higiene semantica

Recuerdo aquel primer día como si fuera hoy mismo.

La primera vez que me adentré en la espesura, abandonando la comodidad del asfalto. Esa sensación de miedo y expectación que recorría todo mi ser, mientras atravesaba, durante las horas que duró la caminata, unos campos sembrados de árboles que brotaban de forma natural, en uno de los pocos parques protegidos que quedan a este lado del continente. El sutil roce de las ramas al paso de mi cuerpo, dispersas sin control en derredor de unos tallos que se erguían con asombrosa diligencia, imperturbables, y hasta cierto punto quedos al devenir de su propia existencia.

Y, de pronto, ese olor…

Pese a la mascarilla reglamentaria con la que, como todo aventurero, protegía mis adentros, y pese a haberme sulfatado generosamente el filtro aquella misma mañana con el nuevo aroma de moda, el primer contacto con aquellas gentes no fue visual, sino olfativo.

Aquel tufo a naturaleza atravesó sin miramientos el filtro y mis fosas nasales, devolviéndome de nuevo a la realidad, e irradiando esa pegajosa sensación de malestar que solo puede producir una empresa como esta.

Hoy, cuatro meses más tarde, y habituado como ya estoy a la vida con los bárbaros, cualquiera podría banalizarlo. Pero he de reconocer que sentí miedo y expectación durante la llegada. Y que esa sensación me acompañó sin miramientos en los días y noches siguientes, mientras todo mi ser intentaba encontrar la paz entre aquellas gentes.

Mi misión era sencilla: Identificar y catalogar el impacto evolutivo de nuestra lengua en un ecosistema que había vivido aislado durante los últimos ochenta años.

Tras los terribles, y probablemente necesarios, acontecimientos que llevaron a la expulsión de Los Unos de la Sociedad Cívica a mediados del siglo pasado, estas gentes, en otro tiempo parias de nuestra sociedad de la abundancia, se vieron impelidos a volver a una suerte de vida alejada de los beneficios de la tecnología, aislados en núcleos protegidos por el gobierno.

Algunos acabarían regresando con los Indultos de Euskadi, el Pacto Ibérico, o con alguno de los sin fin de acuerdos y argucias legales que, desde entonces, permitían a un no documentado entrar en la sociedad civil.

Pero lo cierto es que todavía quedan reservas que, de una u otra manera, se resistieron. Y en algún momento de mi carrera académica, a mi mente llegó la idea de estudiarlas.

Presenté, casi de pura casualidad, mi candidatura a una expedición próxima.

Para mi sorpresa, fui aceptado.

Todo ocurrió tan rápido que, en una semana, me vi obligado a dejar mi habitación de doctorando en el octavo piso en uno de los barrios pudientes de la ciudad, por una improvisada cama de muelles en un desvencijado antro más allá de las fronteras.

No estaba equivocado. Resultaron ser unos sujetos profundamente interesantes de estudiar.

Pero no exactamente como a priori hubiera defendido.

Una sociedad del presente

En este siglo de hermetismo, la sociedad bárbara ha evolucionado a expensas de la tecnología y la globalización, lo que sin lugar a duda se refleja en una involución clara del lenguaje, que tiene, dicho sea de paso, un impacto sensible en el coeficiente intelectual de sus especímenes.

Nuestra lengua, una de las más ricas del mundo, está compuesta por alrededor de setecientas mil palabras, que se quedan en unas setenta y cuatro mil si contabilizamos como una única cada versión polisémica asociada (cada una de las formas de un verbo, cada uno de los distintos géneros de un adjetivo o nombre…). Un literario como Miguel de Cervantes llegó a usar más de veinte mil distintas (formas polisémicas incluidas) en su clásico «El Quijote». Una persona ilustrada en las letras puede llegar a utilizar algo menos de mil en su día a día. Un adolescente sin inquietudes puede vivir perfectamente en sociedad con trescientas.

Sin embargo, estas gentes necesitan prácticamente la mitad para comunicarse, habida cuenta de que basan todo su lenguaje en las acciones que están ocurriendo, o van a ocurrir, justo en ese preciso instante.

¿En qué se materializa esto? En la depreciación clara de los tiempos futuros, así como todas de aquellas palabras que hacen referencia a hechos que no tienen un reflejo tácito en el devenir rutinario.

Y no es por desconocimiento. Tanto las personas más longevas, algunas de ellas descendientes directos de aquellos Unos, como los jóvenes, a los que les separa con nuestros antepasados comunes hasta tres o cuatro generaciones, las han estudiado, o al menos son capaces de comprender el significado y estructura de un concepto futuro.

