La hegemonía de la mediocridad y los retos sociales que conlleva

mediocres

¿Sabe eso que dicen de que no deberíamos consultar el móvil antes de dormirnos? Pues quien escribe estas palabras tiene la manía de hacerlo, y esta vez me ha salido rana.

Estaba hace un momento vagando por Facebook cuando me he encontrado el artículo de Héctor G. para El Confidencial sobre la paradoja de los empleos considerados “importantes”, socialmente hablando, asociados a sueldos claramente insuficientes (ES).

Lo he devorado con presteza, he apagado la pantalla y de paso la luz de la mesita, y me he echado a dormir. En seis horas me levanto (mañana toca congreso), pero que me aspen si no saco de mi cabeza todo lo que en este momento se está amontonando en ella.

Así que aquí estoy nuevamente. Y es que, con matices, el bueno de Héctor ha dado donde dolía.

Sobre el mundillo del emprendimiento

(o en definitiva, de todos los sectores considerados necesarios en la sociedad)

Lo he dicho ya en más de una ocasión. Me considero una persona muy afortunada.

Vengo de una familia humilde, pero jamás me ha faltado de nada. He podido estudiar la carrera que quería. Me he “equivocado”, y he cambiado a otra cuyo futuro era bastante más incierto. Y es verdad que quitando algún que otro curso, siempre he estudiado con beca, pero es que por si no lo sabe, la beca en España te cubre, a lo sumo, el precio de la matrícula, no el resto de gastos.

En mi caso, ya no solo hablamos de los académicos (que en BBAA son, y muchos), si no también los del alquiler de piso en Madrid, una de las ciudades más caras de España.

Pero sigamos.

Antes de terminar la carrera también tuve la suerte de ser seleccionado como uno de los jóvenes con mayor “talento emprendedor”, y optar, por tanto, a una beca que, si bien me permitió conocer a grandes personas y sacar adelante mi primera startup, no me daba tan siquiera para vivir.

De ahí pasé a I+D de Telefónica, de nuevo bajo otro contrato “en prácticas”, y aunque esta vez el sueldo ya era hasta aceptable, ni mucho menos se podría ajustar a lo que cualquiera habría pensado que cobran “aquellos que estaba revolucionando el mundo”.

¿Mi segunda startup? Me permitió tirar unos meses más mientras llenaba (absurdamente, quizás) mi perfil académico con más y más títulos. Que si un MBA, que si un máster, que si un seminario de tal, que si un curso de no se qué… Mi perfil en LinkedIn (ES) está repletito de “insignias”, y eso que ya hasta por vergüenza no he metido aquellas cuya duración era inferior a tres meses.

El caso es que después de varias oportunidades de trabajo “más serias”, me decanté por abandonar el mundo por cuenta ajena y probar suerte por cuenta propia. Y lo hice con una de las formas más habituales de hacerse autónomo en este país: ser un falso autónomo.

Llevo ya unos cuantos años, y a base de hincar los codos y trabajar como un mamón la cosa ha ido a mejor. Que, de nuevo, sigo considerándome una persona (con treinta años ya no me atrevo a decir eso de joven) afortunada, ya que he conseguido que me paguen por pensar (y no solo por lo que hago).

Que con tenacidad, y sacrificando mucho, estoy, al menos a nivel profesional, donde me hubiera gustado estar. Que puedo incluso hasta ahorrar mensualmente algo para la jubilación. Pero ni mucho menos me baño en oro ni puedo permitirme una vida de excesos (tampoco lo deseo, ojo), como temo que muchos piensan que vivimos los que tenemos una presencia pública más o menos conocida.

La disonancia reputacional en derroteros profesionales

Ahí entiendo que quería llegar Héctor en su pieza:

Dirá el lector que no todo el mundo puede ser escritor, periodista, científico o profesor, y es razonable. Pero también es cierto que estas son profesiones con gran influencia en la cultura y la ideología de un país, a través de medios de comunicación, libros, programas políticos o investigaciones que dan forma al mundo en que vivimos y cómo lo entendemos. Así que estas barreras informales, no explícitas, que dejan fuera a las clases más bajas (o, simplemente, a aquellos que están lejos de los puestos de decisión) generan un grave problema de diversidad social que nos afecta a todos

Porque aunque nos jactemos de decir eso de que el dinero no es lo más importante (al menos el momento de vida en el que estoy tengo claro que valoro más mi tiempo que los billetes), muchas de estas profesiones “creativas” que son para colmo críticas a la hora de conformar la cultura de una sociedad, están tan mal pagadas que de facto siguen creando unas barreras culturales impositivas.

