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Gobernar un país no es lo mismo que dirigir una empresa, y aunque yo mismo me considero liberal en lo económico, creo que este punto hay que repetirlo una y otra vez.
La tentación de pensar que la democracia funcionaría mejor con la “eficiencia” de un CEO es comprensible… pero profundamente peligrosa.
- ¿Qué pasa cuando confundimos un presupuesto público con un balance trimestral?
- ¿Qué riesgos enfrentamos al dejar que el poder político se convierta en el principal accionista de la economía?
- ¿Y de qué forma esta deriva erosiona la confianza en las instituciones y normaliza la corrupción?
Son tres preguntas muy incómodas, pero absolutamente necesarias, que intentaré desarrollar a lo largo de este artículo.
¡Vamos al lío!
La ficción del país-empresa
Llevo más de una década trabajando con PYMES, multinacionales y proyectos propios.
Y os puedo decir algo desde la experiencia: por muy bien que te vaya, por mucho que creas que “lo tienes todo controlado”, una empresa es siempre un ente frágil que puede quebrar mañana.
Un país, en cambio, no puede permitirse ese lujo.
No puedes “liquidar activos” cuando millones de ciudadanos dependen de esos servicios esenciales.
No puedes despedir a media población porque las cuentas no salen.
De hecho, esta idea de que un país necesita un CEO me recuerda un poco a esas películas donde el villano cree que puede imponer orden absoluto aplicando la lógica fría de la empresa. En RoboCop (1987), OCP compra la ciudad de Detroit y la convierte en un “negocio”.
¿Cuál es el resultado?
Una urbe más violenta, deshumanizada y con servicios básicos que ya no funcionan si no pagas.
Exactamente el tipo de distopía al que se llega cuando alguien equipara el bien común a una cuenta de beneficios.
El espejismo de la eficiencia autoritaria
Trump lleva años repitiendo que él es un gestor, un hombre de negocios que sabe hacer tratos.
El problema es que, como cualquier analista puede comprobar, sus negocios han terminado en quiebras sucesivas, fraudes y acuerdos judiciales millonarios.
Imaginar que este mismo perfil en la presidencia traería “eficiencia” es como creer que un speedrunner de videojuegos puede dirigir un hospital porque sabe optimizar rutas en Dark Souls.
No es el mismo contexto, y la obsesión por ahorrar segundos o exprimir atajos puede ser mortal en la vida real.
Un país no necesita velocidad a cualquier precio. Necesita contrapesos, leyes claras y regulaciones que funcionen incluso cuando quien gobierna no es de tu equipo.
El papel de un buen sistema democrático no es “ahorrar costes” (más bien todo lo contrario, ya sabes…), sino amortiguar errores y evitar que un líder personalista convierta lo público en su cortijo privado.
Pay-to-play: cuando la política se transforma en chantaje
El caso de Intel y el “diezmo” a Nvidia y AMD es un ejemplo cristalino de esta perversión.
Convertir licencias de exportación en subastas con peajes al Tesoro abre la puerta a un modelo mafioso: paga o no vendes (EN). Y la excusa de que “es por proteger la seguridad nacional” se desmorona en cuanto ves que todo depende del humor del presidente y de con quién haya hecho un trato la semana anterior.
He trabajado con empresas tecnológicas medianas que me decían exactamente lo mismo: “Es más barato pagar para no tener problemas que meterse en pleitos regulatorios que duran años”.
Eso en el sector privado quizá pueda sonar lógico. Pero en el plano público significa que la norma desaparece, y lo que queda es la extorsión institucionalizada.
Cuando el regulador se convierte en socio
Pensad en la contradicción: el mismo Estado que debe vigilar y regular a las tecnológicas, ahora busca ser también su accionista y su cobrador.
Como si al árbitro de un partido lo pusieras en la delantera de un equipo.
¿Qué confianza puede quedar en el resultado?
Y es que, el peor daño de tratar a un país como empresa no está en el corto plazo, sino en lo que erosiona a las instituciones.
Cuando la ciudadanía asume que todo en política se compra o se negocia como un contrato, la confianza desaparece. Y sin confianza, la democracia se degrada en un espectáculo vacío.
Los mercados financieros pueden tolerar volatilidad, pero un país no. Una multinacional puede ocultar pérdidas, despedir gente y reinventarse, pero un sistema republicano no puede reconstruir legitimidad democrática desde cero sin un coste brutal de inestabilidad.
Y aquí viene la paradoja liberal
Yo, que me considero liberal, lo digo con total claridad: llamar a esto “pensar como un CEO” es un insulto a los buenos CEOs y al propio liberalismo.
- Porque entre la libertad de empresa y la captura del Estado hay una diferencia abismal. Lo primero se basa en asumir riesgos, competir y crear valor.
- Lo segundo es sencillamente rentismo político: usar el poder de la ley para garantizar tus ingresos y neutralizar competidores.
Que un empresario negocie duro es legítimo.
Que un presidente negocie su propio porcentaje por permitir exportaciones no lo es.
Es, de hecho, justo lo contrario al liberalismo.
De ahí que Trump represente precisamente la antagonía al libre mercado. Él lo que quiere es un sistema estatista, mucho más cercano a la figura de sistemas como el Chino o el Ruso, donde el gobierno es amo y señor de todos los negocios.
La diferencia entre empresa y país está precisamente en que las reglas en democracia deben ser para todos, no solo para quien pueda comprarlas.
En fin, que un país no es una empresa.
Un país no puede ni debe gestionarse con la lógica del trimestre, ni del beneficio inmediato, ni de la acción que más rápido sube en bolsa.
Gobernar es servir al conjunto de los ciudadanos, incluidos los que no votaron por ti. Y los contrapesos, por incómodos que parezcan, son lo que nos salva de tener que depender del humor de un jefe con delirios de CEO.
Avisado quedas :D.
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