black mirror netflix

Si no has visto la sexta temporada de Black Mirror, ya tienes trabajo.

O, al menos, échale un ojo al primer episodio (por si no lo sabes, Black Mirror es una serie antológica, por lo que en cada episodio la historia no tiene nada que ver con el resto): Es de lo mejorcito de la ciencia ficción ligera que ha dado la plataforma en años.

Es lo único que puedo decirte sin hacer spoilers.

Simplemente vete ahora a Netflix, y pon el primer capítulo de la sexta temporada.

Vete, tranquil@.

Que te espero.

¿Que ya lo has hecho?

Pues vamos a hablar de ello.

Los grandes aciertos de este capítulo

El capítulo es una crítica terriblemente dura (y sincera) al negocio de Netflix.

Tanto que me pregunto cómo diablos les han permitido publicarlo. Cómo diablos la compañía ha invertido ese capital (recordemos que Black Mirror es desde hace unas temporadas una producción de Netflix) en hacerlo posible.

Como bien sabes (SPOILERS A CONTINUACIÓN), el capítulo comienza con un día cualquiera de Joan, una ejecutiva de nivel medio con una vida bastante mediocre, que está a punto de casarse, asqueada por un trabajo en el que es una mera intermediaria entre la directiva y los trabajadores (comiéndose por tanto todos los marrones, como el despido de uno de ellos «por que lo ha pedido Dirección»), y que fantasea, hasta cierto punto, con el idilio que tuvo con su ex, después de que este le enviase ese mismo día unos mensajes para verse esa noche.

Al final acaba quedando con él en una cafetería, acaba habiendo un beso, pero ella decide que eso no es lo correcto y se va con su prometido, aceptando esa vida monótona que la dirige, directamente, al núcleo interesante del capítulo.

Y es que en ese momento después de la cena, con la pareja tirados en el sofá, encienden el televisor y entran en la aplicación Streamberry, que es a todas luces (misma interfaz, mismos sonidos y hasta casi el mismo icono) que nuestra Netflix, para buscar qué ver.

Ahí está la primera gran crítica a la plataforma: El ya clásico problema de la toma de decisión.

black mirror netflix

La paradoja de la elección en servicios de streaming

Sabedores de que su catálogo es casi inasumible hoy en día, Netflix hace tiempo se sacó de la manga una reinvención del botón «Voy a tener suerte» de Google, con la idea de que sea el algoritmo quien, directamente, elija por nosotros qué ver.

En el capítulo, sin embargo, pierden unos cuantos minutos bajando y subiendo para decidir qué ver esa noche, y así llegan a una nueva serie: «Joan is Awful», que sin lugar a dudas llama la atención de la pareja.

Ella también se llama Joan, y la actriz que da vida a la protagonista (Salma Hayek) también tiene esos dos mechones blancos de pelo como la protagonista del capítulo de Black Mirror.

Así que tras bromear un poco, la ponen, y ahí es donde descubre que, en efecto, la serie está basada en ella misma, y cuenta precisamente lo mismo que le ha ocurrido hoy, solo que de una manera más dramática.

En el primer capítulo de esa serie, la protagonista es presentada como una despiadada directiva de una compañía que no le tiembla el pulso a la hora de despedir a cualquiera de sus trabajadores, y que tampoco duda un ápice a la hora de reconocer ante su psicóloga que está aburrida de la relación que tiene con su prometido.

Por supuesto, en cuanto sale la oportunidad, se lía con su ex.

Todo esto genera una discusión entre la pareja (como era de esperar), y tiene un impacto crítico en la vida de la protagonista, que es acosada por sus familiares, amigos y conocidos por su forma de actuar (por la forma de actuar que tiene la actriz que la interpreta en la serie), y que también es despedida de su trabajo.

Llegamos así al segundo gran elemento de éxito del capítulo: El impacto que tiene en nuestra vida lo que terceros piensan de nosotros (sea o no verdad).

La reputación afecta a nuestra identidad

La verdadera Joan no es así. Nosotros, como espectadores de la ficción, sabemos lo que «de verdad» ha ocurrido. Pero eso da igual, porque incluso las personas que lo vivieron en directo reconstruyen su idea sobre Joan tras ver la serie de Streamberry.

Y por supuesto, los que no tienen ni idea de cómo ocurrió, aceptan de buen grado la ficción de la serie, considerando en efecto que Joan es una persona horrible.

Cuántos casos reales ha habido de personas que de la noche a la mañana ven destruida toda su vida por acusaciones públicas que luego, tras años de juicios, acaban demostrándose ser falsas.