Que igual que un servidor tuvo la posibilidad de llegar a donde a día de hoy estoy gracias a una familia muy entregada, y a pluriemplearme en mil y un trabajos para conseguir tan siquiera un sueldo que me permitiera alquilar un “loft” (sinónimo de cuchitril) en un barrio obrero de Madrid, lo cierto es que por el camino he visto como muchos otros, que potencialmente eran mejores que yo, no han llegado o se han conformado con una vida más en el redil simplemente porque el factor económico a día de hoy sigue planteando una limitación real.

Y esto, que ya de por sí es injusto, pasa a ser peligroso socialmente hablando cuando en base a esas limitaciones, solo aquellos que vienen de una cuna económicamente pudiente pueden prosperar, generando unos colectivos profesionales (profesorado, artistas, periodistas, científicos, emprendendores) que representan solo a la clase media y adinerada de un país.

Esos mismos que van a moldear a su imagen y semejanza (ya sabe, con profesionalidad, que no objetivismo) la cultura del resto de la sociedad.

En Reino Unido esto ya está empezando a ser un problema:

  • Porque, ¿qué pasa cuando no hay representación de la clase obrera en la política de un país (EN)? Estamos hablando de aquellos que en teoría deberían representar a TODO el pueblo.
  • ¿Y si esto mismo ocurre con el profesorado? Si para llegar a ser profesor universitario tienes que sacarte un doctorado, y para ello, pasar entre 3 y 5 años de tu vida malviviendo con un sueldo de mileurista (los que tengan la suerte de pillar beca) después de haberte sacado ya no solo una carrera si no también un máster habilitante (ergo, muchos billetes gastados en los como mínimo 5 años de estudios académicos superiores), ¿cuántos estudiantes de familias no pudientes creen que llegan hasta el final?

Científicos, músicos, escritores…, y cómo no, emprendedores. Podría seguir así todo el día, pero el corolario sería exactamente el mismo.

Hablo con conocidos y la mayoría concuerdan en que les encantaría llevar la vida que llevo:

-Pablo, trabajas desde casa, cabrón ¿quién pudiera?

-Estás siempre metido en jaleos chulos, tío. No sé cómo lo haces.

-Así que ese viaje que te has pegado lo llamas networking, ¿no? 😛

¡Joder! Lo hago porque soy un cabezón y llevo literalmente más de una década obsesionado con labrarme mi propio futuro. Porque no me van los convencionalismos (aunque haya pasado por el aro como el resto), y porque de verdad es lo que quería hacer a sabiendas que voy a seguir siendo pobre presumiblemente el resto de mi vida. Y que a poco que se tuerzan las cosas algo (toquemos madera), este sueño se acaba.

A lo que voy es que cubierto un mínimo de necesidades (y créame que el mínimo está muy por debajo de esa cuenta de Netflix o ese nuevo iPhone que se acaba de comprar), está en manos de cualquiera llevar una vida así.

Pero es que hay que querer llevarla de verdad. Duermo de media seis horas, leo cerca de 400 titulares diarios para estar bien informado, y escribo cada día en esta página y en otras. Colaboro en muchos proyectos, intento aprovechar todas las oportunidades que me salen, y me equivoco (y aprendo de mis errores) continuamente. Todo esto sin ver un solo euro, que luego está el trabajo y, con suerte, lo que queda del día.

Llevo seis años por aquí, pero muchos más dando guerra, aportando a iniciativas en las que creía, e intentando compartir todo lo que aprendía de Internet.

Con lo que quiero que se vaya es que este camino ni mucho menos es sencillo. Que lo fácil, de hecho, es seguir el camino que otros ya han abierto (estudiar la carrera de turno, trabajar en el trabajo esperable). Que para colmo, y aunque socialmente esté muy bien valorado, económicamente es un camino tortuoso (todos los que sois o habéis sido autónomos entenderán de lo que hablo). Y que por ello muchos no llegan y la mayoría acabarán desistiendo.

Solo espero que igual que hace unos siglos estas disciplinas solo eran accesibles para la nobleza, y más tarde para la burguesía, llegue el día que podamos decir que esta barrera económica se ha roto por completo.

Estamos cerca, de hecho. Internet ha democratizado tantísimo las barreras de acceso que incluso sin capacidad económica es posible labrarse un nivel cultural como mínimo semejo al que nos da el mundo académico. 

Solo falta un empujoncito más, y sobre todo, tener la convicción (o locura) suficiente como para intentarlo.