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El siglo XXI fue sin lugar a dudas un siglo convulso. Incluso más que el siglo anterior, empañado con las dos Grandes Guerras.

Un siglo de crisis continuas, tanto económicas como sanitarias, y sobre todo ideológicas. La ruptura del globalismo, la victoria de los populismos, la segregación tecnócrata y la paulatina vuelta a los autoritarismos corporativistas, con esa Amazon como garante y señor del devenir de la sociedad.

Y todo comenzó, precisamente, buscando el bien común.

¿No te parece anecdótico?

Ese principio de siglo significó para muchas minorías y grupos sociales hasta entonces discriminados un soplo de aire fresco, libres ya de las ataduras de antaño, en algunos casos puramente sociales, y en otros claramente institucionadas.

El mundo, que por primera vez en toda la historia de la especie humana tenía la capacidad de comunicarse ubicuamente, miraba en ambas direcciones, y los abusos que antaño se entendían como locales demostraron entonces tener mayor calado que el esperable.

Así, cada vez más estratos de la sociedad se levantaron en armas (dialécticas) para proteger el derecho de cualquiera a tener una vida libre, y sobre todo, igualitaria.

El siglo XXI fue un gran año para la lucha obrera, pero también para el papel profesional y social de la mujer, de los inmigrantes, de las numerosas razas que pueblan nuestro planeta.

Y lo que empezó como una gran noticia pronto se volvió en contra de la amplia mayoría.

El populismo de la diversidad

Los movimientos populistas, por su propia ideonsicrasia, pronto absorbieron buena parte de las luchas por la diversidad, retorciéndolas hasta el punto de volverse irreconocibles.

  • El feminismo dejó paso poco a poco a una lucha basada el empoderamiento único de la mujer (hembrismo). Ya no era que en efecto, y como la gran mayoría de la sociedad deseaba, se igualaran salarios y condiciones profesionales de la mujer y del hombre. Tan siquiera que ambos tuviesen las mismas oportunidades de labrarse la carrera que quisiesen indistintamente del género, sino que además a partir de entonces había que cumplir unas cuotas obligatorias para que cualquier empresa o congreso contase como un porcentaje específico de mujeres en plantilla.
  • El racismo, un mal endémico de buena parte de la sociedad, encontró su némesis en las cada vez más habituales protestas ciudadanas, y tejieron el escenario perfecto para que lo que hasta el momento había sido marcado como tal basado única y exclusivamente en datos (como, por ejemplo, el hecho de que hay un porcentaje considerablemente mayor de ciudadanos de raza negra delinquiendo en EEUU que de raza blanca) se considerase racista. Lo que llevó a que arbitráreamente se decidiese hacer a estos sistemas menos óptimos para no «herir sensibilidades».
  • El mismo término de microagresión tan socorrido en esa época conllevaba el aceptar conceptos que son directamente incompatibles. Un doblepensar en toda regla, perfectamente diseñado para retorcer su significado. Si entendemos la microagresión como aquellos pequeños actos cotidianos e involuntarios que hacen que otras personas se sientan ofendidas o discriminadas, se está aceptando por tanto que una agresión puede ser involuntaria pese a que el acto de agredir tiene, por su propia ideonsincrasia, voluntariedad. Y bajo este prisma, tampoco podríamos hablar de microagresión, ya que la voluntariedad de hacer daño a otra persona es, per sé, una acción de todo menos leve.

El caldo de cultivo adecuado para que, de pronto, un hombre de raza negra fuese presentado públicamente como la punta de lanza de un partido de extrema derecha (ES).

Que se viera necesario crear un Ministerio de Igualdad que, paradójicamente, estaba formado casi únicamente por mujeres (9 frente a 2 (ES), estando los dos únicos hombres como asesores de nivel más bajo).

O que se considerase redefinir la lengua y en especial el uso de los géneros neutros haciendo hincapié en la división masculino y femenino (en vez de «todos vosotros», «todas vosotras y todos vosotros»), o peor aún, agregarle caracteres nuevos (en vez de «todos vosotros», «[email protected] [email protected]»).

Inteligencias artificiales «moderadas»

La tecnología, fiel reflejo de la sociedad del momento, tampoco se salvó de la quema.

Los algoritmos creados en su momento bajo la premisa de una neutralidad absoluta pronto demostraron ser profundamente racistas y misóginos. No per sé, sino porque todos esos elementos estaban ya presentes en esa misma sociedad que los había creado y esos mismos universos de datos de los que el algoritmo debía aprender.

Así, se demostró que, por ejemplo, a la hora de elegir en una foto compartida en Twitter qué rostro debía mostrarse primero, el algoritmo tendía a decantarse por el hombre blanco, delegando en un segundo término a una mujer blanca, y en sucesivas capas a hombres y mujeres de raza negra.

(En estas dos fotos compartidas por un presidente de la antigua Europa del Sur hay un hombre y una mujer, aunque en la miniatura solo veas al hombre)

Los algoritmos de otras redes sociales del momento como TikTok demostraron claramente preferir, dentro de su modelo de negocio basado en la exposición sexualizada, a aquellos hombres y mujeres con atributos físicos más sugerentes frente a los menos agraciados.

Por tanto, y entendiendo que parte de este problema venía dado por todas esas «microagresiones» tan presentes en el día a día, se vió necesario anteponer a la pura neutralidad algorítmica la capa adecuada de subjetividad humana de la diversidad.

Es aquí donde los mayores problemas surgieron, ya como en muchos otros conflictos sociales, marcar los límites de algo que no entiende de objetividad alguna, se vuelve un verdadero problema.

Así, aquellos algoritmos, y por tanto, todos los servicios que en el día a día utilizaban las gentes de esas primeras décadas del siglo XXI fueron edulcorados con una mirada de la realidad de todo menos sincera, hasta llegar al punto de servir de lente moderada hacia ese mundo que la sociedad demandaba.

De pronto, cualquier obra cultura debía contener al menos un porcentaje semejante de hombres, mujeres y diferentes razas. Tanto las obras de reciente creación, como también los clásicos.

«Lo que el viento se llevó» fue considerada una obra racista y por tanto bloqueada (ES) de muchos de los grandes servicios de streaming de contenido del momento. Dio igual que precisamente esta obra fuese en su día aclamada por ser la primera película (ES) que subió a la alfombra roja y concedió un Oscar a una mujer afroamericana. Solo volvió a estar disponible cuando, gracias a los avances en CGI, fue posible reescribirla para que la mitad de los criados a cargo de Escarlata O’Hara fueran de raza blanca.

Y de la cultura, a la propia historia, porque…

Hoy en día todo el mundo sabe que la antigua Europa y las Américas se forjaron durante siglos gracias a todos los reyes africanos (ES) que conquistaron dichas tierras….

Un relectura de los acontecimientos del pasado que quizás (solo quizás) esté un poco edulcorada por la Sociedad Moderada, pero que nos ha permitido hoy en día vivir en una civilización justa e igualitaria.

Al menos, con todos aquellos que han aceptado la única realidad posible…

A los Unos solo les deseo la más cruel de las muertes.

Extracto de un panfleto unionista encontrado en las afueras de Nueva Madrid.

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Inspirado en todos esos movimiento en pos de recrear una historia presente y pasada justa y diversa.. al menos para los intereses de quien mueve los hilos.

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