libertad de expresion

¿Cual es el problema? Tú mismo has dicho que tenía que correr la sangre de unos pocos si queremos salvar a miles de millones de la perdición. Son tus palabras.

¿Necesitas más tiempo para pensar en qué? ¿No te das cuenta de que es la única forma de que nos hagan caso?

Siempre despreciarán a la gente como tú y como yo. Hagamos lo que hagamos estamos jodidos desde el principio. Te sacan de su vida de una patada en cuanto la cagas, y te dejan en la lista negra para siempre, ¿lo entiendes?

¿Es que no te das cuenta, joder? ¿No notas el desprecio, la altivez? Para ellos siempre serás un don nadie.

¡Pero yo no soy un don nadie! ¡Te repito que yo no soy un puto don nadie!

Con este monólogo Tomek, el protagonista de Haters (ES), la nueva ópera prima de Netflix, se desdice amparado por el anonimato de un personaje en un MMORPG y convence a un activista pro extrema derecha de perpetrar un atentado contra Paweł, el candidato a alcalde de Varsovia por un hipotético partido de izquierdas polaco.

Casualidades de la vida, tres semanas después de que terminase el rodaje de la película, Paweł Adamowicz, alcalde liberal de Gnasdk (ES), correría la misma suerte, solo que en la realidad, en un evento benéfico de Navidad. Su asesino, un extremista de derechas, levantó las manos triunfales tras asestarle varias puñaladas y defendió micrófono en mano tal atrocidad ante los atónitos ojos de los allí presentes.

Jan Komasa, el director de Hater, decidiría a la vista de la situación estrenar la película meses más tarde, y luego con el coronavirus la cosa se ha alargado hasta que este agosto hemos tenido la suerte de poder disfrutarla.

Porque vaya si merece la pena dedicarle esas 2 horas 16 minutos que dura el largometraje.

Los grises de cualquier opinión

Vaya por delante que soy de los que, de inclinar la balanza hacia algún lado, este tenderá egoístamente hacia proteger dicha ley. Y así lo he dejado claro en más de una ocasión, poniéndome hasta del lado de los racistas, xenófobos o machistas en casos muy puntuales, ahí donde creía que se estaba intentando juzgar a una persona o colectivo que nada tenían que ver con sus ideales.

Ahora bien, hay límites en todo.

Lo decía muy bien Pablo Violler en un artículo de hace unas semanas (ES):

La saña, la ironía e incluso la mala educación (en la medida que no constituyan acoso o amenazas) son todas conductas desagradables e indeseables, pero que están amparadas por la libertad de expresión. Por el contrario, conductas como el racismo, el sexismo y la xenofobia (que afectan desproporcionadamente a sectores vulnerables y excluidos de la población) no son discurso protegido y deben ser activamente combatidas.

Paradójicamente, se denuncia censura al ser víctima de lo primero, pero se invoca la libertad de expresión para justificar lo segundo.

Me quedo con esta última frase porque creo que sintetiza muy bien el mundo que nos rodea.

El otro día, sin ir más lejos, no pude mantenerme callado en una de esas actualizaciones de estado compartidas por un amigo en el que hablaba de que el tema de los okupas es una mera cortina de humo para ocultar, nuevamente, los atropellos de la banca o los políticos. Que según los datos de enero y julio, la okupación era solo de un 0,03% de todos los pisos disponibles en España.

Como le dije yo y también algunos más, no dudaba que en parte hubiera intereses de ese estilo, pero eso no quitaba que:

  • Ese 0,03% no fuera correcto, ya que solo recogía los pisos okupados en ese medio año, y no todos los que ya estuvieran okupados.
  • La tasa de homicidios de España, por hacer otro símil, era muchísimo más baja, y no por ello creo que nadie piense que a un homicida no hay que darle con todo el peso de la ley.

Salió hasta una chica hablando de lo que sufrió su familia cuando unos okupas le quitaron durante meses su piso. Les conté lo que un abogado experto precisamente en gestión de herencias e inmuebles al que asesoro en temas de digitalización me había contado, encontrándose verdaderamente perdidos para conseguir que en efecto la policía tenga el derecho de echar a unos okupas de una casa que tiene dueño, y aún así, como suele ocurrir con la mayoría de gente cuando le enseñas datos y casos reales, me respondía una y otra vez que todo esto eran «casos individuales».

