estres coronavirus

Llevo un tiempo que, sinceramente, no estoy del todo bien que me gustaría. Pero tranquilo, no te alarmes. Déjame contártelo.

Es más, estoy escribiendo esto (al menos, lo que espero sea el borrador de la pieza) a las 3:47 de un jueves, tras un par de horas dando vueltas en la cama sin saber muy bien qué hacer.

Por eso, creo que lo primero de todo es hacer un disclaimer, y comentar que por aquí va a haber una reflexión personal sobre la salud mental, un tema lamentablemente tabú, y que por ende puede herir las sensibilidades de alguno.

Tocar esa fibra que, quizás, no estemos por la labor de dejar que nos la toquen.

En todo caso, mi objetivo con ello no es hacer daño, sino precisamente justo lo contrario. Que si escribo esto es en primera instancia como terapia para uno mismo, y en segunda con la esperanza de que también le pueda servir a alguien.

Comencemos.

El trauma de mi vida

Tirando de hemeroteca creo que solo ha habido una vez en todos estos años (¡una década ya!) de escribir en esta santa casa que comentase, y de pasada, que un servidor, de joven, sufrió epilepsia.

Concretamente, un tipo en particular de epilepsia llamada «Epilepsia Benigna de la Adolescencia», y que por si su nombre no es lo suficientemente descriptivo, quiero que te quedes con la idea de que es una epilepsia que aparece en la adolescencia, cuando el cerebro está madurando, y generalmente no vuelve a dar problemas nunca más.

Ya puestos a sincerarse, ser epiléptico es una mierda. Como cualquier otra enfermedad mental (supongo).

Vives con el miedo a que, en cualquier momento, pierdas el conocimiento y te pongas a hacer movimientos como si fueras la niña de El Exorcista.

Que quien más lo sufre, de hecho, son tus seres queridos, que son los que les va a tocar lidiar con la situación.

Lo peor de todo es que tú (el enfermo) en la crisis en sí no te enteras de nada. Simplemente te despiertas a la media hora, a lo mejor meado o cagado encima, y rodeado de médicos en una sala de urgencias que te atosigan a preguntas sobre si has consumido drogas o cosas por el estilo.

Volviendo al caso, a mi me llegaron a dar únicamente dos crisis epilépticas (soy afortunado incluso en esto), pero quizás haya algo de la epilepsia que desconoces, y es que suele venir acompañada por otras crisis, mucho menos agresivas, pero normalmente mucho más comunes, que se hacen llamar «auras».

La forma en la que se materializa en cada epiléptico una «aura» es distinta. Hay gente que, de pronto, empieza a sentir visualmente los olores, o se quedan como idos… En mi caso el aura aparecía acompañada de una sensación de nerviosismo muy exagerada, duraba unos pocos segundos (aunque a mi me parecían horas), y durante este tiempo tenía mi Yo totalmente disociado.

Si estaba hablando contigo, no sabría ni quién eres tú, ni quién era yo, ni entendería de qué iba la conversación.

Para que te hagas una idea, imagínate cómo sería si tuvieras la sensación de que sales de tu cuerpo, o de que estás dentro de un cuerpo que no te pertenece. Por saber no sabrías ni tan siquiera si era algo que ya te había pasado con anterioridad, o era algo totalmente nuevo. Ni siquiera si es que te estás muriendo.

Pues, eso mismo, varias veces cada semana.

Precioso, ¿verdad?

Esto, como comprenderás, me hacía casi más daño que el propio miedo a tener una crisis epiléptica. Tuve que ir a terapia durante meses, y a la vista de lo ocurrido recientemente, supongo que nunca lo he llegado a superar.

El caso es que la epilepsia, con el fin de la adolescencia, desapareció.

Seguí por razones obvias un tiempo con medicación, pero de esto ya han pasado más de 15 años, y aquí sigo, más fuerte que un roble.

O eso creía…

La punta del iceberg

Casualidades de la vida han hecho que Freud, nuestro «pequeño» presa canario de 45kgs, sea epiléptico también.

Sí, por si no lo sabes, los perros también pueden tener epilepsia.

En su caso, con una epilepsia normativa, que generalmente da guerra cuando son cachorros, desaparece en su juventud, y vuelve a aparecer en su edad adulta.

Esto mismo desde hace unos tres años le ha empezado a pasar a Freud. Estuvo unos años sin crisis, y a los 5 años, le volvieron a venir.

Al principio cada mucho tiempo (una o dos cada medio año), pero cada vez peor (últimamente cada tres o cuatro semanas), hasta el punto que en el último episodio al pobre le dieron 12 en apenas 24 horas.

12 malditas crisis epilépticas en 24 horas.

Pensamos, sinceramente, que había llegado el momento de tomar una decisión…

Pero ese es otro tema.

El caso es que en este momento te estarás preguntando qué demonios tiene que ver mi historia de la adolescencia con la epilepsia del perro.

Pues que desde hace más o menos un año, he empezado a sentir de vez en cuando algo que me ha recordado a aquella sensación que vivía cuando me daban las auras… y claro, me he empezado a rayar.

