celsius232

Vivimos en una sociedad que ha hecho del dicho «a flor de piel» su mantra. Cualquier cosa que digas o hagas, máxime si eres una personalidad pública, será escrutada, y si tiene cabida, sacada de contexto a la mínima.

Una sociedad de la autocensura, de la moderación totalitarista como lema, que choca de frente con esa aparente contra-cultura de lo políticamente incorrecto cuyos tentáculos llevamos eones sufriendo en algo tan humano como es la política.

¿Es que ahora hay más extremistas entre nosotros? No. Simplemente que es ahora cuando, pasada esa etapa de autocontrol, esas minorías encuentran la fuerza necesaria para liberar su bilis en derroteros digitales, con esas capas de escasa separación que parece que ofrece el entorno digital.

Hablo, cómo no, del germen histórico de los populismos. De todos esos movimientos, cojeen de una u otra pata, que buscan dar respuestas sencillas a problemas complejos:

¿Quién tiene culpa de que me haya quedado sin trabajo? Los extranjeros.

¿Quién tiene la culpa de que cobre menos de pensión? La corrupción.

¿Quién está atacando tus ideales? Los gays, lesbianas y transexuales.

¿A qué se debe este cambio drástico de las temperaturas? A la contaminación de las grandes corporaciones.

Que los males que nos azotan siempre son culpa de terceros. Y se deben específicamente a una o dos variables fácilmente localizadas, para colmo.

¿El problema? Que para solucionarlos tenemos que romper el status quo democrático instaurado tras la caída del muro de Berlín. Que a tiempos difíciles, medidas extremas. Que nos va a tocar alzarnos en armas, aunque sea detrás de una pantalla, en la comodidad de nuestras casas.

El genio lo es pero de sus temas

Es así como llego al interesante debate que hemos tenido estos días un grupo de amigos entusiastas de la ciencia ficción y el rol por Facebook a colación del drama que ha estado viviendo el Celsius232, uno de los festivales de ciencia ficción, fantasía y terror más importantes del país, con su decisión de traer al próximo evento a Orson Scott Card pese a las quejas de un porcentaje significativo de asistentes (ES).

Y te preguntarás dos cosas.

  • Primero, ¿Quien es ese tal Orson? (ES) Pues el escritor, entre otros muchos títulos, de El Juego del Ender, ganador de los premios Nebula, Locus, Hugo, World Fantasy Awards y un largo etcétera, y probablemente uno de los escritores de ciencia ficción vivos más importantes de la historia.
  • Y segundo, ¿por qué unos fans del género no querrían tener la enorme suerte de conocerlo en persona? Pues porque el bueno de Orson, además de un magnífico escritor, es un conocido activista contra los derechos del colectivo LGTB. De nuevo un tema bajo mi humilde opinión reprochable, pero que debería quedar fuera del interés profesional que suscita su figura literaria.

Y ahí es donde entramos en el debate, porque en efecto, y descontando a aquellos que pretenden silenciar a cualquiera por sus ideologías haciéndole pagar con la misma moneda que el señor Orson querría hacérselo pagar a todos los que pertenezcan a este colectivo, hay una serie de grises que me hacen bastante complicado pronunciarme a favor o en contra de la decisión de los organizadores del evento.

Soy de los partidarios de separar genio de personalidad

Lo comentaba no hace mucho a colación de la persecución que sufrió Richard Stallman al posicionarse este, conflictivo como es en temas ideológicos, de parte del supuesto acosador sexual del caso Epstein, y que le conllevó su «dimisión» (ejem-despido-ejem) de la presidencia de la FSF y de su puesto como profesor en el MIT.

En esa pieza ya decía lo siguiente:

De Richard Stallman podemos decir muchas cosas. Entre ellas, que al tío le falta «un pelín» de sentido común. Que se le ha ido la olla. Que no mide sus palabras… Incluso que su propuesta de lo que debe ser el mundo del desarrollo se ha quedado algo anticuada, cuando no es meramente una utopía.

Pero todo eso no ensombrece el hecho de que a nivel puramente técnico (lo que egoístamente al resto de la sociedad nos interesa de su perfil), es un ejemplo a seguir. Por conocimiento, por dedicación, por cabezonería.

Que su opinión en otras facetas de la vida puede ser totalmente reprochable, pero que eso no debería enturbiar el buen desempeño que ha hecho en su faceta puramente profesional.

Y pienso exactamente lo mismo de Orson.

Que el hombre sea un homófobo de mucho cuidado no quita que también, a nivel puramente cultural, haya marcado un antes y un después.

Pero… ¿y el impacto social y cultural que ello conlleva?

Aquí nos metemos en temas farragosos, porque como decía alguno, es de dominio público que parte de los beneficios que este señor obtiene de su trabajo (no solo escribir libros, sino también dar conferencias como la que dará en el Celsius232) están siendo destinados al apoyo de campañas en contra del colectivo homosexual y transexual.

Es decir, que traer a Orson al evento no solo dará voz a su obra, sino que con ello, tanto indirectamente (notoriedad) como directamente, estamos apoyando a un movimiento homófobo.

Y fíjate que no meto en el discurso la supuesta apología ideológica que tienen algunas de sus obras. Como ya dije en su momento, tenemos que asumir que toda obra cultural tiene un trasfondo sociopolítico… que puede ir de la mano de los movimientos culturales de la época en la que ha sido escrita o justo lo contrario, como podría pasar con algunas de sus obras.

En fin, que como ves la decisión no es para nada sencilla de tomar, y de seguro, como está pasando, alienará a unos u a otros según la organización se ponga a favor o en contra.

Que en esta vida, mal que nos pese, no hay blancos ni negros, solo un muy dilatado abanico de grises.

¿Debemos entonces anteponer la obra al artista, o por el contrario la figura de quien está detrás tiene parte importante que decir sobre el impacto cultural de la obra?

Y en caso de ser así, ¿dónde ponemos los límites?

Porque hablamos de fundamentos éticos y morales donde las distancias tampoco están claras, al no contar, lamentablemente, con una vara absoluta de medir.