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Negocios Seguros

injusticia linguistica

Me ha gustado mucho leer la pieza de Tate Ryan-Mosley en el MIT (ES) sobre cómo el idioma puede ser utilizado como una arma para discriminar, positiva o negativamente, a colectivos.

Por supuesto, en la pieza se centran en el mundo estadounidense, y en particular a todos esos asiáticos que viven en EEUU:

Jennifer Xiong pasó todo el verano pasado en California (EE. UU.) ayudando al grupo étnico hmong a registrarse para votar en las elecciones presidenciales de Estados Unidos. Los hmong provienen de las montañas de China, Vietnam, Laos y Tailandia, pero no tienen un país propio, y Xiong fue la organizadora voluntaria en Hmong Innovating Politics, o HIP, en Fresno (EE. UU.). Hay alrededor de 300.000 personas del pueblo hmong en Estados Unidos y Xiong estuvo durante horas haciendo operaciones bancarias por teléfono y trabajando en los anuncios para emitirlos en las cadenas de radio y televisión hmong. Fue un trabajo inspirador. Xiong admite: «Esto fue algo completamente nuevo para mí. Las personas jóvenes, progresistas y principalmente mujeres que realizan este trabajo en nuestra comunidad son muy pocas, y sabía que iba a ser una gran hazaña». Y sí que lo fue. La participación de los estadounidenses de origen asiático en las elecciones de 2020 fue extraordinaria, y los analistas aseguran que la participación entre los ciudadanos de la comunidad hmong fue la más alta que pueden recordar. 

Hasta aquí todo normal.

El tema viene cuando entran a analizar el impacto que tiene el no saber el idioma del país donde resides, con prendas como estas:

En el sitio web de la secretaría del condado de Fresno, la página gubernamental para el registro de votantes tiene la opción de traducir la página completa al hmong, pero, según Xiong, gran parte de la información está mal traducida.  Y desde el principio: en vez de la palabra hmong para «hola» o «bienvenido», Xiong dice que aparece «algo que significaría ‘su señoría’ o ‘su majestad'». 

Ver algo tan simple hecho de forma tan errónea resulta frustrante y desagradable. «No solo fue traducido probablemente con Google Translate, sino que ni siquiera fue editado ni revisado por pares para que hubiera fluidez y coherencia», resalta Xiong.

Y rascando más:

La web en sí se basa en una arquitectura que prioriza el inglés, y la mayoría de las grandes plataformas de redes sociales que albergan el discurso público en Estados Unidos también ponen el inglés en primer lugar. 

Y, a medida que las tecnologías se convierten en sustitutos de los espacios públicos en Estados Unidos, la primacía del inglés se ha magnificado. Para los estadounidenses de origen asiático, el cambio al mundo digital significa que el acceso a las instituciones democráticas, desde el registro de votantes hasta las noticias locales, se ve obstaculizado por las barreras lingüísticas

Eso también supone un problema en la atención médica. Durante la pandemia, cuando los ciudadanos negros, hispanos y nativos tenían dos o tres veces más probabilidades de acabar ingresados o de morir que los enfermos blancos, estas barreras añaden otra carga: el Hospital Brigham and Women’s de Boston (EE. UU.) descubrió que los pacientes que no hablaban inglés tenían un 35 % más probabilidades de morir de COVID-19 que aquellos que sí lo hablaban. Los problemas de traducción no son el único obstáculo. Xiong explica que, cuando los hablantes de hmong intentaban pedir citas para la vacunación, se les preguntaba su signo del zodíaco como pregunta de seguridad, a pesar de que muchos en esta comunidad no están familiarizados con la astrología occidental.

Esto último me ha matado.

Fíjate que hablamos de una marginación totalmente indirecta y debida a factores puramente culturales.

Ya no es que en efecto, al no hablar el mismo idioma, la comunicación se vea lastrada. Algo obvio, por otro lado. Sino que incluso elementos críticos de esa comunicación, al pertenecer ambas partes a diferentes culturas, pierden validez, llevando a mayor confusión aún.

¿Y a mí, por qué me debería importar eso?

Pues porque todo este ecosistema se vuelve el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de los discursos de odio, y en líneas generales, de la desinformación y propaganda con fines políticos e ideológicos.

Las grandes plataformas como Facebook, Twitter y YouTube son populares entre los estadounidenses de origen asiático, al igual que las apps de mensajería como WeChat, WhatsApp y Line. Los canales de comunicación que utilizan las personas a menudo dependen de su origen étnico. Durante la campaña electoral, Chen se dedicó a construir una red de voluntarios para entrar y salir de esos aislamientos y lograr así el máximo impacto. En ese momento, la desinformación dirigida a los estadounidenses de origen asiático circulaba de forma desenfrenada en los grupos de WeChat y en Facebook y Twitter, donde la moderación de contenido es menos efectiva en los idiomas distintos del inglés. 

Algo que afecta por igual a cualquier otra etnia.

De hecho, me recuerda mucho a todas esas campañas en vietnamita y en español que se lanzaban contra Joe Biden, asegurando que este era socialista (ya ves tú, tiene la sangre más azul que el Rey de España G.G), sencilla y llanamente porque se sabía que este tipo de discurso anti-comunista casa muy bien con los vietnamitas y cubanos que residen en EEUU (EN), y porque las plataformas sociales en dichos países no cuentan con un sistema de moderación efectista en lenguajes que no sean el inglés americano.

Resolver este tipo de cuestiones en un entorno tan global y heterogéneo, máxime cuando buena parte de los servicios se diseñan desde una misma zona geográfica y cultural que vive en su propia burbuja (California), se me antoja, como ya vimos en su día, realmente complicado.

Ya no solo por lo complejo que es afrontar la escalabilidad de un software a la localización idiomática dispar y rica que tenemos en países como EEUU o España, sino porque el propio obstracismo de las élites detrás de estos algoritmos juegan de forma sesgada en su importancia.

Eso, y que el negocio no está ahí. A fin de cuenta, qué son unos cuantos cientos de miles de usuarios desatendidos, que van a seguir utilizando tu plataforma hagas o no hagas nada, dentro de los miles de millones que componen la masa de usuarios en redes sociales como Facebook o Twitter…

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