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bitcoin

Lo comenté en su día, y de hecho lo he defendido hace un par de semanas en mi intervención en la radio.

Cuando metes dinero en carteras virtuales de criptodivisas, no estás invirtiendo. Estás especulando.

Y como cualquier especulación, puede salirte rana.

Un servidor metió hace ya unos cuantos años apenas 5 euros. Más por probar el tema que porque realmente me pareciese una decisión acertada.

Y esos 5 euros se transformaron el año pasado en unos 400. Hoy, que lo acabo de revisar, tengo apenas la mitad.

¿Que cómo es posible?

Porque de nuevo, estamos ante un mercado que no está regulado, y que por tanto, no se basa en ninguna regla. Que no hay inversión, vaya, sino puramente especulación.

De los 16.800 euros al cambio que costaba un bitcoin en 15 de diciembre del año pasado, hemos pasado a los 4.000 euros actuales.

Por detrás, por supuesto, movimientos gubernamentales en pos de dotar de mayores garantías a la criptomoneda más conocida, y en especial a todo el faranduleo que hay alrededor de las ICO.

Porque amigo mío, se calcula que el 80% de las ofertas iniciales de criptodivisas (lo que en el argot técnico se le llama ICO) fueron fraudulentas. El 80%. No hablamos de un número despreciable.

Y sí, buena parte del porqué se debe, precisamente, a que no hay todavía una regulación aceptable. Que el mismo mercado expulsa el negocio, lo que hace a las criptodivisas más inestables, y lo que como cualquier otro pez que se muerde la cola, invita al mercado a expulsarlo como un canal adecuado para la inversión.

¿Significa esto que la moneda virtual no tiene futuro?

Nada más lejos de la realidad. Tanto la propuesta como la tecnología que hay por detrás de algunas de ellas (véase el dichoso blockchain) son profundamente interesantes.

Y que esté ocurriendo esto es bueno, habida cuenta de que significa que poco a poco la regulación está cobrando sus frutos.

El que al final la que salga ganando sea el bitcoin, sea el ethereum o sea pepito, ya es otra cosa. Pero al igual que en su día la mejor manera que encontramos para dotar de un valor tangible a un bien era mediante la producción de piezas de metal (moneda física), y más tarde mediante un trozo de plástico magnetizado (moneda digital, ergo, tarjetas), a día de hoy tenemos en la mano otro nivel de abstracción más, que es la moneda virtual. Una moneda cuyo valor no viene dado por un tangible de la vida física, sino de la digital (el coste que tiene mantener la red de intercambio).

Descontando que estamos ante un paradigma de comunicación entre pares que a priori debería ser menos susceptible de mecánicas de tergiversación. A fin de cuentas, la moneda tradicional depende de bancos centrales, supeditados lamentablemente a intereses gubernamentales. Algo como el bitcoin, una vez limemos las asperezas de esa falta de regulación (a día de hoy se calcula que el 60% de la red depende de una u otra manera de China), ofrecería una descentralización que aseguraría en principio la independencia de la moneda de los vaivenes sociopolíticos.

Pero no estamos aún en esa situación.

Así que si me preguntas qué debes hacer con el dinero que tienes en una cartera virtual, te contestaré a lo gallego: ¡Depende!

Si lo necesitas sácalo. Si no, déjalo. Pero con lo que quiero que te quedes es que no hay nada en lo que podamos basarnos para predecir qué va a pasar a futuro.

Con una cartera de inversión al uso, y si quien está detrás entiende bien de macroeconomía y la ha planificado sensatamente (inversión pasiva, dependencia equilibrada de acciones y bonos, división equilibrada que prácticamente asegure beneficios en épocas de bonanza, y minimice la ostia en épocas de recesión y crisis…), podemos hablar con propiedad.

Pero con el bitcoin, con el ethereum, y en definitiva con el resto de propuestas de criptodivisas, estamos en la más pura especulación. Con todo lo que ello supone, por cierto.

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