El impacto social de la movilidad tecnológica: beneficios y riesgos

iphone caracteristicas

Hace apenas un par de meses se cumplían 10 años de la presentación del primer iPhone. En aquella Macworld Conference & Expo Steve Jobs subió al escenario con un dispositivo que, para bien o para mal, cambiaría el curso de la historia.

Y no porque el primer iPhone fuera una revolución disruptiva de lo que hasta entonces había en el mercado. Las Blackberrys podían hacer con mayor soltura la amplia mayoría de servicios de los que disponía iPhone, más otros que además cubrían con mayor acierto gracias a su teclado físico. Sino porque por primera vez se entendió la movilidad desde la óptica del ordenador personal, y no desde el paradigma de la telefonía.

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El primer iPhone era un producto descafeinado. Tendríamos que esperar a la versión 2.0 del sistema operativo para que por primera vez Apple sacase pecho frente a la competencia creando una industria que hasta entonces únicamente había estado presente en el mundo de los ordenadores personales: los markets de aplicaciones.

De nuevo, nada revolucionario (pillar lo que ya había en otro lugar y replicarlo en otro mercado), pero sí profundamente brillante.

Por aquel entonces Android ya se estaba fraguando, y como ha ocurrido históricamente en más de una ocasión, un tercero (en este caso Google) acabaría por arrebatarle el mercado. Apple lideró el mercado gracias a ideas bien ejecutadas para ir poco a poco perdiéndolos frente a una competencia presumiblemente más abierta.

Apple como empresa sigue en la cúspide de los beneficios económicos asociados a la venta de smartphones. El iPhone 7 (ver características en T-Mobile (ES)) se ha vendido en grandes cantidades, y el que nos presenten este año seguirá el mismo camino.

El panorama actual, 10 años después, es por todos conocidos. A finales de 2015 la penetración de teléfonos móviles en el mundo ascendió al 97%. Y según el informe anual de Ditrendia (ES/PDF), el porcentaje de teléfonos móviles inteligentes (smartphones) en España representa ya el 80%. El 78% si hacemos la media con los países europeos.

Tenemos ya más teléfonos móviles inteligentes que ordenadores (80% frente a 73%). La movilidad ha acabado por ganar la batalla. A la hora de cambiar de dispositivo, la inmensa mayoría da prioridad al smartphone, relegando los PCs y portátiles a un mercado más específico. Ese mismo mercado de profesionales como usted y como un servidor, que vivimos directamente de la tecnología. La perspectiva por tanto a los próximos años es que cada vez esta distancia sea mayor.

El doble rasero de la tecnología

Este es el primer punto donde quería pararme.

Cada vez con mayor intensidad se hace patente una brecha social entre aquellos que son capaces de subirse al carro de la evolución tecnológica y aquellos que se quedan en fases anteriores. Ya no solo en el trabajo, donde la industrialización y automatización de procesos apegados a la evolución de sectores tecnológicos como la inteligencia artificial está forzando al colectivo de trabajadores a adecuarse a dicho escenario, sino también en el resto de facetas de nuestra vida: Relaciones personales, sociabilidad, comunicación, acceso a información y un largo etcétera.

En otros lugares del mundo, y como explicaba no hace mucho, ha ocurrido un fenómeno curioso. Para buena parte de África y Asia el primer contacto tecnológico que han tenido ha sido con el smartphone, no con el ordenador personal. Y este hecho está permitiendo, curiosamente, luchar contra las barreras sociales históricamente asociadas a la tecnología

La falta de una infraestructura de conectividad por cable (ADSL, fibra…) frente a la inmediatez de ofrecer esa conectividad vía satélite (2G, 3G, 4G…), unido a problemas específicos de cada región (una emisión deficiente de dinero físico, las pocas garantías bancarias,…), ha permitido que en países considerados del tercer mundo como Haiti o Somalilandia, la irrupción de la movilidad se haya democratizado hasta niveles esperables en países desarrollados. Unos smartphones que son a la vez cartera, documento de identidad y forma de comunicación por defecto ahí donde el resto de canales tradicionales están fallado.

FOMO y la conectividad 24/7

Esto tiene también una lectura menos halagüeña.

En cuestión de una década hemos pasado de un escenario de conectividad asimétrica (únicamente estábamos conectados cuando estábamos delante del ordenador) a otro de conectividad permanente, con todo lo que ello supone.

Trastornos como el de FOMO (Fear of Missing Out), o el miedo a perderse algo, afectan cada vez más al grueso de la sociedad, y según cuáles sean sus efectos podrían llegar a ser considerados un problema que precisa tratamiento. Las redes sociales como Facebook y Twitter se alimentan de ese interés de estar continuamente informados de lo que ocurre en el mundo, pudiendo dejar de lado precisamente a nuestro entorno más cercano.

La necesidad de recibir ese estímulo biológico de apoyo inmediato que experimentamos cada vez que alguien da Me Gusta a una actualización nuestra, y que ya ha sido ampliamente estudiado (EN), crea en el individuo una disonancia cognitiva que en este caso puede llegar a ser negativa para él y para el resto de sus amistades, en el momento en el que se antepone la comunicación digital al resto de actividades (trabajo, placer, hobbies) presenciales.

Y ya le digo que lamentablemente encontrar el equilibrio es complicado.

Ejemplificado en mi caso:

¿Hasta qué punto esa necesidad de conocer qué ha ocurrido en el sector de la tecnología y la seguridad viene dado por mi trabajo como analista o por el miedo a perderme algo que sea verdaderamente interesante? ¿Hasta qué punto necesito estar siempre disponible por mi trabajo y hasta qué punto lo hago porque ello seguramente me permite alejarme de los problemas reales que afectan a mi persona y a los de mi alrededor en el día a día?

El éxito de la movilidad tecnológica no radica únicamente en la explosiva democratización de estos últimos años, sino en que la sociedad encuentre un equilibrio adecuado que nos permita como individuos disfrutar de sus beneficios sin caer en los malos usos de la misma.

De ahí que acotar el impacto de las notificaciones sea un buen comienzo. De que plantearse una dieta informativa sana sea la mejor forma de mantenerse informado y ser a la vez óptimo con el tiempo invertido.

De usar, a fin de cuentas, el smartphone como una herramienta afín a nuestros intereses, no como el principal vehículo que dicta nuestra vida.