Como si esos «casos individuales» no fueran representativos de la realidad, vaya.

Es así como funcionan, precisamente, las campañas de tergiversación del discurso.

La excusa de la libertad de opinión y/o censura

Volviendo al caso de Haters, la película narra las aventuras de Tomek, un chaval expulsado de la carrera de abogado por copiar (ergo, ya con ese sentimiento de formar parte de la «lista negra») que encuentra precisamente en su falta absoluta de ética, su capacidad innata para copiar ideas y conceptos de los demás, y su afán hasta psicótico por formar parte de las élites, las armas perfectas para prosperar en una «agencia de marketing» que se dedica a generar fake news para destruir a empresas y personas.

Una compañía que venden la idea de que hacen marketing y reputación online, y que realmente lo único que ofrecen es generar mierda, sacar trapos sucios de terceros, y si no los hay, inventarlos.

Hasta aquí nada que nos debiera sorprender. En política, y más en estos últimos años, la generación de fake news está a la orden del día, y ya se ha demostrado que tanto la izquierda como la derecha está detrás de buena parte de los movimientos supuestamente orgánicos que aparecen en las redes sociales (tema de los okupas incluido, por cierto).

Y pese a todo, las redes sociales no han creado el problema. La propaganda se hace desde que el hombre se ha juntado en sociedades. Tenemos ejemplos de propaganda en pintadas encontradas en las ruinas de ciudades griegas o termas romanas.

Simplemente ahora, con las redes sociales, se ha democratizado el acceso a la creación de dichas campañas, de forma que lo que antes costaba muchísimos más recursos y tiempo (generar el debate público suficiente como para que la ola de odio recorra a un porcentaje significativo de la sociedad), ahora se puede conseguir en cuestión de días, y bajo el esperpento de plataformas publicitarias hipersegmentadas como la de Facebook.

Si de algo ha servido el escándalo de Cambridge Analytica (muy bien explicado en la película Brexit), ha sido para constatar que dichas herramientas, en malas manos, sirven para desestabilizar cualquier democracia moderna, acercándola hacia derroteros extremistas.

Y esto me lleva nuevamente al párrafo citado de Pablo en su blog. Ese en el que señala que lo fácil, cuando nuestro discurso es refutado, es intentar desacreditar al otro de cualquier manera, incluso aseverando que tienes derecho a la libre expresión.

Pues lo cierto es que sí.

Tú puedes decir lo que quieras. Como también cualquier otro puede llevarte la contraria.

Y si lo que dices hace potencialmente daño a un colectivo o está basado en información claramente manipulada o sesgada, cualquiera tiene todo el derecho del mundo a denunciarte.

Que no hay que defenderse con la exclusa de la libertad de expresión o la censura cuando nos interesa.

Que por más que nos joda que nos lleven la contraria, o peor aún, a nuestro político favorito, servicios como Maldita o Newtrall están haciendo bien su trabajo documentando potenciales bulos que mucha gente toma como verídicos.

Que la realidad no está únicamente en blanco y negro, sino en una muy dilatada gama de grises. Esos mismos que los movimientos populistas, tenga una u otra bandera, obvian para facilitar su discurso y por tanto acercarlo al pueblo.

Así que sí. Tienes todo el derecho del mundo a decir lo que quieras, siempre y cuando no atente contra la integridad del resto de personas o tenga un fin desinformativo.

Por que en caso contrario es obligación de esas plataformas el moderar dicho contenido. Tu libertad termina donde empieza la del resto de personas. Es tan sencillo como parece.

La alternativa es un mundo de muchos Tomek, donde la desinformación mata gente y los movimientos populistas campan a sus anchas.

Sea en redes sociales o sea en la barra del bar, por cierto. La única diferencia es que en las redes sociales las pruebas se quedan ahí para siempre, y una huella digital dañina puede pasarte factura el día de mañana.

Ver el trailer de Hater (ES)

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