítica, positiva o negativa, ante la falta de crítica, es básico para ganar la batalla.

¿Se apunta?