Cuando la información dejó de ser un artefacto generado por el medio

informacion digital

Llevo dándole vueltas a esta idea desde hace tiempo.

El caso es que desde la llegada del mundo digital, y en especial, gracias a la democratización que supuso internet, la cadena de producción de la información ha cambiado radicalmente.

Esto lleva asociado un cambio de paradigma social que en algunos casos se ha dado, y en otros, reacios como históricamente han sido, pretenden mantener sus fronteras bien valladas entre la falacia más absurda y la pretensión de que las cosas deben seguir así porque antaño se hacían de esta manera.

El flujo de la información se ha tornado

Y lo vemos con cada vez más intensidad. Donde antes había servicios específicos y aislados que ofrecían acceso a la información (o de alguna manera, trabajaban con ella), ahora hay ecosistemas. Ecosistemas que ni siquiera son productores o gestores de esa información, sino simplemente plataformas abiertas a terceros, que son en esencia quienes generan, mantienen y consumen los datos.

Resulta además muy complicado saber dónde acaban unos y empiezan otros. Como debatíamos en el artículo anterior, ¿es Google simplemente un buscador? Está claro que no. ¿Y Facebook solo una red social? Hace tiempo que dejó de serlo.

Incluso si miramos hacia aplicaciones aún no reconvertidas en ecosistemas, como el caso de Snapchat, resulta profundamente complejo definir lo que para unos es un servicio de mensajería instantánea y efímera en vídeo, para otros es una red social donde mantener un canal comunicativo con los seguidores, y para otros es un servicio agregador de contenido vertical.

Todo en una misma aplicación, que por cierto ni genera su propio contenido ni tiene aspiraciones de hacerlo.

Pongamos otro ejemplo:

Twitter, la red de microblogging… Y también cada vez más un servicio de mensajería instantánea… Y el pulso informativo del mundo (occidental)… Y un servicio de streaming de vídeo en directo… ¿Seguimos?

El caso es que la información ya no se maneja como antes, puesto que como decía Jeff Jarvis en su libro El fin de los medios de comunicación de masas:

Los usuarios no trataban de ser periodistas retransmitiendo noticias al mundo. Simplemente, utilizaban Twitter para compartir lo que sucedía a su alrededor con las personas que conocían. A veces, lo que sucede a tu alrededor es noticia. (…) Cuando los afectados por terremotos en China o tsunamis en Japón acudían a Twitter a compartir lo que les sucedía, principalmente trataban de informar a sus familiares y amigos. Pero lo hacían en público, así que informaban al mundo.

Lo hemos vivido recientemente con la crisis de los refugiados sirios. Una guerra que lleva 4 años en activo (ES), que se ha saldado con la vida de miles de personas (hasta el punto de considerarse el peor holocausto vivido desde la Segunda Guerra Mundial). Ha bastado con que Nilufer Demir captara una fotografía de un niño sirio en la orilla de la costa para que esa información que estaba accesible desde hace cuatro años estallara en la red.

La noticia llevaba 4 años presente, pero la información no fluía porque los usuarios (no la plataforma) no la hacían fluir.

Twitter, o Google, o Facebook, o el servicio que quiera, trabaja con la información, pero no es dueño de ella. Puede influir sutilmente en su ciclo de vida, pero es en esencia el poder del colectivo que la genera, que la comparte, que la enriquece, lo que hace que una información llegue y otra no, que una se mantenga cuatro años en vilo para brotar de la nada.

Tan solo una fotografía ha sido necesaria para concienciar a miles de personas, para ejercer la presión oportuna que ha permitido abrir las fronteras alemanas (EN), y que mantiene en tensa disputa con los organismo europeos a ese gobierno húngaro que amenaza con levantar más murallas.

El modelo tradicional de tráfico de información ya no es válido

Es de hecho un efecto secundario de este cambio de paradigma. La información ya no es un bien comerciable, al menos en el mismo formato que históricamente se ha trabajado históricamente.

El mundo de los átomos (ergo, el mundo físico) requieren de un tratamiento, logística y distribución mucho más costoso que el mundo de los bits.

Hasta hace relativamente poco, para que esos bits nos llegaran, debían pasar por un proceso híbrido que mantenía hasta cierto punto unas necesidades atómicas mínimas (ergo un costo que hay que presupuestar).

Con el paso del tiempo, cada vez más la base necesaria para acceder, producir y consumir esa información se ha vuelto una commodity, un elemento básico de la sociedad, con un coste nulo o prácticamente marginal.

Yochai Benkler en su libro seminal La riqueza de las redes sociales aborda este tema de la siguiente manera:

Una vez producidas las expresiones culturales, canciones o películas, y fijadas en algún soporte de almacenamiento y transmisión, era la economía de producción y distribución de bienes físicos la que tomaba las riendas del proceso. La producción de las expresiones iniciales y de sus soportes físicos exigía altas inversiones iniciales de capital. […]A partir de ahí, realizar muchas copias no resultaba mucho más caro que realizar pocas, y ciertamente era mucho más barato desde el punto de vista del coste unitario. Por consiguiente, estas industrias se organizaron para invertir grandes sumas en realizar un reducido número de “artefactos” culturales de producción muy costosa, que luego eran reproducidos y fijados en copias de bajo coste, o emitidos y distribuidos a través de costosos sistemas orientados a un consumo efímero de bajo coste marginal en pantallas o mediante receptores.

Un sistema aún anclado en industrias del siglo pasado, que llevan a desengaños tan absurdos como la situación que hemos vivido (y seguimos sufriendo) en la industria del cine, las editoriales, las discográficas y el mundo de los videojuegos.

La piratería surge entonces como un elemento de protesta hacia una realidad aplastante. El acceso a la información ya no puede costar lo mismo que hace cincuenta años, puesto que los procesos de distribución tienen costes infinitamente inferiores.

¿Dónde está el negocio? Seguramente en el enriquecimiento de la experiencia. En la curación de todo ese basto océano informativo. En ofrecer el contenido oportuno en el momento adecuado, y hacerlo de forma nativa a los intereses del consumidor.

Si la información ya no es un bien negociable, los servicios añadidos podrían ser una vía de negocio que aún está por explotar.

De hecho, es la única alternativa que LES queda…