¿Y si es que me está volviendo la epilepsia?

El tema es que, de pronto, y sin aparente razón alguna, me pongo muy nervioso.

Al ponerme nervioso, claro, me empiezo a analizar buscando el posible motivo… lo cual hace que me ponga aún más nervioso, y vuelta a empezar.

Para colmo, como soy una persona muy introvertida (aunque parezca lo contrario), todo este proceso lo he vivido para mis adentros, y hace unos meses acabé por explotar en un viaje a las Islas Canarias, en el que, uno de los días, en la cena, y tras pedir los postres y empezar a encontrarme así, no me quedó otra que contárselo a Èlia. Aunque Èlia me conoce muy bien, y cuando estoy mal no soy muy expresivo, intento no preocupar a quienes me quieren, ella lo percibe siempre.

Pagamos y volvimos rápidamente al hotel, y la pobre se quedó toda la noche en vela con miedo a que me diera una crisis epiléptica, pendiente de mi.

De aquello a hoy han pasado ya varios meses, y desde entonces he llegado a la siguiente conclusión:

  • No es epilepsia.

La sensación no es la misma (quitando el nerviosismo) y es que tampoco tendría sentido (mi epilepsia no debería volver a aparecer nunca llevando una vida sana como es la que llevo).

Pero si no es aquello, ¿qué cojones me pasa?

Y he llegado a la siguiente conclusión:

  • Es, simplemente, estrés-ansiedad. Aunque mi madre y Èlia llevaban tiempo diciéndomelo, por los síntomas, al final debe ser uno mismo el que se dé cuenta de ello.

El tema, y es aquí donde quería llegar, es que no tengo a priori razones para tener ansiedad.

¿O quizás sí?

El verdadero detonante de una enfermedad mental

Le he dado mil vueltas al asunto, y como ya he comentado en más de una ocasión, creo sinceramente que soy una persona muy afortunada:

  • Tengo un trabajo que me encanta.
  • Me va, para colmo, muy bien a nivel económico.
  • Tanto un servidor como el resto de familia cercana gozamos de buena salud (quitando esto, claro).
  • Mi relación de pareja me llena y nos hace crecer a diario en todos los sentidos.
  • etc

En fin, que al menos desde mi ignorancia siempre he pensado que eso de la ansiedad tiene que ser para aquellos que no han tenido tanta suerte en la vida. Aquellos que trabajan en un curro de mierda, por un salario de mierda, y tienen para colmo problemas reales en el día a día.

Y sí, es cierto que ser emprendedor, ya de por sí, es una buen excusa para acabar estresado. El mes tras mes pelearse con algunos clientes para que te paguen, el trabajar 24/7 y no tener vacaciones está claro que no ayuda…

Pero, recalco que me siento afortunado. Que es cierto que no tengo descansos, pero cuando haces algo que te apasiona, parece que el trauma es menos grave. Y que para colmo tengo un trabajo que puedo hacer desde cualquier lugar simplemente con tener a mano un ordenador y una conexión.

Es más, si un día, por lo que sea, necesito estar fuera del ordenador todo el día, simplemente planifico el día anterior o el siguiente de otra manera y dejo ese día prácticamente libre…

Que, resumiendo, no veía razón alguna para tener ansiedad más allá de la preocupación empresarial esperable, un par de temas personales que no dependen de nosotros, y el tema de nuestro perro.

Es entonces cuando caí.

¿Y si el problema viene de ESE OTRO gran acontecimiento que todos hemos vivido recientemente?

La salud mental en época de pandemia

De pronto se me encendieron todas las alertas.

Llevo literalmente meses achacando mi malestar a esa posible epilepsia (o, más bien, al trauma de haberla vivido de joven, alimentado por el contacto reciente con la situación de nuestro peque), y negándome a la posibilidad de que fuera ansiedad porque no le veía razón alguna para ello, y entonces me doy cuenta de que todo esto empezó pocos meses después del comienzo de la pandemia.

Un momento que, queramos verlo o no, ha sido traumático para todos nosotros.

Incluso para los que nos consideramos afortunados, ya que, precisamente, en nuestro caso el confinamiento pasó haciendo prácticamente la misma vida que hacíamos antes de estar confinados:

  • Vivimos en una casa de tres pisos, con su jardín y terrazas.
  • Al tener perro, un servidor salía tres veces al día a sacarlo, y por el campo, que es lo que tenemos alrededor.
  • Ambos trabajamos desde casa, así que aunque se nos cayeron algunos clientes, seguimos más o menos manteniendo las mismas rutinas. Posteriormente nos entraron más por aquello de la digitalización de las empresas.