Pero para entonces, el mal ya está hecho, y es que incluso cuando se demuestra judicialmente, la gente ya no te mira de la misma manera. Que siempre queda ese «ya, pero si se dijo esto de esta persona… será por algo».

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El drama continúa, y llegamos al tercer gran éxito del capítulo: Una crítica voraz al negocio de Netflix

Una crítica al negocio de las grandes tecnológicas basadas únicamente en el data-centric

La Joan «real» contrata a una abogada para demandar al servicio de streaming, y esta, tras estudiar el caso, llega a la conclusión de que no se puede hacer nada.

¿La razón? Joan aceptó cuando creó la cuenta la política de uso de datos de la plataforma. Una en la que la compañía se brindaba a usar toda la información que sea capaz de recopilar de sus usuarios para crear productos a partir de ella.

Es más, se reservan incluso la potestad de «dramatizar» la historia. Justo lo que está ocurriendo con la serie, transformando a Joan en un monstruo de persona.

La protagonista le pregunta entonces si se puede demandar a Salma Hayek, que al final no deja de ser la actriz que da vida a su persona, y nuevamente, la cosa es imposible: Realmente no es Salma Hayek quien actúa, sino un deep fake que la actriz ha cedido a la plataforma para crear futuras obras. Algo que ya sabemos que está en la mesa de unos cuantos estudios y plataformas en la vida real, con un fuerte debate con los pros y los contras que tendrán las ultrafalsificaciones para el futuro del cine… y la publicidad.

Así pues, ya con una vida destruida, a la Joan «real» no se le ocurre otra cosa que joder, y de la peor manera posible, la imagen de Salma Hayek (una reconocida católica), cagándose en directo en una iglesia donde se está celebrando una boda.

Obviamente, esto aparece en la serie, y lleva a la Salma Hayek de la «realidad» a juntarse con su abogado para exigir que una escena como esa sea eliminada de la plataforma, a lo que el abogado le informa de que no hay nada que se pueda hacer. Ella cedió su imagen a la plataforma, y en el contrato dejan claro que pueden hacer prácticamente cualquier cosa con sus deep fakes.

Un ejemplo, por supuesto dramatizado, de lo que ya está ocurriendo en la vida real, con un abuso sistemático de los datos que estas compañías obtienen del uso que le damos a los dispositivos y plataformas, ya sea revendiéndolos a terceros, ya sea generando un negocio multimillonario alrededor de su propia explotación interna, y contraviniendo así el derecho fundamental de privacidad, y ya puestos, la ética y moral de lo que podemos considerar justo.

joan es horrible

Ciencia ficción ligera: Multiversos generados por ordenadores cuánticos

La ciencia ficción esperable de Black Mirror surge cuando la Joan «real», y la Salma Hayek actriz, se reúnen y traman un plan para terminar con el ordenador cuántico que está generando la serie en la plataforma.

Tres perpetrar un ataque a las oficinas de Netflix Streamberry, se enteran que Joan is Awful no es más que una prueba de concepto, y que la idea es generar estas series con prácticamente todos los usuarios de la plataforma mediante ese ordenador.

Así llegamos al nudo final del capítulo, en el que ante el computador, las dos protagonistas se enteran… de que no son las protagonistas reales. La Joan que hasta el momento considerábamos real no es más que una interpretación de Annie Murphy de la Joan que sí es real, y el deep fake de Salma Hayek es otro deep fake de la propia Salma Hayek.

Es decir, que todo lo que hemos visto en el capítulo no deja de ser uno de los universos creados por el ordenador cuántico, necesario para crear a su vez la ficción donde los multiversos colisionan.

Si lo destruyen, destruyen toda su realidad, «matando» a los millones de personas ficcionales creadas por el ordenador.

¿No me digas que no es maravilloso?

En apenas 1 hora Black Mirror ha metido en un mismo capítulo buena parte de las tendencias tecnológicas del momento.

Un cambio de rumbo para el Black Mirror de Netflix

¿El resto de la temporada?

Paradóijicamente, esta temporada acaba siendo bastante más oscura, y menos tecnológica, que las anteriores.

El resto de capítulos de la temporada se alejan de la base que tenía Black Mirror adentrándose más en el cine negro y de terror, con historias de asesinatos macabros de por medio.

Los hay mejores, y los hay peores, pero difícilmente cualquiera puede hacerle frente a esa obra maestra que se han sacado para el principio de la temporada.

Una pieza que quedará marcada para algunos, entre los que me incluyo, como una de las mejores producciones que ha sacado la que en su día fuera una de las series favoritas de quien escribe estas palabaras.

Ojalá más Black Mirror como este capítulo en el futuro…, tras varias temporadas de capítulos mediocres con historias muy masticadas.

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