Sencilla y llanamente, no lo necesitan en su día a día. Y no lo necesitan porque no existe un entorno socioeconómico y político preocupado por el futuro.

Están completamente atados a la dictadura del presente, lo que supone, de facto, aceptar los acontecimientos venideros como una mera consecución de causas y efectos que ocurren linealmente en el tiempo.

Esto, como decía, tiene un impacto a considerar en el coeficiente intelectual de cada uno de los habitantes de la tribu.

Con el paulatino empobrecimiento del lenguaje, las nuevas generaciones tienen cada vez menos recursos lingüísticos para defender sus ideas. Y si para un concepto no existe definición alguna, en la práctica ese concepto no existe, al no poder referirse a él.

Como defendía Christopher Clavé:

No solo se trata de la reducción del vocabulario utilizado, sino también de las sutilezas lingüísticas que permiten elaborar y formular un pensamiento complejo.

La desaparición gradual de los tiempos verbales (subjuntivo, imperfecto, formas compuestas del futuro, participio pasado) da lugar a un pensamiento casi siempre al presente, limitado en el momento: incapaz de proyecciones en el tiempo.

La simplificación de los tutoriales, la desaparición de mayúsculas y la puntuación son ejemplos de «golpes mortales» a la precisión y variedad de la expresión.

El caldo de cultivo perfecto para el surgimiento de movimientos destructivos, de un colectivo cada vez más agresivo, y que tiene su eco en las continuas disputas que acaban a palos, cuando no en algo peor, dentro de la reserva.

Con la incapacidad de describir sus emociones a través de las palabras, se yergue de forma instintiva esa violencia innata en nuestros genes, separando a estas personas aún más de la Sociedad Cívica de la que vienen.

Titulé mi estudio con un sugerente y autoconclusivo: «Cuanto más pobre es el lenguaje, más desaparece el pensamiento crítico. Sobre la involución de la lengua en la Barbarie».

Y pensaba entregarlo tal cual hasta que, hace dos noches, una conversación con un hombre de la reserva me hizo, cuanto menos, trastocar todas las creencias que un servidor exponía en el texto hasta la fecha.

Este hombre me dio la razón en mi tesis principal, pero se defendió aludiendo a una metáfora que dilapida nuestro sistema educativo.

Él me habló de cómo su abuelo le enseñó a apreciar un mundo de conceptos en continuo cambio.

La historia de nuestra raza, le decía, se levantó bajo los pilares de unos conocimientos (las matemáticas, la física, la química…) cuyas bases nunca han sido convenientemente definidas. Algo que, sin embargo, no ha impedido que la sociedad prospere.

Así, aceptamos los principios biológicos actuales sin tener una definición clara de qué es la vida, qué es una especie, qué es la evolución; y establecemos el progreso humano de la física o la química sin tener una definición universal de lo que es la materia, el tiempo o el espacio.

Asumimos, por ejemplo, que una silla es, y cito textualmente, un «Asiento con respaldo, generalmente de cuatro patas, en el que solo cabe una persona», y aceptamos que, en efecto, en ese «generalmente de cuatro patas» entran también las sillas con tres o una sola pata. O, mejor aún, seguimos considerando una silla a ese objeto en el que están sentados dos niños pequeños, o incluso a ese otro donde una persona obesa no puede sentarse, pese a que esto entra en conflicto con la definición oficial del concepto.

Que pese a que no tenemos una definición única y absolutista de lo que es y lo que no es una silla, y la que usamos no cubra todo el concepto en su magnitud, cualquiera de nosotros podríamos diferenciar lo que es una silla de lo que es una mesa, o cualquier otro mueble, con un grado de fiabilidad considerablemente bueno.

Lo que me lleva de nuevo a hablar de esa pérdida del pensamiento crítico asociado a un empobrecimiento del lenguaje.

Porque si bien los bárbaros han depreciado el valor de los tiempos futuros, generando mayor incertidumbre lingüística e intelectual sobre todo aquello que esté aún por venir, también es cierto que han enriquecido el vocabulario con aquellos conceptos del presente que les son más necesarios para el día a día.

Y el mejor ejemplo lo tenemos en el concepto de «libertad», tan magullado en nuestra sociedad, y que cobra una profundidad muchísimo mayor en la de los bárbaros, por el simple hecho de tener varias maneras distintas de definir un concepto tan vago, desde nuestro propio punto de vista, como es aquello que nos hace ser libres.

A esto se le llama tener una buena higiene semántica.

Y, dicho sea de paso, también supone asumir que, quizás, nuestra definición de coeficiente intelectual, y ya puestos, de pensamiento crítico, no es lo suficientemente completo como para considerarnos superiores a estas gentes.

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