Sin embargo, hay algo que muy probablemente me ha dañado más de lo que a priori pensaba, y es que al igual que lamentablemente muchísimas otras personas, he perdido a un ser querido por el puto COVID (y estuvimos muy cerca de perder otros dos), con dos agravantes:

No he(mos) podido pasar el duelo: te parecerá una tontería, pero el hecho de no poder despedirte de esa persona ha hecho que muchos no hayamos podido pasar el duelo esperable tras la pérdida de un familiar. En mi caso, recuerdo perfectamente ese momento en el que estaba preparándome el desayuno después de haber estado entrenando, y me llamó mi madre llorando diciéndome que mi abuela acababa de fallecer. Dejé el desayuno, subí a contárselo a Èlia, y he sido incapaz, en aquel momento, y hasta ahora, de tan siquiera llorar su muerte. Simplemente hay algo dentro de todos aquellos que hemos perdido familiares por el COVID y no hemos podido estar con ellos que nos impide avanzar correctamente. Y ya no solo por el hecho en sí, sino por tener que vivirlo internamente, al ser imposible tan siquiera apoyarse en el resto de familia, que en nuestro caso está a algo más de 500 y algo más de 800 kms de nuestra casa habitual. Ya es duro para mi, ni me quiero imaginar lo que ha sido para mi madre, que para colmo vive sola y por ende ha tenido que sufrirlo todo ella solita. Sin olvidar que dos miembros de mi familia (mi madre y mi tía) son personal sanitario (mi madre, por si fuera poco, trabaja en la sala Urgencias de uno de los hospitales de Asturias), y por ende tienen todas las papeletas para acabar pillándolo. Cosa que, por ejemplo, le acabó pasando a mi tía, y que estuvo a punto de llevarla para el otro barrio (mi tío y mi primo lo pasaron confinados en casa, pero mi tía tuvieron que ingresarla).

El contrato social se ha roto: Junto con lo anterior, está el hecho de que incluso aquellos que no habéis perdido familiares os ha tocado vivir, como al resto, una ruptura forzada de todo lo que hasta el momento considerábamos como algo asegurado. Por supuesto, hablo del propio confinamiento en sí, pero también de las múltiples restricciones (sean más o menos necesarias, ojo, que no estoy aquí para meterme en temas políticos) que llevamos arrastrando desde entonces. Y a eso súmale el desabastecimiento que hemos experimentado en algunos productos de primera necesidad en los momentos duros del confinamiento, y los que hemos ido experimentando desde entonces. Con la ruptura de esa logística globalizada estándar en el sistema capitalista hasta la fecha, con el fin de la capacidad de reunirnos como Dios manda en países y culturas latinas, que somos de hacer piña en este tipo de situaciones. Todo esto, creas o no, genera presión, ya que cosas que antes presuponías que siempre iban a estar ahí (si quiero puedo comprar este producto, si quiero tengo luz en casa, si quiero…) dejan de estar totalmente aseguradas. Y es entonces cuando te planteas, o al menos alguien como yo que es de intentar tener bajo control todo se plantea, cómo demonios vas a salir de aquí asegurando además el bienestar de los tuyos.

Todo esto, que recalco todos, de una u otra manera, hemos vivido en este tiempo, nos ha marcado.

A algunos más, a algunos menos.

Pero es absurdo pensar que no está teniendo un impacto significativo en la salud mental de millones de personas.

Y sí, de la pandemia saldremos. Claro que saldremos.

Pero no saldremos lamentablemente todos. Y mucho menos saldremos más fuertes, como dice el mantra que hemos repetido estos últimos dos años hasta la saciedad.

Saldremos, pero quizás más jodidos. Con un nudo dentro que habrá que ir poco a poco deshaciendo. Al menos antes de que sea tan grande que nos acabe asfixiando, como creo que me está pasando a mi.

Una última recomendación

Y ojo, que no vengo aquí a sentar cátedra y explicarte la receta para salir de esta mierda.

Ojalá hubiera una que nos sirviera para todos…

Con todo este sermón, simplemente quería que supieras que hay una única verdad, y es que NO ESTÁS(MOS) SOLO.

  • Que lo mismo eso que no sabes qué es y que te está quitando el sueño, es lo mismo que lo que me lo está quitando a mi, y a la pescadera de la tienda de debajo de casa.
  • Que más importante de dar con el por qué, es dar con el cómo salimos de algo así.
  • Y que la única respuesta que te puedo dar es que, en esto de la salud mental, la única manera de salir es buscando ayuda. Desmitificar de una puta vez los problemas mentales, porque aquí un poco locos estamos todos.
  • Que tienes además derecho a ello.

Así que, si estás en una situación semejante, o simplemente no entiendes por qué estás así (apatía, poca concentración y nerviosismo suelen ser algunos de los efectos secundarios), se lo comentes a tus seres queridos, o a ese amigo de confianza, o a un psicólogo, o a cualquiera que no conoces de nada en un foro de Internet o una página como esta.

Y que también aproveches para preguntarle cómo se encuentra esa otra persona.

Sé que cuesta.

Joder, vaya que si cuesta…

Pero es que es la única manera que hay de salir de esto con vida.

Yo, al menos, estoy dando ese segundo paso por aquí. El primero fue contarlo a Èlia y a mi madre. Eso no significa que tú debas escribirlo públicamente, pero quizá te ayude escribirlo para ti.

¿Me acompañas?

P.D.: Son las 5:30am y creo que va siendo hora de que suba a dormir aunque sea un par de horas…

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